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Publicado el 30 diciembre, 2020

José Antonio Garcés y Miguel Saralegui: Coronavirus y estado de excepción

El coronavirus ha realizado la gran revolución constitucional de nuestros tiempos. Lo que no consiguió el comunismo, lo que no pudo lograr la Restauración monárquica, lo ha logrado el coronavirus en pocos meses. Ha normalizado el estado de excepción. Y un liberal solo puede admitir los estados de excepción como restos absolutistas y dictatoriales en regímenes que se consideran liberales. Pero, ¿será que en emergencias como esta el liberalismo no sirve?

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Aunque parece haberlo olvidado, el gobierno liberal se distingue de sus dos grandes rivales históricos por exigir que los gobiernos tengan un mínimo de discrecionalidad. Idealmente, el liberalismo no solo desea una existencia sin estado de excepción, sino que cree que es posible reducirla al máximo. Cuando invadan la esfera del individuo, los gobernantes liberales deberán promulgar una ley universal. Después de 200 años de liberalismo triunfante, cada liberal tiene un concepto de liberalismo, como demuestra el diferente uso de la palabra que se hace en Estados Unidos y en Europa. Sin embargo, conceptualmente, es posible distinguir un concepto de gobierno en que la acción de éste se reduzca al máximo, en que la prerrogativa, de acuerdo a la terminología de Locke, sea la menor posible. Creemos que, histórica y conceptualmente, este es el significado más puro de liberalismo.

De hecho, el liberalismo entiende -frente a su preferencia por la actividad legislativa que elabora normas racionales- al gobierno como una acción en sí misma extraordinaria. La política llega solo por la imperfección de la ley, porque, lamentablemente, esta desconoce todos los casos posibles.

Es evidente que tanto el Antiguo Régimen como el comunismo defendían otra idea del gobierno. En comparación con el liberalismo, ambos son dictatoriales. Para el marxismo, históricamente organizado, el estado de excepción era la forma de gobierno: durante la dictadura del proletariado la vida política se reduce a la voluntad del gobernante, ya sea como todopoderoso partido o como heroico revolucionario. La discreción del dictador del proletariado sabrá qué decisiones tomar para llegar al paraíso comunista. Por supuesto, el Antiguo Régimen velaba por el bien de los ciudadanos sin otro límite que la voluntad absoluta del monarca: las leyes existían de manera provisional. Para un liberal, todo el absolutismo es un estado de excepción: las leyes deben ser independientes de la voluntad del soberano.

Por supuesto, un liberal solo puede admitir los estados de excepción como restos absolutistas y dictatoriales en regímenes que se consideran liberales.

La costumbre nos hace olvidar los principios. Estados que se llaman a sí mismos liberales conviven con toda naturalidad con prologandísimos y prorrogables estados de excepción, a veces extremadamente duros, aunque no siempre idénticos (en España, los niños no pudieron salir a la calle durante casi tres meses, mientras que Francia siempre lo permitió).

Es suficiente leer los periódicos de los primeros días de marzo de 2020 para comprobar que, en aquel reciente mundo de ayer, las medidas excepcionales nos parecían, más que ineficaces para detener el virus, incompatibles con los principios ideales del liberalismo. De hecho, muchos gobernantes, como Donald Trump, Boris Johnson y Jair Bolsonaro, pronto identificados como locos, dijeron que no restringirían las libertades individuales. La medida en sí misma puede ser mala para la salud pública –será necesario comprobarlo en el mediano plazo–, pero es coherente con el sistema de gobierno. De la misma manera se puede describir la actuación del gobierno de Suecia, que no ha impuesto cuarentenas coactivas.

El filósofo Byung-Chul Han, quien se ha convertido en el intérprete filosófico de la pandemia, ha dicho que a los europeos les va peor que a los asiáticos por un problema de civismo. No nos parece buena la moralización y no quisiéramos aquí ponernos poéticos, pero también es posible que la población europea y la norteamericana –no sus sistemas políticos coactivos– conserven la suficiente dosis de humanismo como para saber que la alegría que los niños pierden en los parques no será cuantificada por el funcionario de turno hasta que las consecuencias sean irreparables. De hecho, nadie pidió disculpas cuando se llegó a la verdad científica de que era una hipótesis falsa que los niños eran supercontagiadores.

Existen muchos motivos que explican por qué el liberalismo se ha comprendido mal a sí mismo, porque ha naturalizado lo que no podía, lo que lo convertía en un gobierno sin identidad ideal. Desde “el fin de la historia”, es decir, desde que no existe una ideología global que pueda sustituir al liberalismo -como el comunismo deseaba hacer con el liberalismo y como éste logró hacer con el absolutismo-, es más difícil la autocomprensión liberal. Al liberalismo le falta ese enemigo global que le dice quién es. Por este motivo, la última gran crisis anterior al coronavirus, la financiera de 2008, se resolvió en una clave no liberal y estatista, que evidentemente difuminó la realidad del liberalismo.

Existe una hipótesis, más dolorosa para los amantes del nombre liberal, pero aceptable para quienes quieren comprender la política: es posible que el liberalismo no sea una teoría general de la política. Se trata simplemente de una teoría parcial de la política. Las leyes universales que reducen al máximo la influencia del gobierno y la posibilidad de los estados de excepción, son solo posibles en situación de normalidad. Cuando hay caos como los provocados por la emergencia del coronavirus, el liberalismo no sirve.

Quizá esta sea la dolorosa e inquietante lección que los liberales hemos aprendido de esta crisis.

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