El equilibrio político construido en la transición está llegando a su término. La democracia asociativa tuvo su hora. El país requiere transitar hacia un nuevo tipo de Estado democrático en que impere el principio de mayoría, respetando a las minorías, y donde se hagan efectivos los mecanismos de inclusión y participación. Hay que combatir la corrupción, recuperar la decencia, ampliar la transparencia y facilitar el control en el ejercicio del poder.

No es tarea fácil. Se han acumulado antiguos y nuevos problemas, más algunos desafíos para los cuales no existen respuestas fáciles. Esta situación no afecta sólo a Chile. Basta mirar lo que acontece más allá de nuestras fronteras. Según Latinbarómetro, en la región conviven dos sentimientos: una importante valoración de la democracia y una profunda apreciación negativa a la forma en que ella está funcionando. En Chile sólo el 18% está conforme con la situación actual.

En el campo propiamente político hoy se superponen dos tareas diferentes, que en su diseño original estuvieron pensadas para momentos distintos: la elección presidencial y parlamentaria, por una parte, y por otra el trabajo de la Convención Constitucional. La pandemia hizo que se alterara el calendario al punto que la labor de la Convención ocurrirá en dos presidencias sucesivas y la contienda electoral y su resultado influirá en el curso de sus debates y resoluciones.

En estos períodos de cambio -incluso cultural- algunos sectores se asustan ante la incertidumbre y buscan refugio en posiciones de rechazo y restauración. Prefieren el statu quo a lo que está por venir. Levantan la bandera del orden y la tranquilidad, como si ellos se pudieran alcanzar por decreto o mediante el simple uso de la fuerza.

Quienes, en cambio, se hacen intérpretes de los anhelos de transformación social deben tomar en consideración la complejidad de llevar adelante las reformas, sobre todo en un régimen democrático donde el sufragio decide a las autoridades y éstas ejercen sus potestades dentro de la ley y un sano contrapeso de poderes, y en una época donde como nunca se profundiza la globalización. Nuestras vidas están condicionadas por lo que ocurre en tierras remotas: pensemos en la pandemia, el apagón de Facebook, el cambio climático y la volatilidad de los mercados.

Mientras en Europa existe un marco general de estabilidad dentro del cual pueden alternarse diversas coaliciones políticas, en América Latina carecemos de esos parámetros y las posiciones extremas, muchas veces mesiánicas, se anidan dentro del sistema. No en sus márgenes. Es verdad que en las últimas décadas también Europa y los EE.UU. han conocido la emergencia de movimientos extremos que incluso han alcanzado el poder, como ocurrió con Trump o en Hungría y Polonia, pero los valores y principios democráticos han resistido.

En ciertos sectores parece imperar la consigna de “lo necesario”, sin mayor consideración sobre la factibilidad de lo que se pretende o los efectos que pueden producir los cambios. Este anhelo suele expresarse en movimientos populistas de distinto signo, y tiene raíces profundas en la historia de la región. Funciona mediante un raciocinio de contraposición entre los ideales y la realidad, que luego se proyecta en una promoción del enfrentamiento y la polarización social y política.

Esta mentalidad simplista echa mano a la ideología de turno. A veces reaccionaria, a veces revolucionaria, nacionalista o justiciera, en muchas ocasiones centrada en el carisma de un líder, que se dedica a denostar a las instituciones y a las elites gobernantes, cuyas conductas dan pábulo a la crítica. Apela a los sentimientos, al inconsciente donde se diluye la lógica formal y conviven en un magma indefinido el todo y la parte, el presente y el futuro. El notable siquiatra Mate Blanco lo describe muy bien: la razón es una membrana porosa por donde aflora constantemente la lógica del inconsciente, en ocasiones con un ímpetu arrollador. La ideología -como falsa representación de la realidad- es la que da cobertura intelectual a ese impulso.

¿No se convirtió el hidalgo Alonso Quijano en el caballero andante Quijote de la Mancha, luego que perdió el seso de tanto leer libros de caballería, y salió por los caminos con su fiel escudero para deshacer los entuertos, confundiendo constantemente la realidad con su imaginación? ¡Hasta Sancho se creyó el cuento!, según Unamuno.

Nuestros actuales Quijotes no se percatan de la enorme dificultad de impulsar transformaciones profundas. Son, en lenguaje de Maquiavelo, “profetas desarmados”, aunque haya grupos minoritarios en el sur que recurren a la violencia. No perciben – según el florentino- que el compromiso de sus seguidores depende mucho del éxito que vayan obteniendo. No es sólido. La gente desconfía de lo que no ha experimentado y no conoce, de las promesas, y cuando aparecen los primeros escollos y quedan al descubierto las debilidades de los paladines de la protesta, retroceden y los abandonan.

Para impulsar cambios profundos, esos que hoy están a la orden del día, se requiere un bloque social y político amplio, una conducción realista y coherente y un propósito claro. No basta una mayoría electoral transitoria, sobre todo cuando prácticamente la mitad de los electores se abstienen. Tampoco resulta posible plantear objetivos contradictorios: no se puede, por ejemplo, controlar la inflación y aumentar el circulante, como ha advertido con razón Mario Marcel, o revisar los tratados de libre comercio y aumentar las exportaciones y el crecimiento económico.

Esas mayorías no se construyen desde los extremos.

Por eso no deja de sorprender y preocupar que según las últimas encuestas pasarían a segunda vuelta dos candidatos de los polos del espectro político: Boric y Kast. Es decir, tendríamos que escoger entre ellos al futuro Presidente. Más que sus programas, propuestas o discursos, es evidente que representan los extremos del cuadro político nacional y que, de llegar a la Moneda, sin mayoría parlamentaria y con la Convención Constitucional en curso, difícilmente lograrían un nuevo equilibrio social, aquello que hoy se denomina gobernabilidad. Más bien tensionarían la sociedad. La crisparían impidiendo los cambios en un caso o frustrándolos en el otro pese a los loables propósitos.

El próximo gobierno está llamado a conducir la transición, sin prisa y sin pausa. Desde la centroizquierda es posible alcanzar esa confluencia de fuerzas sociales, políticas y culturales capaces de alcanzar nuevos equilibrios sociales abriendo paso a una nueva democracia, sin dañar la economía y afectar el empleo y los ingresos de las personas; por el contrario, abriendo posibilidades de progreso compartido en la nueva etapa que vive el país.

No olvidemos que los impulsos de cambio están latentes en la sociedad. En vez de resistirlos, es preciso plasmarlos y conducirlos adecuadamente.

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