Escribo antes de las elecciones que tuvieron lugar ayer. Como no me puedo referir a resultados hipotéticos, creo más útil entregar algunos elementos sobre la segunda vuelta que empieza hoy mismo, conocida como “balotaje”.

Durante la Constitución de 1925, si ningún candidato a la Presidencia alcanzaba el 50% más 1 voto, el Congreso Pleno era el encargado de elegir entre los dos postulantes que hubieran obtenido las dos primeras mayorías. Por tradición, el Congreso respetaba el parecer mayoritario de la ciudadanía, aunque hubiese sido estrecho.

En 1970, ante el triunfo de Salvador Allende por sobre Jorge Alessandri por cerca de 39 mil votos, se desataron todo tipo de maquinaciones y presiones internacionales para que el Congreso eligiera a Alessandri, incluso bajo el compromiso que una vez electo renunciara para provocar una nueva elección. En ese ambiente enrarecido, a dos días de la sesión del Congreso Pleno se produjo el atentado a la vida del Comandante en Jefe del Ejército René Schneider por parte de un comando extremista de derecha de Patria y Libertad apoyado por la CIA. La intención era provocar un golpe de Estado. En tanto la UP había suscrito con la DC un “pacto de garantías constitucionales” que hacía posible el voto de ese partido en favor de Allende.

Muchos políticos entonces empezaron a sugerir que debería cambiarse el sistema de ratificación por parte del Congreso Pleno por una segunda elección, como la había reinstaurado la Constitución francesa de 1958 bajo la inspiración de De Gaulle. Esa idea fue recogida por la Constitución de 1980 y no ha sido objetada por nadie. Incluso se ha consagrado el balotaje para la elección de los Gobernadores Regionales.

El balotaje surgió en Francia a mediados del siglo XIX bajo Napoleón III y fue luego recogido durante la Tercera República. Hoy existe en muchos países, entre ellos 14 de América Latina. En Chile no fue necesaria una segunda vuelta para elegir a P. Aylwin y a E. Frei; en cambio Lagos, Bachelet y Piñera requirieron pasar por un segundo escrutinio.

El objetivo del balotaje es doble. Por una parte, dotar al futuro Presidente con una mayor legitimidad popular, evitando que pudiera llegar a ser Jefe de Estado alguien con una mayoría exigua. El segundo propósito es producir alguna forma de acercamiento o negociación entre diversas fuerzas políticas más afines para alcanzar un posible triunfo electoral y, luego, crear un clima de mayor entendimiento durante el ejercicio del poder. Algunos especialistas llegan a auspiciar que entre la primera y segunda vuelta se pudiera originar una nueva mayoría política para sustentar al futuro Presidente.

El acercamiento puede darse en un plano menos sustantivo. Por ejemplo, concordando algunas reformas esenciales que requerirán aprobación parlamentaria o bien señalando que ciertos temas donde hay discrepancia no se alterarán. Para lograr estos acuerdos los programas son un punto de partida. También puede ocurrir que simplemente se llame a votar por uno de los dos candidatos sin mayor acuerdo o incluso dar libertad de acción a los electores.

Los expertos electorales sostienen que la segunda vuelta es una nueva elección diferente de la anterior. Insisten tal vez en forma excesiva que no se trata simplemente de una proyección de la primera, aconsejando a los candidatos triunfantes a realizar un nuevo planteamiento ante la ciudadanía. Se sostiene que los electores en la primera elección votan más con el corazón y que en el balotaje prima la razón: se elige el bien posible o el mal menor.

Daniel Zovatto, analizando una serie de balotajes ocurridos en América Latina, ha sostenido que por regla general se confirma el resultado de la primera vuelta, especialmente si la distancia entre el primero y segundo lugar es mayor de 15%. Pero señala algunas excepciones significativas: Juan Manuel Santos en Colombia (2014), Mauricio Macri en Argentina (2015) y Pedro Pablo Kuczynski en Perú (2016) lograron dar vuelta la elección. El escenario está abierto.

La clave del éxito estaría en convencer al electorado que es necesario evitar un “mal mayor” o bien – dicho en términos positivos – que un candidato representa una mejor opción en relación con el otro. Para lograrlo habrá que determinar cuáles son los ejes o clivajes principales que preocupan a la opinión pública y, más precisamente, al posible electorado: orden público, desigualdad, salud, crecimiento, medio ambiente, empleo, etc. Mientras en la primera vuelta hubo muchos contrincantes (siete en nuestro caso, aunque uno virtual) lo que dificulta perfilar un mensaje identitario de los candidatos, en la segunda el tema se simplifica al haber sólo dos.

Es evidente que el respaldo cruzado que se puedan entregar los candidatos no supone automáticamente una conducta consecuente de sus electores. Eso ocurría más fácilmente cuando los partidos políticos tenían una mayor audiencia y seguimiento ciudadano. Ahora en que predomina el llamado voto volátil o esquivo es probable que el elector no se deje influir con facilidad por lo que indique el candidato por el cual votó en primera vuelta. Esta situación se agudiza cuando un candidato perdedor ha sido respaldado por una coalición de partidos diferentes. Cada cual, entonces, recupera su libertad de acción y, con mayor razón, los electores.

El otro factor para tener en cuenta es que por regla general la participación electoral en segunda vuelta disminuye. Muchos electores se sienten huérfanos de representación y optan por quedarse en sus casas. Ello, sin embargo, no ocurrió en la elección presidencial del 2017 entre Piñera y Guillar, donde aumentó la participación en 300.000 votos más o menos, como sí ocurrió una merma significativa en la elección presidencial del 2013 entre Bachelet y Matthei, tal vez porque se daba por ganadora a la primera. En la elección entre Piñera y Frei el 2009 el número de electores se mantuvo prácticamente igual; lo mismo ocurrió entre Lagos y Lavín el 1999-2000.

Por todo lo señalado no resulta simple sumar matemáticamente las votaciones de los candidatos perdedores adscribiéndolas a los dos que pasaron a segunda vuelta según un criterio de afinidad política, por ejemplo, en un eje de derecha a izquierda. A veces un voto más extremo de rechazo al sistema puede saltarse las opciones intermedias y favorecer al extremo opuesto que tiene también un lenguaje y un mensaje igualmente radical de repudio, aunque por otros motivos. Esto ha sucedido, por ejemplo, en algunos países frente a la emigración ilegal masiva.

En síntesis, se inicia desde hoy mismo una nueva campaña electoral que esta vez sí será decisiva.

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