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Publicado el 1 febrero, 2021

José Antonio Viera-Gallo: Las diversas caras de la verdad

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

Cualquiera que sea la decisión de ese Tribunal, es probable que la polarización existente en el país y la distinta apreciación que aún subsiste sobre la dictadura mantengan las opiniones divididas sobre este trágico caso entre quienes sostienen que el ex Presidente fue asesinado y quienes afirman que murió a consecuencias de una intervención médica mal practicada o un tratamiento de recuperación que se complicó por causas naturales.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
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A los exiliados en Roma nos tocó vivir de cerca el atentado contra Bernardo Leighton y su esposa Anita Fresno en 1975, al cual sobrevivieron milagrosamente, y acompañarlos en su largo y penoso proceso de recuperación. Desde el primer momento nos asistió la convicción de que el crimen había sido urdido por la dictadura de Pinochet y ejecutado por los grupos neofascistas italianos que operaban en ese momento.

Esa misma tarde, mientras yacían en un charco de sangre en el patio del edificio de departamentos, manifestaron su voluntad de personar a sus agresores. En Chile nunca se abrió una investigación penal. La justicia italiana, en cambio, confirmó nuestras sospechas y emitió un fallo condenatorio categórico, que incluía al agente Michael Townley que brindó testimonio protegido por los EE.UU. luego de los acuerdos alcanzados durante el juicio por el atentado en contra de Orlando Letelier en Washington en 1976.

Todos estos antecedentes fueron recogidos por Patricia Mayorga en un libro titulado “El Cóndor Negro”, publicado por la editorial El Mercurio/Aguilar. Otro tanto hicieron los agentes del FBI que indagaron la acción de la DINA en el exterior por el asesinato de Orlando Letelier en su libro “Laberinto”, donde hay un capítulo dedicado al caso Leighton.

El motivo de estos crímenes, además del asesinato del General Carlos Prats y esposa en Buenos Aires en 1974, era eliminar a las figuras que a juicio de la dictadura pudieran aglutinar a la dispersa oposición de la época.

Traigo a colación estos hechos porque la inesperada muerte del ex Presidente Eduardo Frei Montalva está rodeada de antecedentes que pueden legítimamente llevar a la conclusión que fue asesinado por el mismo régimen que cometió los crímenes antes señalados, impulsado -y esta vez con mayor razón- por el mismo móvil: descabezar a los que amenazaban su poder. Eduardo Frei era entonces el líder indiscutido de la oposición, que cuestionaba el espurio plebiscito que pretendía servir de sanción legitimadora de una Constitución redactada por un grupo de juristas afines al régimen. Su voz se escuchó clara y nítida en el Caupolicán desafiando a Pinochet.

En vez de ir a operarse en el extranjero, Eduardo Frei confió en la Clínica Santa María, donde trabajaban médicos que también prestaban servicios a la CNI, sucesora de la DINA. El mismo Pinochet, cuando se tuvo que internar, prefirió ir hacerlo a Londres: tomaba precauciones. Por algo sería. Él sabía cómo durante su régimen se había utilizado a los médicos en sesiones de torturas y asesinatos. ¡Hasta la causa de la muerte de Pablo Neruda hoy aparece en entredicho!

Las sospechas de la familia se fueron transformando en convicción luego de conocer múltiples antecedentes sobre las extrañas circunstancias que rodearon el deceso de Frei y las acciones que se llevaron a cabo después con sus restos. Esa hipótesis fue confirmada por el ministro Madrid luego de una prolongada investigación cuya sentencia ha sido revertida por otros tres ministros de la Corte de Apelaciones de Santiago. Falta todavía el parecer de la Corte Suprema sobre los recursos de casación anunciados, el que tomará su tiempo. No sólo por la magnitud de la investigación, sino por la complejidad del asunto controvertido: la apreciación de la prueba. Esta vez no se usó una bomba ni un disparo, sino eventualmente un veneno o un tratamiento médico que favoreciera la muerte de Frei, mediando dolo por parte de los autores, crimen que habría sido luego encubierto por años.

La verdad tiene muchas caras que pueden o no coincidir. Lo ha recordado bien Carlos Peña. La verdad social existe en muchos: el asesinato de Frei sería uno más de los cometidos por la dictadura con el mismo propósito: eliminar a los líderes de la oposición que podían amagar su poder; otros -la minoría- piensan, en cambio, que todo fue fruto de la casualidad. La verdad judicial, en cambio, supone un debido proceso para esclarecer unos hechos que revisten caracteres de delito, confirmar su existencia y determinar sus responsables para aplicar las sanciones correspondientes. El ideal es que ambas facetas de la verdad coincidan. Pero no siempre ocurre. No es fácil a veces que ciertos hechos sean acreditados en un proceso judicial, sobre todo cuando el método usado por los asesinos no es violento, sino de acción encubierta, y ha transcurrido un largo tiempo desde su ocurrencia.

Para los romanos, la veritas era representada por una diosa que se ocultaba al fondo de un pozo, siempre elusiva, acompañada de un espejo. En Grecia la alétheia o verdad nacía de un proceso de revelación en que se disipaban los elementos que la ocultaban hasta volverse evidente. El proceso judicial sigue estrictas reglas para desentrañar lo que ha sucedido, y que a primera vista reviste las características de un delito, pero nada asegura que  logre su objetivo. Es un método de interpretación del significado de los hechos que busca apartarse de la subjetividad del juez llamado a establecer lo que ha ocurrido efectivamente para enmarcar los hechos en las disposiciones de la ley penal. Las pruebas en el proceso entregan elementos parciales, más o menos contundentes, para que el juez se forme una convicción, pero siempre  fragmentarios, y por más que la ley haya determinado reglas para que en su apreciación el magistrado no se deje llevar por sus apreciaciones personales, la sentencia nace de una operación lógica subjetiva y, por tanto, siempre controvertida, sobre todo cuando se aparta de la verdad social. Los jueces de la Corte de Apelaciones reconocen que el crimen pudo ocurrir dado el contexto político de la época, pero concluyen que de las piezas del proceso no se deduce que haya habido homicidio. También estiman procedente que las partes recurran a la Corte Suprema.

El debate a que ha dado origen la sentencia de alzada del caso Frei debiera ser más mesurado y respetuoso que los dos fallos conocidos, aunque hayan llegado a conclusiones contradictorias. Otro tanto cabría decir de la resolución condenatoria del ministro Madrid, que desde el día siguiente fue dura e injustamente cuestionada y descalificada. No es la primera vez que ello ocurre. Como lo ha expresado el ex Presidente Frei Ruiz-Tagle, una cosa es su convicción personal y familiar de que su padre fue asesinado y otra la suerte del proceso judicial, que ahora queda entregado a la consideración de la Corte Suprema.

Cualquiera que sea la decisión de ese Tribunal, es probable que la polarización existente en el país y la distinta apreciación que aún subsiste sobre la dictadura mantengan las opiniones divididas sobre este trágico caso entre quienes sostienen que el ex Presidente fue asesinado y quienes afirman que murió a consecuencias de una intervención médica mal practicada o un tratamiento de recuperación que se complicó por causas naturales. En todo caso, el largo y completo proceso judicial ha servido para recopilar y sistematizar antecedentes y para alertar a la opinión pública. En el futuro serán utilizados por los historiadores al narrar lo vivido durante la dictadura.

Para concluir, manifiesto que me encuentro entre quienes esperan que la Corte Suprema, al apreciar la prueba, confirme la tesis del asesinato. Tal vez lo hago movido por mi experiencia, habiendo vivido de cerca el atentado a Bernardo Leighton esa trágica tarde romana, recordando las manchas de sangre en el suelo y los gritos de dolor de su esposa en el Hospital del Santo Spirito, y considerando el ejemplar compromiso de Carmen Frei  al buscar desentrañar la tupida madeja de circunstancias que rodearon los últimos días de Eduardo Frei. Pero soy sólo un ciudadano y no tengo la responsabilidad de un juez.

  1. Christian Kroneberg dice:

    Estimado Sr. Viera-Gallo, de lo más pobre que le he leído en El Líbero. Muchas cosas mezcladas, para arribar a una políticamente correcta definición para su entorno inmediato, claro. Analizó bajo el prisma de sus amigos. El hecho de que justo estuviese en Roma para lo de don Bernardo y su esposa, que considero una brutalidad, no lo convierte en héroe. Debe esforzarse más para la próxima semana.

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