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Publicado el 19 de agosto, 2019

José Antonio Viera-Gallo: Beatriz y Camila

Abogado y político. José Antonio Viera-Gallo

Tanto discutir sobre “el país que queremos” hace perder de vista el país que existe y cambia vertiginosamente. El futuro votante apoyará a quien le de confianza para gobernar y mejorar sus condiciones de vida.

José Antonio Viera-Gallo Abogado y político.
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Mientras los dirigentes opositores discuten de ideologías o propuestas abstractas –vigencia de la socialdemocracia o del liberalismo, caminos propios y alianzas políticas– Camila Vallejo planteó rebajar la jornada laboral de 45 a 40 horas semanales. Descolocó al gobierno, logró apoyo transversal y un amplio respaldo ciudadano. Se podrá discutir sobre su mérito, la forma de implementarla y sus efectos en la economía, pero no cabe duda que Camila dio en el blanco. Tanto, que el gobierno tuvo que precipitadamente cambiar su propuesta de ley a 41 horas promedio, generando desconcierto entre sus filas.

No es la primera vez que Camila mete un gol de media cancha. Como dirigente estudiantil lo hizo con la gratuidad universitaria, alcanzando notoriedad mundial. Tuvo también el coraje de reconocer el valor del Informe Bachelet sobre violaciones a los derechos humanos en Venezuela apartándose de la línea oficial del PC. Nuevamente la diputada logró conectar con una necesidad muy sentida de la gente: disponer de más tiempo para su vida. Los trabajadores -especialmente las mujeres- viven la tensión de cumplir con su jornada laboral, más dos horas promedio de transporte diario, más los trámites domésticos y el cuidado de los hijos; al final el tiempo se les va entre los dedos y aumenta el estrés. No es que la gente quiera trabajar poco, simplemente anhela mayor libertad para vivir mejor. Así lo reconoció el Presidente: “El sentido último del progreso es la calidad de vida, es que la gente sea más feliz y eso tiene mucho que ver con el trabajo, la familia y el tiempo libre”.

El Gobierno sostiene que su proyecto es mejor porque contempla la flexibilidad laboral, y en eso tiene un argumento. Las nuevas tecnologías multiplican las formas posibles de trabajo, incluso a distancia. Pero no explica bien cómo piensa evitar los posibles abusos por parte del empleador, sobre todo cuando no hay sindicato. Para resguardar al trabajador, se podría establecer que fuera la Inspección del Trabajo la encargada de visar el contrato. Esas iniciativas deberían converger en una nueva regulación de la jornada laboral, dando a las Pymes tiempo para asumir el cambio. Si primara la razón y se escucharan las razones de la contraparte…

Este debate importante para el país contrasta, por ejemplo, con lo sostenido por Beatriz Sánchez en un reciente seminario en el sentido que el Frente Amplio es la socialdemocracia europea a la chilena. Difícil desentrañar el sentido de esta afirmación. La socialdemocracia hoy alberga en su interior un amplio abanico de posiciones bien diferentes. Suponemos que se refiere a las posiciones más de izquierda de ese sector y no, por ejemplo, a la llamada tercera vía de Anthony Giddens. Pero además ella no puede ocultar la sintonía que ese sector tiene con Podemos en España o la coalición de izquierda radical Syrisa en Grecia; ambos movimientos, rivales del PSOE y del PASOK, sufrieron severas derrotas últimamente. Beatriz vuelve al estatismo de la vieja izquierda.

Más allá de estos debates ideológicos, lo cierto es que ni ella ni el FA han hecho hasta ahora algún planteamiento político capaz de incidir directamente en el debate público. Se mueven en un mundo de ideas generales y de propuestas ajenas a las preocupaciones de la gente: otro modelo, otra Constitución, otro Chile. Creen que la realidad se doblega a sus postulados, como si fueran los primeros que han querido cambiar el mundo en un abrir y cerrar de ojos. Olvidan que al final la política se mide por sus resultados.

Tanto discutir sobre “el país que queremos” hace perder de vista el país que existe y cambia vertiginosamente. El futuro votante apoyará a quien le de confianza para gobernar y mejorar sus condiciones de vida. No sólo económicas. También de realización personal.

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