No escribiré sobre el plebiscito. Se ha dicho todo y sólo resta esperar el resultado con la esperanza que el país encuentre un nuevo rumbo que le permita enfrentar los enormes desafíos que tiene por delante.

Pensemos por un momento en el contexto internacional en que nos toca vivir. Es uno de esos períodos en que se ha dejado atrás un sistema y aun no se ha alcanzado uno nuevo.

Algunos analistas escriben con cierta añoranza sobre la guerra fría. Durante la confrontación entre Occidente y la URSS hubo muchas crisis, pero existían parámetros compartidos que hacían previsibles las conductas del adversario, y los mayores enfrentamientos ocurrieron en el Tercer Mundo, no en el centro del sistema, salvo las invasiones de Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968) por parte de las tropas rusas que en breve tiempo dominaron la situación sin que Occidente interviniera. Las áreas de influencia estaban bien definidas.

Hoy la guerra en Ucrania, que lleva seis meses, nos muestra un cuadro completamente diferente. El conflicto en el corazón de Europa parece empantanado debido a la resistencia ucraniana y al apoyo militar y financiero de la OTAN. Además, ya no se trata de una confrontación ideológica, sino básicamente geopolítica. Para confusión de muchos, las fuerzas de extrema derecha europeas suelen simpatizar con el nacionalismo de Putin. ¡Para no referirnos a Trump!

A este conflicto bélico se suma la rivalidad creciente entre EE. UU. y China, que se disputan la hegemonía del futuro en casi todos los campos. Se ha recordado la advertencia de Tucídides sobre la peligrosidad para la paz cuando emerge una nueva potencia y otra que dominaba la escena, resiste la amenaza. China no está sola en Asia, por un camino diferente y en tensión con ella avanza también la India. Entre ambos países y su periferia concentran más de 1/3 de la población mundial. Además, cuentan con armamento atómico.

Si bien EE. UU. sigue siendo el país más poderoso, hoy tiene contrapesos. Su predominio ha sido breve: no más de un siglo. Se han revelado enormes dificultades para adaptarse a la nueva situación. La sociedad norteamericana está muy polarizada y varios analistas temen por la solidez de sus instituciones democráticas. El asalto al Capitolio fue una campanada de alarma.

Desde el atentado a las Torres Gemelas el 2001 la voz cantante la tiene la geopolítica, que ha traído como consecuencia una crisis del sistema multilateral, pérdida de influencia de los ideales libertarios y de justicia social que dieron origen a las NU y una menor relevancia del Derecho Internacional. Falta espíritu de cooperación frente a problemas que sólo pueden ser enfrentados exitosamente mediante un amplio consenso entre las naciones.

Así quedó de manifiesto con la crisis subprime del 2008 y luego con el cambio climático, las migraciones y la pandemia. Los Objetivos del Milenio siguen siendo metas por alcanzar. A eso se suman hoy la inflación, la crisis de las cadenas globales de suministro, el alza de tasas de interés y la amenaza de una recesión. Para no hablar de los peligros que surgen de la intolerancia religiosa y de la exacerbación de las entidades étnicas.

En este contexto América Latina ha perdido protagonismo. No actúa unida. La dispersión la ha debilitado. Los intentos de integración no han echado raíces duraderas. Dependen de los vaivenes políticos de los gobiernos. La región no parece percibir a cabalidad el cambio de escenario.

Los discursos políticos dominantes están cargados de las ideologías de los siglos XIX y XX, que generan espejismos y pasiones retóricas o seudo científicas, en un péndulo que oscila entre el populismo y la tecnocracia. 

Diversos pensadores latinoamericanos han propuesto para América Latina un camino de “no alineamiento activo”. Es un planteamiento interesante que nace de las dificultades en que nos encontramos: nuestros principales lazos políticos, militares y culturales están en Occidente, entre EE.UU y Europa, mientas que el comercio se dirige crecientemente hacia el Asia, principalmente a China. Por eso es justo mantener buenas relaciones en ambas direcciones y también mirar hacia otras áreas geográficas generalmente no consideradas.

El “no alineamiento activo” concebido como un aggiornamento del espíritu de Bandung de los No Alineados (1955), depende de cómo se lo interprete. Parece poco realista, al menos a mediano plazo, pensar que Europa pueda participar de este enfoque, dados sus lazos con los EE.UU.

La incógnita mayor surge cuando se recurre al adjetivo “activo”, definido en algunos documentos en términos valóricos que aparecen muy alejados de la realidad regional e internacional, como un nuevo elenco de buenas intenciones en medio de un escenario en que como diría Gramsci hay un mundo que no termina de morir y uno nuevo que comienza a asomarse en el horizonte. Y en ese tránsito no reina la tranquilidad y la seguridad; es la etapa de la experimentación, de la furia y de la lucha entre la nostalgia y la esperanza. 

Stefan Zweig escribió en “El mundo de ayer”, cuando se caían a pedazos los imperios europeos y los campos de batalla se llenaban de muertos, que “no hay dicha para aquel que no ha recorrido el camino del dolor “.

Así lo vivió mi generación, aquélla que nació impulsada por la utopía en los años 60 y luego tuvo que padecer la dictadura, adquiriendo de esa experiencia la capacidad de restablecer la democracia y generar 30 años de estabilidad y progreso económico y social. 

Su éxito se fundó en el realismo político y en la capacidad de ir abriendo nuevos espacios a lo posible. Tuvo limitaciones y defectos, pero se restañaron las heridas y se despertó la energía para impulsar las transformaciones que la época hacía necesarias. 

Las ideologías que pretenden diseñar un orden ilusorio en torno a valores abstractos chocarán tarde o temprano con la dura y porfiada realidad. No es una perspectiva pesimista. Por el contrario, es un llamado a recuperar la esencia de la política, es decir, la capacidad de las personas de incidir en el curso de los acontecimientos a partir de la situación en que les toca vivir.

Lo que falta por precisar en América Latina es, justamente, en qué consiste ese papel “activo” que debe ser construido en común con los pies en la tierra, en medio de un gran desorden donde se mezclan como nunca progreso científico y tecnológico, avance económico y social con viejas y nuevas injusticias, desigualdades, exclusiones y malestares. Hoy los ciudadanos están sumergidos en un clima de delincuencia y crimen organizado.

Un punto de partida es preservar la paz en la región y mantenerla libre de armas nucleares y de bases militares extranjeras. A partir de ahí se podrán ir definiendo las agendas comunes capaces de congregar voluntades diversas para retomar un camino de desarrollo más inclusivo y sustentable. 

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