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Publicado el 27 de agosto, 2019

José Agustín Muñiz: #RompePaga: Veo enemigos

Es bueno que cada proyecto de ley esté inspirado en algún principio de orden social; que cada pequeño cambio tributario haga de Chile un país más justo y solidario. Pero es un error creer que hay solo una manera de hacer de Chile un país más justo y solidario: la mía. Eso es fanatismo.

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Me parece ver un rasgo común entre dos hechos políticos de los últimos días. El Partido Socialista capitaneó la prohibición de acceso a las comisiones del Congreso a los subsecretarios y a los asesores oficialistas porque la ministra vocera, Cecilia Pérez, les recordó que no es compatible el narcotráfico con la política, y el joven diputado Raúl Soto terminó renunciando a la DC porque sus camaradas llegaron a un acuerdo con el Gobierno para aprobar una reforma. En ambos casos, me parece, se está viendo enemigos donde sólo hay adversarios políticos. Y si la confusión del diputado ex DC puede ser anecdótica, la socialista puede ser una tragedia.

En política, la distinción entre adversario y enemigo es sutil, pero de tremenda importancia. Adversario es el que tiene razones políticas distintas u opuestas a las mías, pero que juega por las mismas reglas y está dispuesto a ganar o perder en cada votación en el Congreso. Compartimos un campo en el que nos movemos con distintos fines, tácticas y motivaciones. El enemigo, en cambio, no juega mi juego. Tiene otras motivaciones, fines y tácticas; y los rasgos que lo convierten en malo, inmoral o peligroso son rasgos intrínsecos, personales. El enemigo es una amenaza con independencia del curso de acción que siga, de que gane o pierda en cualquier momento particular, o incluso de que no emprenda ninguna acción política en absoluto.

Lo peligroso en la confusión entre adversarios y enemigos es que no hay ningún rasgo externo que permita distinguir uno de otro; la distinción radica en el ojo del que la enuncia, no en alguna característica del que recibe la etiqueta. Eso fue lo que hizo el Partido Socialista.

La ministra Cecilia Pérez no eligió la forma más adecuada, pero el PS debería agradecerle por recordarles dónde está el verdadero enemigo político. Ni los narcotraficantes son sus adversarios ni los subsecretarios o sus asesores son sus enemigos. A los que hay que cerrar el acceso a los salones de la política es a los narcotraficantes y a aquellos cuyas decisiones políticas su dinero compra, no a los subsecretarios y sus asesores. Al impedirles el acceso al Congreso a los subsecretarios, les impiden hacer su trabajo y, de paso, nos perjudican a todos, pues en ese edificio se toman las decisiones que nos gobiernan y su presencia enriquece ese debate.

Llegar a un acuerdo con el Gobierno en materia tributaria no es el equivalente político a la colaboración con el mal moral.

El diputado Soto olvida que, si bien los discursos de las coaliciones políticas de ambos extremos difieren abruptamente, los votantes no. Si te eligen para para que durante 4 años encarnes una posición en el Congreso, te puede marear el vértigo y comienzas a ver enemigos mortales donde, en realidad sólo hay profesionales que hacen lo mismo, pero que fueron electos por gente que piensa distinto. Los políticos parecerán enemigos mortales unos de otros, pero los votantes comunes y corrientes de una y otra coalición no lo somos.

El diputado Soto declaró que “el límite que no se podía traspasar era apoyar la reintegración [tributaria] en la sala”, que “en política hay que ser consecuentes y tomar decisiones por más difíciles que sean”, por lo que renunciaba a su partido. No es para tanto: la reintegración tributaria es importante, pero no alcanza para quemar las naves. Llegar a un acuerdo con el Gobierno en materia tributaria no es el equivalente político a la colaboración con el mal moral.

Olvidan que los elegimos y los mandamos a Valparaíso con un sueldo envidiable para que discutan y se pongan de acuerdo sobre asuntos que nosotros no hemos, no podemos y no sabemos cómo solucionar. ¡Eso es la política! Ser portador de certezas binarias inamovibles les lleva a atribuir cada debate legislativo en un asunto de vida o muerte donde se juegan principios inmutables, traiciones imperdonables y victorias basadas en supuestos morales superiores. No, eso no es política; no al menos la política para la que los eligieron.

Es bueno que cada proyecto de ley esté inspirado en algún principio de orden social; que cada pequeño cambio tributario haga de Chile un país más justo y solidario. Pero es un error creer que hay solo una manera de hacer de Chile un país más justo y solidario: la mía. Eso es fanatismo.

@jose_muniz

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