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Publicado el 15 de octubre, 2018

José Antonio Viera-Gallo: La tentación populista en Chile

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

Sectores de la derecha criolla parecen sufrir la misma atracción fatal que tuvieron -y algunos en la izquierda todavía mantienen- con respecto al socialismo del siglo XXI.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
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El triunfo de Bolsonaro en la primera vuelta de la elección brasilera ha incidido de lleno en el debate político nacional. José Antonio Kast lo ha respaldado y piensa sumarse a actividades de su campaña, señalando que por fin el sector que representa se atreve a sacar la voz en América Latina. Manuel José Ossandón lo mismo, con un tono más moderado. El Presidente Piñera señala desde Europa coincidencias con la política económica de Bolsonaro y anuncia grandes diferencias que no explicita, pero que son fáciles de deducir de su posición a favor de los derechos humanos y la democracia. Varios partidos de oposición le piden al Gobierno una crítica más contundente y categórica. Lo más preocupante es el silencio de los principales dirigentes de RN y la UDI.

 

En su principal editorial El Mercurio llama a la derecha a no entusiasmarse con el populismo de Bolsonaro: “…suscita preocupación que figuras políticas nacionales de derecha se manifiesten a favor de ese candidato, sobre todo si se toman en consideración todos los aspectos de la campaña que ha desplegado”, señala. Y continúa: “Sería incomprensible que ahora sectores de derecha –con el objeto de sacar ventajas menores– avalaran un discurso público incompatible con los valores democráticos que declaran defender y que procura encarnar el gobierno del Presidente Piñera”.

 

El populismo funciona como un imán: atrae hacia su órbita a los partidos tradicionales de derecha y de izquierda, según sea su signo.

 

Por su parte, muchos empresarios parecen contentarse con el alza de la Bolsa brasilera, la apreciación del real y las promesas del futuro ministro de la economía, pese a que él también está siendo indagado por la Fiscalía por fraude.

 

El populismo funciona como un imán: atrae hacia su órbita a los partidos tradicionales de derecha y de izquierda, según sea su signo. Tiene el atractivo de la simplificación de los problemas, del lenguaje tajante y desenfadado que no conoce matices, los claroscuros de la política. Recurre a la promesa fácil: como si hoy, cuando el poder se desperfila y se desgasta con rapidez, pudiera fácilmente vencer la delincuencia y el narcotráfico, alejar la corrupción, impulsar el crecimiento económico y hacer revivir los valores tradicionales, sea de la derecha o de la izquierda.

 

Ya decía Maquiavelo que los problemas hay que detectarlos a tiempo para poderlos resolver; en cambio, si se los deja crecer pueden adquirir tal envergadura que no tengan remedio. ¿Alguien reparó en el diputado Bolsonaro antes de que comenzara a subir como espuma en las encuestas? Y cuando emergió como la novedad –que no es– ya era tarde. Lo grave para nosotros es que este fenómeno ahora ocurra en un gran país de América Latina

 

Cuando se agudizan las crisis en una sociedad y la gente se polariza, ganan los extremismos autoritarios. Las personas no quieren oír hablar de diálogo, negociaciones, acuerdos, respeto a la ley y a las instituciones.

 

La lenta decadencia de los valores democráticos en el siglo XXI es preocupante. Resurge el autoritarismo como el hielo que ofrecía el gitano a los atónitos habitantes de Macondo, que lo confundieron con un gigante brillante de mil luces, que sin embargo no podían tocar. Es el hechizo del misterio, la puerta abierta hacia promesas en las cuales se quiere volver a creer, aunque el hielo se derrita y el agua se escurra entre los dedos. La crisis global del 2008 no termina de pesar sobre las creencias y las conductas de las personas, que se mueven entre el temor al riesgo y el afán de las ganancias de corto plazo.

 

Norberto Bobbio, luego de reflexionar sobre las diferencias entre la derecha y la izquierda, señala que ambas están atravesadas por otro clivaje, que las divide entre corrientes democráticas y autoritarias, lo que vuelve más complejo el cuadro. Cuando se agudizan las crisis en una sociedad y la gente se polariza, ganan los extremismos autoritarios. Las personas no quieren oír hablar de diálogo, negociaciones, acuerdos, respeto a la ley y a las instituciones. Lo que anhela son soluciones a cualquier costo. Brasil fue llevado por esa senda, algunos cegados por la soberbia, otros siguiendo un espejismo ingenuo.

 

Sectores de la derecha criolla parecen sufrir la misma atracción fatal que tuvieron -y algunos en la izquierda todavía mantienen- con respecto al socialismo del siglo XXI. Como Ulises, deben derretir la cera y taparse los oídos para atravesar el estrecho entre Sicilia y Caribdis y no escuchar los cantos de las sirenas.

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