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Publicado el 02 de junio, 2020

José Agustín Muñiz: #RompePaga: ¿Por qué no me creen?

El gobierno, cualquier gobierno, puede realizar esfuerzos heroicos, pero si no hay aquiescencia de los gobernados, nada surtirá efecto.

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“¿Pero por qué la gente no les cree a las autoridades?”, fue la pregunta que trabajamos este fin de semana en un curso de persuasión política al que me invitaron. Es arriesgado ser rotundo, pero buena parte de la respuesta está inscrita en la pregunta: porque no se puede obligar a otro a creer.

El mejor ejemplo de lo que digo está pintado en el techo de la capilla Sixtina, en el Vaticano. Miguel Ángel nos muestra a Dios acompañado de todos sus ángeles haciendo un esfuerzo gigantesco –sobrehumano– por comunicar la vida a Adán, un cuerpo joven, sano, musculoso, pero lánguido. Los dedos de Dios y de Adán están a un milímetro de tocarse. Y no se van a tocar hasta que Adán acceda a realizar un mínimo gesto; la tarea de Dios es inmensa, pero para darle la vida, para “comunicársela”, se requiere de la cooperación de Adán.

En política es lo mismo. El gobierno, cualquier gobierno, puede realizar esfuerzos heroicos, pero si no hay aquiescencia de los gobernados, nada surtirá efecto. Esto no implica que el gobierno lo haya hecho todo ni que lo haya hecho en grado heroico, ni tampoco que la gente no quiera creer en las autoridades de puro malvada, sino que esa confianza hay que ganársela. Y para lograr esa confianza, quiero compartirles mi aporte de modo que puedan mejorar su gestión comunicacional, obtener la aquiescencia de la gente y, con ella, credibilidad.

Primero, asumir que la meta es persuadir a un grupo de personas, no informarles o venderles algo, no convencerles ni demostrarles algo. Cuando informas a alguien, le “haces-saber” un dato; al vender o promocionar, les “haces-querer”. Pero persuadir es muy difícil, porque les “haces-creer” algo. Y por definición, eso no tiene nada que ver con una demostración racional ni con una demostración de fuerza. La demostración –racional o de fuerza– son los extremos donde no hay política posible; la política y la persuasión están en esa tierra media, mal dibujada donde habita el diálogo, se busca la adhesión de un auditorio –no su capitulación– y donde la aquiescencia es revocable, revisable, donde se puede estar de acuerdo en muchos sentidos y, de todas maneras, no estar persuadido. Como dice Greimas, “se puede convencer a los demás con las propias razones, pero sólo se las persuade con las suyas”.

Que me disculpen los científicos, pero entiendo al ministro Mañalich: no se puede hacer política pública con ese grado de incertidumbre.

Lo que nos lleva al segundo punto. Esto no implica que el conocimiento experto y la evidencia científica no sean importantes, sino reconocer que tampoco son suficientes. Son herramientas muy limitadas para el político. A las autoridades (no sólo a las actuales) les cuesta comprender que su trabajo no es técnico. La única persona en La Moneda que puede decir eso de su trabajo es la que hace el aseo. Todos los demás trabajan en política. Rahm Emmanuel, jefe de gabinete de Obama, lo puso en términos dramáticos: “Si es entre lo bueno y lo malo, algún otro se hará cargo. Todo lo que entra en la Sala Oval (o en La Moneda, diríamos) consiste en elegir entre lo malo y lo peor”.

Eso es la política, la “estocada en la oscuridad, lo que hace un grupo de personas que debe tomar una decisión que nos obligue a todos cuando ha acabado la discusión y los expertos siguen sin ponerse de acuerdo en lo que hay que hacer” (Innerarity). La semana pasada supimos de un estudio norteamericano que estimaba que en dos meses más tendríamos entre 4 mil y 31 mil muertos por Covid-19. Que me disculpen los científicos, pero entiendo al ministro Mañalich: no se puede hacer política pública con ese grado de incertidumbre. Al menos en Chile. Aquí, los humanos tomamos decisiones basados en lo que los hechos significan para nosotros, no en el significado de los hechos mismos.

Para persuadir, la autoridad no debe abandonar la racionalidad del discurso científico, sino abrazar la razonabilidad de la persuasión política en cinco dimensiones: la comunicación razonable, la claridad, sin torpes autogoles; la razonabilidad jurídico formal de sus instrucciones, que se inserten armoniosamente en el sistema vigente; la razonabilidad pragmática, es decir, que se adecue a la vida de los ciudadanos sin obligarles a hacer lo imposible; la razonabilidad de los fines sociales perseguidos, y la razonabilidad ética, es decir, que al obligarnos a todos a seguir una norma, tanto la autoridad que la dicta como el ciudadano que la acata podamos dormir con la conciencia tranquila.

@jose_muniz

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