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Publicado el 10 de junio, 2019

José Antonio Viera-Gallo: Tiananmen: La porfía de la memoria

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

La historia se escribe por caminos sinuosos. El lema de Deng -que no importa el color de los gatos si comen ratones-, que se puede aplicar a la economía, difícilmente es extrapolable a la política. El color del gato resulta decisivo: es la frontera que separa la libertad del poder arbitrario.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
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Los focos se dirigen hoy hacia China: por su importancia creciente y ser nuestro primer socio comercial; también por la disputa con los EE.UU., que afecta la economía mundial, y porque se cumplen 30 años del movimiento estudiantil que terminó con la represión militar en la plaza Tiananmen el 4 de junio de 1989. Se ha vuelto a recordar esa tragedia, cuya magnitud nunca ha sido precisada.

El movimiento estudiantil comenzó con un homenaje al ex Secretario General del Partido Comunista Hu Yaobang, tras su muerte en abril de 1989, que simbolizaba el impulso reformador que se inició tras la muerte de Mao y el término de la revolución cultural. También representaba la honestidad y la probidad. El líder de las reformas y de la apertura de China era Deng Xiaoping, quien sin embargo rechazaba los cambios a favor de la liberalización del sistema político. Por eso favoreció la destitución de Hu Yaobang en 1987 y nombró a otro reformista en su lugar: Zhao Ziyang.

Es interesante volver a leer las memorias de Zhao Ziyang, quien como nuevo Secretario General tuvo que enfrentar el movimiento estudiantil. Él dejó registrado su punto de vista en cassettes que llegaron a la Universidad de Harvard, dando origen a una suerte de testamento político. Cuenta la discusión que se produjo en la cúpula del poder sobre el movimiento estudiantil y la actitud que debían adoptar las autoridades. Los estudiantes de Pekín estaban preocupados porque las reformas parecían empantanarse, y demandaban más libertad y transparencia, y poner fin a la corrupción.

La diferencia era sobre la forma de tratar la protesta –dialogar o imponer la fuerza- y la amplitud de las reformas: si debían limitarse al campo económico o dar curso también a una renovación del sistema político.

El movimiento tomó cuerpo progresivamente. Primero fueron manifestaciones, luego la ocupación de la principal plaza de la capital y, por fin, una huelga de hambre masiva. Los estudiantes contaban con el apoyo de la población. La toma duró 50 días. Pedían ser recibidos por las autoridades. Éstas se dividieron: el ala dura desconfiaba del movimiento, magnificaba sus excesos y temía perder control de la situación. Zhao, en cambio, intentaba comprender las causas de la protesta y entablar alguna forma de diálogo con los estudiantes para que volvieran a clases. En la memoria de los dirigentes chinos estaba el papel protagónico de los jóvenes durante la revolución cultural y los estragos que habían producido en el país. La diferencia era sobre la forma de tratar la protesta –dialogar o imponer la fuerza- y la amplitud de las reformas: si debían limitarse al campo económico o dar curso también a una renovación del sistema político.

Zhao fue un auténtico reformador, que no pudo conducir los turbulentos acontecimientos de junio de 1989. Igual que Gorbachov.

En medio de la protesta tuvo lugar la última visita de Gorbachov a Beijing, cuando el proceso de cambio en los países de Europa Oriental estaba en plena ebullición. Cinco meses más tarde caería el Muro de Berlín y luego se desmembraría la URSS. La inestabilidad amenazaba a los regímenes comunistas. Gorbachov impulsó cambios económicos y políticos a la vez -la perestroika (reestructuración económica) y la glasnost (transparencia)– para superar el estancamiento del régimen soviético. Esa línea de acción animaba a los estudiantes de Pekín a ocupar la plaza Tiananmen.

Zhao cuenta cómo las posiciones estudiantiles se fueron extremando y la disputa en la dirigencia comunista se hizo más aguda, lo que provocó su dimisión y la represión del movimiento. Zhao se opuso a esa decisión, que estimaba equivocada, y argumentó a favor de la modernización del régimen político. Fue un auténtico reformador, que no pudo conducir los turbulentos acontecimientos de junio de 1989. Igual que Gorbachov. Deng impuso su posición: las tropas entraron a fuego en la plaza Tiananmen y  las reformas sólo se harían en el campo  económico. Se impuso la estabilidad, que ha marcado el exitoso desarrollo de China hasta hoy.

La historia se escribe por caminos sinuosos. El lema de Deng -que no importa el color de los gatos si comen ratones-, que se puede aplicar a la economía, difícilmente es extrapolable a la política. El color del gato resulta decisivo: es la frontera que separa la libertad del poder arbitrario. Resulta inútil imaginar qué habría pasado si el ala reformista del PC chino se hubiera impuesto dialogando con los estudiantes rebeldes. Pero hay que reconocer que el éxito no borra los dolores.

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