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Publicado el 13 de noviembre, 2019

José Antonio Viera-Gallo: La conducción de la crisis

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

Resulta fundamental no poner todas las fichas en el campo constitucional, sino que materializar la agenda social, ocuparse del medio ambiente y hacer andar la economía simultáneamente. Si queremos avanzar, hay que recuperar un clima de entendimiento en que puedan convivir las diferencias, desterrando la intolerancia y la violencia. Corresponde al Gobierno conducir este complejo proceso.

 

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
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Para orientarnos tenemos necesidad de sintetizar la experiencia. Bombardeados por la información, buscamos extraer el sentido de los fenómenos, muchas veces sin percatarnos que no somos observadores externos sino que estamos inmersos en el torbellino.

Entonces, recurrimos a un proceso simple de abstracción que nos permite «imponer» un orden a los acontecimientos. Recurrimos a una lógica binaria que establece una tajante diferencia entre conceptos y valores. Hablamos, por ejemplo, de cambiar el modelo o defenderlo, cuando la realidad es infinitamente más compleja, tanto la objetiva como la de nuestra propia interioridad.

La idea de una nueva Constitución se ha transformado en una suerte de talismán que abrirá las puertas férreamente defendidas por los grupos privilegiados. No sólo por el resultado que se obtendría, sino por el proceso deliberativo que le daría origen. No cabe duda que necesitamos encaminarnos hacia un sistema político más democrático y participativo. Pero ese proceso no tendrá nada de «ideal»: estará atravesado por los mismos intereses y visiones que hoy se enfenfrentan en la sociedad, y las soluciones que se alcancen no dejarán satisfechos a muchos. ¿Habrá el anhelado patriotismo constitucional? ¿Estará aparejada al sino histórico de vivir siempre bajo Constituciones que no representan a todos, como ha ocurrido desde la Independencia?

Para evitar desencantos, sería oportuno que los diversos grupos explicitaran cuáles son los principales cambios que anhelan ver plasmados en una nueva Constitución. Así se podrían ir formando desde ya los consensos y los disensos. Tal vez ello ayudaría a despejar temores, infundados o no. Hay que tener en cuenta que las Constituciones no caen del cielo y raramente nacen de un sabio legislador. Más bien surgen de los conflictos y luchas sociales y del avance progresivo de las nociones jurídicas y políticas.

La dificultad de los desafíos actuales del país es que mientras se debate sobre una nueva Constitución, el proceso político sigue su curso, como en una realidad paralela, como lo demuestran los acuerdos logrados en el Senado en materia tributaria y de presupuesto para el 2020. La vida de la sociedad no se detiene. Lo mismo vale para los procesos económicos.

Por eso resulta fundamental no poner todas las fichas en el campo constitucional. Hay que materializar la agenda social, ocuparse del medio ambiente y hacer andar la economía simultáneamente. Si queremos avanzar, hay que recuperar un clima de entendimiento en que puedan convivir las diferencias, desterrando la intolerancia y la violencia.

Corresponde al Gobierno conducir este complejo proceso. Pará lo cual debe captar el sentido de las nuevas circunstancias como ha hecho el ministro de Hacienda, adaptarse a ellas y encaminar al país hacia soluciones nuevas. Nada sacaría con negar la realidad y aferrarse a sus dogmas, ni menos añorar el período en que el fusil mandaba, como corean ciertos grupos de chalecos amarillos chilenos que miran esperanzados lo sucedido en Bolivia.

La historia enseña que la actitud debe ser la opuesta: pilotear los cambios. Pensemos, por ejemplo, en la posición que adoptó el general De Gaulle cuando comprendió que la Independencia de Argelia era inevitable o Henry Kissinger luego de años de combatir en Vietnam.

No nos refugiemos en los modelos ni simplifiquemos la realidad  con anteojeras ideológicas con cristales gastados. El actual proceso político exige una lúcida conducción.

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