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Publicado el 10 mayo, 2021

José Antonio Viera-Gallo: El litio y la trampa de la soberanía

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

Sería lógico que la nueva agenda entre Bolivia y Chile favoreciera al menos un intercambio de información y experiencia en materias económicas como el litio.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
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Cuando el juez japonés Hisashi Owada, de la Corte Internacional de La Haya, le solicitó en mayo del 2015 a las delegaciones boliviana y chilena que explicaran qué entendían por “acceso soberano al mar”, ya que -dijo- “no es un término reconocido por el derecho internacional consuetudinario”, la respuesta boliviana fue dilatoria y vaga; por su parte, Chile sostuvo que lo entendía como “cesión de territorio”. El núcleo del entredicho quedó en suspenso, porque evidentemente hay muchas y diversas formas de ejercer soberanía.

Sin embargo, la tradicional demanda boliviana ha enturbiado las relaciones con Chile por un siglo, como si todavía estuviéramos en un sistema internacional regido por el principio de la soberanía absoluta de los Estados. Chile, por su parte, ha vivido a la defensiva, dando la espalda a Bolivia.

Recuerdo haber visitado el puerto de Trieste en el Adriático, por donde pasa gran parte de las mercaderías que van a Austria, Hungría, República Checa y demás países europeos que no son ribereños del Mediterráneo, y para mi sorpresa haber visto áreas enteras de bodegas e instalaciones donde flameaba la bandera austriaca. Nada impide la colaboración entre Italia y Austria, pese a haber sostenido varios enfrentamientos bélicos. Es un ejemplo de modernidad, que contrasta con la negativa boliviana a exportar gas por los puertos chilenos. A ambas naciones europeas les conviene que Trieste cumpla esa función de puente.

Por eso tal vez aparece como algo tan anacrónico el entredicho entre Bolivia y Chile, que ha llevado en un pasado reciente a suspender las relaciones diplomáticas formales y llevar los contactos a través de representaciones consulares, siempre de baja intensidad.

Siendo Embajador en Argentina y de visita en la ciudad puerto fluvial de Rosario, me tocó ver la zona que el gobierno de ese país le entregó en concesión a Bolivia para facilitar su comercio por el río Paraná: crecía la yerba, no se había hecho ninguna inversión. Me pareció un signo de la trampa de las luchas por la soberanía en el siglo XXI, en plena globalización.

En este contexto, el deshielo producido con la declaración conjunta de las Cancillerías de Bolivia y Chile anunciando que se retomarán los contactos formales, la colaboración siguiendo una hoja de ruta, es una buena noticia. Es verdad que ambas delegaciones dejaron constancia de sus posiciones sobre el tema marítimo, pero el acento estuvo puesto en recuperar la confianza perdida, reanudar el funcionamiento de los mecanismos de contactos políticos y técnicos entre ambos países, que estuvieron vigentes hasta el 2010, cuando en el primer gobierno de Sebastián Piñera se anunció públicamente que Chile descartaba cualquier tipo de conversaciones sobre la reivindicación marítima boliviana, lo que llevó al gobierno boliviano a desechar la agenda de 13 puntos que había guiado las relaciones bilaterales. Esa hoja de ruta fue establecida en el primer gobierno de Michelle Bachelet, luego que el entonces Presidente Ricardo Lagos asistiera a la asunción al poder de Evo Morales.

Si nos atenemos a las declaraciones oficiales de la Cancillería chilena a lo largo del tiempo, se ha dicho reiteradamente que nuestro país busca no reducir la agenda con Bolivia al tema marítimo, pero en los hechos ello no ha ocurrido, salvo en contadas ocasiones, sea por la insistencia boliviana en el tema, sea por la visión nacionalista predominante en la opinión pública chilena.

Es de esperar que luego del fallo de la Corte de La Haya, que reconoce que Chile no está obligado a negociar una salida soberana al mar, la nueva hoja de ruta anunciada por los Cancilleres Rogelio Mayta y Andrés Allamand corra mejor suerte, y sea un primer paso para la normalización plena de las relaciones diplomáticas. Algunos signos positivos de parte chilena, como la vuelta del tren Arica-La Paz y las inversiones en el aeropuerto internacional de Chacalluta en Arica, son muestras de un nuevo espíritu.

Para que se deje atrás una etapa de confrontación, es importante que ambos pueblos vean que la colaboración entre los dos países puede traer mutuos beneficios en el campo energético, económico, sanitario, universitario, etc. Por ejemplo, a nadie se le escapa que las mayores reservas de litio en América del Sur se encuentran en los salares del altiplano de Chile, Bolivia y el norte de Argentina; en conjunto constituyen el 85% de ese metal estratégico disponible a nivel mundial. En ese triángulo hoy están presentes empresas de muchos países, entre ellos Alemania, China, EE.UU., Países Bajos, Japón, UK y Rusia. El interés por el litio se revela tanto a nivel de trabajos científicos publicados como también de patentes registradas y guarismos de producción de baterías en bruto.

Se ha llegado a comparar el futuro de esa riqueza con la existencia del petróleo en Arabia Saudita. El litio se ha convertido en la gran estrella de la megaminería mundial por su densidad eléctrica y su capacidad de almacenar el calor: es el oro blanco del siglo XXI, que permite hacer frente al cambio climático. Su explotación masiva, sin embargo, amenaza con transformar definitivamente parajes desérticos del Altiplano. Sería lógico que los gobiernos de los tres países mantuvieran un contacto fluido y constante para sacar el mejor provecho de esta riqueza, cuidar el medio ambiente y el buen trato con las comunidades indígenas. Argentina, Bolivia y Chile se encuentran ante la misma disyuntiva: continuar la exportación de materia prima o aprovecharla para un proceso de innovación, creación de valor agregado e industrialización. Hasta ahora sólo Bolivia tiene una incipiente política industrializadora con compañías alemanas y chinas.

Urge remover los obstáculos existentes que impiden o dificultan la colaboración de Argentina, Bolivia y Chile en el triángulo del litio. Es un buen ejemplo de los desafíos del futuro y la necesidad de abordar los temas del pasado con una nueva mirada.

Sería lógico que la nueva agenda entre Bolivia y Chile favoreciera al menos un intercambio de información y experiencia en materias económicas como el litio. En la medida en que se asiente una nueva mirada, se podría avanzar hacia un esfuerzo más coordinado entre los tres países para aprovechar la explotación de una riqueza que comparten en el altiplano. Eso sería servir los intereses nacionales y afianzar la autonomía soberana de los tres países en un mundo global. No los dimes y diretes de las disputas territoriales.

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