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Publicado el 30 de marzo, 2020

José Antonio Viera-Gallo: Francisco y la tempestad

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

Ese reino de lo desconocido nos llegó a través de los gestos, las palabras y un ritual simple y antiguo, desde Roma como signo de hermandad universal, que consuela y anima porque estamos todos en la misma barca.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.

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Esa tarde la Plaza de San Pedro estaba vacía, envuelta en el crepúsculo. Francisco solo. Rezaba y se dirigía a quienes lo seguían por televisión o internet. Sus primera palabras fueron elocuentes: “una tiniebla espesa se ha apoderado de nuestras plazas, calles y ciudades; se ha apoderado también de nuestras vidas llenando todo con un silencio ensordecedor y provocando un vacío desolador, que todo lo paraliza a su paso: se siente en el aire, se advierte en los gestos, lo dicen las miradas… Nos encontramos temerosos y desorientados… también nosotros (como los discípulos de Jesús en la barca en medio de la tempestad) nos hemos dado cuenta que no podemos seguir adelante cada uno por su cuenta, sino todos juntos”.

Expresaban la sorpresa y la angustia generales frente al contagio y expansión de la pandemia. No hay vacuna, ni remedio conocidos. Siguiendo a los antiguos, sólo queda el aislamiento para evitar que los sistemas de salud colapsen. Hasta los más escépticos han dado su brazo a torcer. No sabemos cuánto durará, ni cuantos morirán. El golpe ha sido duro. El mundo ha entrado en recesión según el FMI y cientos de miles pierden su trabajo. ¿Cuál será su magnitud? Una cosa es cierta: nunca habíamos vivido una experiencia semejante. Las otras pestes las leíamos en los libros de historia. La profundidad de la recesión dependerá de los éxitos en la salud pública para contener la expansión del virus, curar los enfermos y lograr la inmunidad.

¿Servirá al menos -como augura el Papa- para reflexionar y distinguir mejor lo importante de lo superfluo, y orientar la economía para que cubra las necesidades de la gente? ¿Cómo será la vida cuando pase la emergencia? ¿Volverá todo a funcionar como antes o el péndulo de la política se inclinará más hacia las personas, como pasó luego de la Segunda Guerra en Europa y en EE.UU. con el “estado de bienestar” y el “new deal”? Tal vez estemos entonces más dispuestos a tomar acciones efectivas para evitar el calentamiento global y sus consecuencias, y para alcanzar los objetivos del milenio propuestos por UN.

No olvidemos nunca la lección y mantengamos la gratitud hacia quienes han enfrentado la pandemia en primera persona: los trabajadores de la salud.

En este tiempo de confinamiento muchos nos interrogamos sobre los desafíos que tenemos por delante, cuando los esquemas ideológicos muestran su precariedad. ¡Qué importa si la solución se encuentra en el mercado o en el Estado o en ambos, lo relevante es que sea efectiva! Si ponemos como prioridad la salud, tal cual la define la OMS, los cálculos económicos y políticos deben orientarse al bien común de todos, sin exclusiones. Van a tener que dejar su zona de confort e incluir en sus análisis la dimensión de lo imprevisible y no controlable, lo que los antiguos pensadores llamaban “la fortuna”.

Lo interesante es que el Papa, en un escenario sobrecogedor, nos incita a pensar con claros gestos religiosos, en un mundo secularizado, al menos en Occidente. El lenguaje religioso nos interpela directamente, porque pronuncia las palabras que se refieren directamente al sentido de la vida y de la muerte. Es decir, nos saca de la efervescencia de la cotidianeidad rutinaria para introducirnos en la conciencia del misterio sin respuesta a la mano. Esa realidad de la cual siempre buscamos escapar, pero que inexorablemente nos aguarda y se hace presente en el dolor, físico o síquico, en el abandono y en el maltrato. Caemos en la cuenta que, como decía Paulo de Tarso, miramos a través de un vidrio empavonado.

Ese reino de lo desconocido nos llegó a través de los gestos, las palabras y un ritual simple y antiguo, desde Roma como signo de hermandad universal, que consuela y anima porque estamos todos en la misma barca en medio de la tempestad. Pero no estamos solos ni desamparados. Para los creyentes cristianos ese misterio se expresa en la figura de Jesús. Para muchos otros, en otras formas religiosas, y para no pocos en la duda agnóstica. A todos, sin embargo, nos indica que la vida va más allá de sí misma. Que si su significado escapa a la razón, hay una realidad interior profunda que nos habla de una dimensión que, a falta de palabras mejores, llamamos trascendente. Es el misterio del ser en el cual somos, vivimos y nos movemos, y que nos engloba en su profundidad insondable.

Juntos podremos superar este desafío. Pueda ser que cuando lo logremos, no volvamos a construir  muros de segregación y exclusión, y que reanudemos la marcha preocupados de tender la mano a los que van más lento. No olvidemos nunca la lección y mantengamos la gratitud hacia quienes han enfrentado la pandemia en primera persona: los trabajadores de la salud.

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