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Publicado el 20 de enero, 2020

José Antonio Viera-Gallo: La ola populista

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

El populismo actual, de derecha o de izquierda, es siempre el síntoma de una enfermedad de la democracia, una de cuyas causas es el cortocircuito en los canales de la representación y que se manifiesta en la decadencia de los partidos políticos surgidos en el siglo XIX. Perdida la fe en las instituciones republicanas, no pocos están prontos a confiar una vez más en una figura providencial que -como Alejandro Magno- sea capaz de desatar el nudo gordiano.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.

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En muchos países las elites son puestas en el banquillo. El prontuario es amplio, como los males que afligen a la gente. Los problemas se arrastran y desde la crisis mundial del 2008 parecen agravarse. El pueblo sale a las calles y protesta en forma persistente al ritmo de Internet.

Los intelectuales franceses, siempre perceptivos, intentan una explicación general del fenomeno: Rosanvalon acaba de publicar un libro con el sugestivo titulo El siglo populista, y Alan Rouquie había ya escrito otro no menos sugerente, El siglo de Peron. El último enjundioso estudio de Piketty sobre la desigualdad es una suerte de advertencia a las elites: o cambian la globalización actual concentradora de la riqueza, o se expandirá la marea populista, como si no hubiera llegado ya a EE.UU. y al corazón de Europa.

El problema ya lo advertía Maquiavelo: en toda sociedad los poderosos tienden a abusar de su posición dominante y el pueblo a defender sus derechos y libertades. La diferencia está -según el florentino- en que algunas sociedades saben encauzar el conflicto haciendo progresar a la república, y otras, en cambio, al cerrarle las puertas, multiplican la confrontación y siembran la confusión, provocando rencillas, tumultos, revueltas e inestabilidad.

Muchos hacen suyo el clamor de los argentinos durante el corralito bancario del 2001: que se vayan todos.

El populismo actual de derecha o de izquierda, con cara de Maduro o de Bolsonaro, de Trump o de Putin, es siempre el síntoma de una enfermedad de la democracia, una de cuyas causas es el cortocircuito en los canales de la representación y que se manifiesta en la decadencia de los partidos políticos surgidos en el siglo XIX. La mayoría se aleja de la élite. No ve en ella ninguna alternativa, menos aún a sus portavoces o vanguardia. Falla el supuesto que las diferencias de la sociedad podrían dar paso a decisiones de bien común luego de una deliberación adecuada en el Parlamento. Muchos hacen suyo el clamor de los argentinos durante el corralito bancario del 2001: que se vayan todos. Es, por una parte, efecto de la crisis que cierra oportunidades o las entrega al azar, sin consideración al mérito, y, por otra, de una nueva tecnología que altera las relaciones de poder: mientras en la red en apariencia todos somos iguales y libres, en el mundo real tropezamos con los privilegios.

Se abre, entonces, un horizonte de total incertidumbre en que los cambios que algunos impidieron en tiempos de tranquilidad y progreso, se presentan ahora amenazantes y agigantados. Entonces, perdida la fe en las instituciones republicanas, no pocos están prontos a confiar una vez más en una figura providencial que -como Alejandro Magno- sea capaz de desatar el nudo gordiano.

El populismo parte de una premisa falsa: que el pueblo es una unidad homogénea y que un líder excepcional es capaz de comprender y guiar en los azarosos tiempos de crisis. Este fenómeno ha acompañado la historia de América Latina.

Chile, por haber conformado precozmente una república, ha sido capaz de evitar el populismo. Pero no ha sido indemne. A medida que las instituciones pierden credibilidad, que los escándalos de corrupción cunden y la economía carece de dinamismo, la atracción populista se acrecienta.

A pesar que se están logrando acuerdos parlamentarios sobre cambios importantes en materia tributaria, de seguridad y pensiones, no se trasmite la sensación de estar trabajando con la urgencia que la emergencia demanda.

¿Estamos todavía a tiempo de dar un vuelco de timón a la política y encauzar las demandas populares? Aunque con demasiado retardo, el acuerdo que permite el proceso constituyente así parecía indicarlo. Todo dependerá del clima social y político que tengamos en el país hasta el 26 de abril. Esta es la principal tarea del actual gabinete y debiera ser la prioridad de la oposición.

El itinerario constitucional es largo. A pesar que se están logrando acuerdos parlamentarios sobre cambios importantes en materia tributaria, de seguridad y pensiones, no se trasmite la sensación de estar trabajando con la urgencia que la emergencia demanda. La encuesta CEP revela que la gente quiere acuerdos, pero para hacer cambios, no para favorecer el statu quo o hacer lo del Gatopardo: que todo cambie para que todo siga igual.

En forma ciega, en ambos sectores hay corrientes que en los hechos siembran dudas y formulan reparos el camino concordado, como si esperaran que girando y girando la rueda de la fortuna se incline en su favor. Los intelectuales franceses nos hacen reflexionar sobre los tiempos que vivimos. Más que sus explicaciones racionales, interesa su inquietud y su intento por descorrer el velo de la neblina que nos envuelve.

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