Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 24 de junio, 2019

José Antonio Viera-Gallo: El escándalo y la probidad      

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

La sociedad con razón lucha por mayor transparencia y vigilancia del ejercicio del poder. Allí donde entra la luz, retrocede el abuso. El problema surge cuando, por la decadencia del debate público y la debilidad de las ideologías, la contienda política recurre como arma principal a la denuncia del  escándalo que afecta al adversario sin enfocar el problema en toda su complejidad.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Un diputado conservador inglés fue suspendido por agarrar del cuello y expulsar a una activista de Greenpeace, que se había infiltrado en una cena de empresarios y banqueros para protestar en favor de la emergencia climática. Por su parte, Boris Johnson, ex Ministro de RR.EE. y candidato a Primer Ministro, protagonizó una fuerte pelea con su mujer, provocando alarma en los vecinos, quienes llamaron a la policía. Estos dos incidentes ocurrieron el viernes pasado y fueron ampliamente cubiertos por la prensa. Consultados por periodistas, varios de los contrincantes para ocupar la jefatura del Partido Conservador confesaron haber consumido drogas en el pasado.

Johnson visitó Chile hace unos meses y en una reunión privada fui testigo de su cultura y poder de comunicación, y también de sus opiniones excéntricas en materia internacional. The Economist le acaba de dedicar una portada en que su cara aparece dividida en dos mitades: una como hombre serio y la otra como payaso.

En un país aparentemente tan circunspecto como Gran Bretaña existe una larga serie de escándalos políticos que han dado origen a una sociología que analiza el fenómeno. John Thompson en su obra El escándalo político explica por qué el fenómeno ha adquirido una mayor relevancia en las últimas décadas: se remonta al caso Profumo en 1963, cuando un ministro fue espiado por una acompañante. Pero la lista es larga y ha afectado a los partidos políticos, la Corona, el Parlamento, las ventas de armas, las empresas, los concursos de tv y los servicios secretos. Thompson distingue tres tipos de escándalos: los que involucran abuso de poder, los relacionados con el dinero y los que tienen que ver con la vida privada.

Los políticos necesitan estar vigentes y, para lograrlo, muchas veces aceptan las nuevas reglas de la exposición pública, que borra la frontera con la privacidad.

Hoy el escándalo se ha generalizado en la política mundial: le ha costado el puesto al Primer Ministro de Austria, tiene sometido a juicio Sarkozy en Francia, golpea a la política española e italiana, ha acompañado el mandato de Trump y sacude prácticamente a todos los países de América Latina, también el nuestro.

Este fenómeno da cuenta de diversas mutaciones en la sociedad. En primer lugar, la plaza pública se ha trasladado a los medios de comunicación y a las redes sociales. La política vive hoy en ese nuevo escenario. Los políticos necesitan estar vigentes y, para lograrlo, muchas veces aceptan las nuevas reglas de la exposición pública, que borra la frontera con la privacidad. Los medios y las redes se alimentan de lo que el público quiere oír, leer y ver, y nada más sabroso que un nuevo escándalo. Se produce así un círculo vicioso de la noticia superficial enmascarada de control ciudadano.

El uso del escándalo como arma en la contienda electoral genera frustración, polarización y distanciamiento respecto de la ciudadanía.

La sociedad con razón lucha por mayor transparencia y vigilancia del ejercicio del poder. Allí donde entra la luz, retrocede el abuso. El problema surge cuando, por la decadencia del debate público y la debilidad de las ideologías, la contienda política recurre como arma principal a la denuncia del  escándalo que afecta al adversario sin enfocar el problema en toda su complejidad. Se produce una suerte de tobogán del desprestigio al alcance de la mano, sin preocuparse de sanar el problema ni de los efectos sistémicos de su denuncia.

Este uso del escándalo debilita la política. Tarde o temprano, todos terminan manchados, y la ciudadanía entonces se recluye en el ámbito privado y deja de participar en un juego que se presenta como sucio: se desprestigian las instituciones y cunde la desconfianza hacia todo lo que tenga alguna relación con lo público. La contracara de la política del escándalo es la cortina de humo frente a los verdaderos desafíos de la sociedad. Es el caldo de cultivo ideal para las ofertas populistas de cualquier signo, que prometen la regeneración de la sociedad, como Bolsonaro o, en su tiempo, Chávez. Estos líderes mesiánicos terminan mal. El uso del escándalo como arma en la contienda electoral genera frustración, polarización y distanciamiento respecto de la ciudadanía. Los casos de corrupción deben ser enfrentados seriamente con denuncias fundadas, investigaciones pertinentes, procesos judiciales rápidos y apegados a la ley. Sólo así se fortalecen las instituciones y la cultura democráticas.

La política debe recuperar su dimensión ética y comprender el nuevo escenario en que le toca cumplir su papel. Debe comprender a tiempo que las exigencias de probidad van creciendo con el desarrollo de la sociedad. Lo que antes era permitido o tolerado, puede volverse objeto de reproche de un momento a otro. Los políticos deben adelantarse y encabezar la renovación de la sociedad o pueden ser víctimas de la ola de descontento y protesta que busca una vida mejor.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: