Las encuestas de opinión revelan en forma reiterativa que la ciudadanía tiene un profundo anhelo de normalidad, es decir, que la sociedad supere definitivamente los años en que vivimos en peligro: a partir de las protestas del 2019 y luego la pandemia que trastocó nuestras existencias y reveló la fragilidad de ciertos presupuestos básicos de la vida en común, comenzando por el contacto, el encuentro y la colaboración en un espacio compartido.

Los principales problemas que afligen a la gente están bien claros: la delincuencia, la inflación, la migración ilegal, la violencia en la zona sur y la crisis en el sistema de salud (listas de espera en el sector público e incertidumbre sobre la persistencia de las isapres) y en la educación. Obviamente no son los únicos desafíos, pero son los que marcan la pauta diaria de la gente.

Para expresarlo en un concepto simple: las personas quieren que la casa esté en orden, o sea, que se recupere la seguridad y se abra una perspectiva cierta de progreso compartido. Se anhela que el país recupere tasas importantes de crecimiento y que disminuyan las inequidades y se cuide la naturaleza. Dentro de esos parámetros deben plantearse las reformas políticas, económicas y sociales, incluso los necesarios cambios culturales. Deben ser concebidos no como ruptura o enfrentamiento, sino como un factor de estabilidad.

El Presidente Boric lo expresó hace algunos días cuando sostuvo que el país está volviendo a funcionar. En el sector donde ello es más evidente es en la política económica. En sintonía con el Banco Central, el ministro Marcel encabeza un equipo que está logrando disminuir la inflación pese a la adversa situación internacional derivada de la guerra de Ucrania. El peso chileno se ha recuperado frente al dólar y el comercio exterior está en números azules. El talón de Aquiles de esta política es la baja inversión privada derivada de la persistencia de múltiples factores de incertidumbre, entre ellos la larga tramitación de la reforma tributaria y el impacto de la reforma previsional aún en sus primeros pasos.

No contribuye a la tarea descrita el desorden que impera en la vida política. Moros y cristianos contribuyen a la pelea y no se acompasan con la demanda ciudadana. Estamos en pleno proceso de reconfiguración del sistema de partidos y los liderazgos políticos escasean. El nuevo acuerdo constitucional ha sido una buena señal.

Veremos cómo se despliega el proceso de implementación a partir de la elección de los llamados “expertos” y de los futuros miembros del Consejo Constitucional. Sobre ellos recaerá una enorme responsabilidad: lograr lo que la Convención no pudo, es decir, proponer un nuevo texto constitucional amplio, flexible y moderno que eche las bases políticas de la nueva etapa que el país comienza a vivir, cargada de incógnitas.

Uno de los factores más preocupantes es la disminución de la adhesión a los principios y valores democráticos, que se traduce en un alto grado de desconfianza en las instituciones públicas, salvo las encargadas de resguardar la seguridad y el orden. Esta tendencia está en sintonía con lo que ocurre en muchas latitudes. No sólo en América Latina, sino también en el mundo desarrollado donde resurge el autoritarismo y la geopolítica.   

En ese contexto la conducción del Gobierno se vuelve fundamental. Pese a su mermado apoyo, en un país presidencialista, los ojos están siempre puestos en La Moneda. Hay ciertos sectores políticos que difunden una imagen distorsionada de Gabriel Boric: resaltan los cambios que trasuntan sus declaraciones e incluso afirman que no tiene claro su propósito. No comparto esa opinión. Cualquier gobernante en las actuales condiciones se habría topado con las mismas dificultades y el buen político no es el que persiste en sus ideas más allá de lo que indique la realidad, sino quien sea capaz de ir conduciendo su acción en un período de aceleradas transformaciones. 

Un juicio objetivo -teniendo en cuenta los fuertes trastornos que viven los países de América del Sur- no debiera centrarse sólo en sus desaciertos, sino también tomar en cuenta también sus habilidades, destrezas y perspectiva de futuro. Él está consciente que sólo puede concluir exitosamente su gobierno apoyándose en las grandes mayorías y alejándose de los extremismos sectarios. Para lo cual debe mantener el timón firme con la brújula puesta en la estabilidad y el cambio.

De Boric depende, fundamentalmente, que la casa recupere el orden. Es la paradoja que envuelve a una generación joven que llegó al poder bajo el signo de las transformaciones y que se ve ante la necesidad de dedicar sus mayores esfuerzos a defender la democracia y restablecer la normalidad de la vida ciudadana.

*José Antonio Viera-Gallo es abogado y ex ministro.

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