En dos ocasiones durante su permanencia en Nueva York el Presidente Boric ha usado la expresión “un baño de humildad” para referirse a las lecciones que le dejó la derrota en el plebiscito. Lo dijo en su discurso en las NU y lo repitió ante los estudiantes de la Universidad de Columbia. Además, ante los universitarios señaló que a las fuerzas de izquierda les cuesta más compatibilizar sus promesas de cambios estructurales con la necesidad de enfrentar los desafíos cotidianos de un gobierno; señaló igualmente que es más fácil expresar el malestar de la sociedad que construir las soluciones a sus causas. 

Se ha escrito por parte de representantes de su misma generación, pero de opción política opuesta, que en estos meses Boric y sus compañeros se han tropezado con la realidad. Es muy posible. Pero digámoslo claramente: en un período tan cambiante como imprevisible, ningún gobierno ha dejado de tener una experiencia semejante. ¿Acaso alguien imaginó la guerra de Ucrania y sus consecuencias globales? ¿O la pandemia? ¿Y la inestabilidad de los mercados globales y las trabas en las cadenas de suministro? ¿Ni qué decir del rebrote inflacionario y una posible recesión mundial?

Vivimos una etapa de incertidumbre general para la cual no existen recetas establecidas y probadas. Hay valores y principios que inspiran la acción política, pero la función de gobernar se ha vuelto cada vez más ardua y compleja. Por su parte, en las democracias el electorado se comporta en forma extremadamente variable: en América Latina, por ejemplo, en la última década las mayorías han sido adversas a los gobiernos, independientemente de su orientación. Para comprobar esas bruscas oscilaciones basta con comparar el resultado del plebiscito de entrada al proceso constituyente con lo ocurrido poco tiempo después en el de salida. 

Todos debiéramos asumir una actitud de mayor humildad. Nadie tiene clavada la rueda de la fortuna. El triunfo de hoy puede anunciar la derrota de mañana. Lo importante es el paso siguiente a la predisposición a escuchar y entender lo sucedido: la capacidad de reconocer limitaciones y errores y cambiar de actitud. Nunca es fácil en política, pero más irresponsable es morir con las botas puestas aferrados a un conjunto de ideas.

Los programas de gobierno son documentos iniciales en que un candidato presenta sus propuestas a la ciudadanía y se compromete con realizar una serie de políticas públicas. Es una suerte de promesa o compromiso. Pero los votantes saben que gobernar no consiste sólo en llevar a cabo un programa. La realidad impone su propia agenda ofreciendo y clausurando posibilidades y oportunidades. 

El gobernante debe escapar tanto del pragmatismo sin horizonte como del voluntarismo que niega la realidad. Su labor será juzgada no por sus buenos propósitos, sino por sus resultados. Boric llegó a La Moneda en un momento adverso, que colocaba múltiples obstáculos a la realización de su programa. Su capacidad política se medirá en la forma en que irá sorteando esos obstáculos. 

El primer deber de las dos coaliciones que sustentan su administración es facilitarle la tarea y respaldarlo. De ello depende que se puedan ir echando las bases para un desarrollo basado más en la creatividad y la innovación. El inmovilismo es el camino al fracaso.

Luego de la contundente derrota en el plebiscito el Gobierno ha iniciado un claro cambio de orientación, consecuencia de esa actitud de mayor humildad que Boric auspicia, lo que revela que recibió el mensaje. Ha señalado que está de acuerdo con una convención constitucional con una tarea más clara (se habla de “bordes”) y un papel mayor de los expertos. El gabinete encabezado por Carolina Tohá tiene un mandato claro: la conducción política y la económica deben ir de la mano, son dos caras de un mismo cometido.  

Sin embargo, no todos han sintonizado con la nueva etapa. Les cuesta asumir el cambio de escenario. Algunos personeros hacen declaraciones o consideraciones analíticas como si nada hubiera ocurrido, muchas veces carentes de todo respaldo empírico. Revelan la tentación de refugiarse en las propias creencias y culpar a otros de los tropiezos o fracasos.  Ello ocurre todavía con un juicio simplista y negativo sobre el desarrollo de Chile después de la dictadura, como si el llamado estallido social hubiese significado un rechazo en bloque de esa etapa y no, más bien, un reclamo para solucionar problemas injustamente postergados y seguir avanzando. Hay que distinguir las masivas manifestaciones ciudadanas de las acciones y consignas de grupos minoritarios extremistas. 

Otro tanto ocurre con el cuestionamiento de algunos a la inserción internacional de Chile construida trabajosamente buscando establecer reglas equitativas para regular, aunque sea sólo en parte, la globalización. El foco ha sido puesto en los tratados de libre comercio. Poco a poco la visión oficial al respecto ha ido cambiando y ya se habla de cerrar antes de fin de año la renegociación con la UE y varios Ministros se han pronunciado en favor de aprobar en el Senado el TPP11. Este último punto ha encontrado un claro rechazo por parte del FA y el PC, sin entregar hasta ahora razones de peso. Como ha dicho el ministro Marcel, debiera tener lugar un debate más informado y actual, lo que permitiría que se fueran cayendo los prejuicios ideológicos.

Es comprensible que el gobierno haya adoptado una actitud menos activa respecto del TPP11 a la espera que el Senado zanje la cuestión con votos de la oposición, el socialismo democrático y la DC. Pero esa actitud no puede convertirse en costumbre. Sería entregarle a la derecha un poder de árbitro de las disputas entre las coaliciones oficialistas. El Gobierno, a medida que se va imponiendo el nuevo giro, debe ordenar a los partidos que lo sustentan y recuperar su papel conductor. No estamos en un sistema parlamentario.

A la humildad y la reflexión debe seguir la decisión de gobernar sin fisuras en los partidos que apoyan al gobierno. Esa es la principal tarea del nuevo equipo político, que debe contar con el mismo respaldo que el Presidente le ha dado a la conducción económica de Mario Marcel. Si, por el contrario, subsistieran los disensos en el oficialismo, la labor del gobierno se vería frenada y la ciudadanía comenzaría a preocuparse por las vacilaciones y las contradicciones.

Uno de los problemas del gobierno de Salvador Allende -que ha vuelto a la actualidad mientras nos acercamos a los 50 años del golpe militar– fue justamente el creciente desencuentro entre los partidos de la UP y su negativo impacto en el gobierno, lo que llevó a un aislamiento del propio Presidente, incluso respeto de la directiva de su partido. Allende se esforzó por solucionar la crisis política del país, pero no fue secundado por sus partidarios. Incluso en el gobierno de Frei Montalva, con un solo partido en el gobierno, hubo fuertes tensiones entre el mandatario y las directivas de la DC.

Para que ello no se repita es importante que todos adopten la actitud que el Presidente Boric recomienda: humildad y reflexión. También las fuerzas políticas opositoras y las que están en formación.

José Antonio Viera Gallo

Abogado. Exministro de Estado

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