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Publicado el 30 de julio, 2019

José Agustín Muñiz: #RompePaga: Hombre de Aberdeen perdido en el mar

El terrorismo gana cuando logra que nos miremos con sospecha entre nosotros, cuando el problema es de otros y estamos dispuestos a perder estúpidamente cuotas de libertad para comprar una seguridad que no llegará nunca.

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Por casi 100 años circuló el mito de que el Aberdeen Journal había titulado así, en abril de 1912, el hundimiento del Titanic. Era demasiado perfecto para ser verdad. Uno de los criterios que se usa para distinguir una noticia de lo que no lo es, es la proximidad. Noticia es aquello lejano que, por alguna razón, nos resulta próximo. Si la cercanía es geográfica, la proximidad es emocional o espiritual.

¿Qué tengo en común con algo que ocurrió en el medio del Atlántico? Había muchas razones periodísticas para llevar eso en primera plana: porque el barco era imposible de hundir o porque se ahogaron varios ricos y famosos. Pero con sólo 5 palabras –Aberdeen Man Lost at Sea–, el editor escocés enhebró con un hilo invisible unos hechos altamente improbables y entregó a sus lectores el otro extremo de ese hilo. Todo lo que ellos tenían que hacer era tirar del hilito y enterarse de que uno de los suyos estaba perdido en el mar. ¡Todavía había esperanzas!

Pero nunca hubo tal titular.

En abril de 1992, El Mercurio publicó el discurso de Juan de Dios Vial Larraín con que se inauguró la fundación Paz Ciudadana, surgida como respuesta al secuestro de Cristián Edwards, hijo del dueño de El Mercurio, por parte de un grupo terrorista. Por más de 10 años he usado en clases ese discurso para reflexionar sobre la respuesta de una sociedad libre ante la amenaza terrorista, y nunca me había percatado de que Vial parte diciendo que asume esa tarea con “sentimientos de solidaridad”. Hasta que un día, un estudiante levantó la mano y preguntó: “¿Por qué solidaridad? ¿Qué tengo yo en común con Agustín o Cristián Edwards?”

Una pregunta provocadora, pero legítima, pues habían pasado casi 30 años, Chile había cambiado una enormidad desde entonces, pero efectivamente en la vida cotidiana de un estudiante universitario no hay casi nada en común con la vida de una de las familias más poderosas de Chile entonces.

¿Y hoy? ¿Qué tenemos en común? Geográficamente seremos cercanos, pues habitamos la misma ciudad y de repente uno podría cruzarse con uno de ellos en la calle sin notarlo, pero ¿hay algo que nos haga “próximos”, “prójimos”? ¿Qué hilos invisibles podrán unirnos? Intuirá ya el lector hacia dónde va esta columna.

Las bombas que se enviaron la semana pasada a una comisaría en Huechuraba y a un ex ministro del Interior resultan todo un desafío para la solidaridad de los chilenos, en especial para aquellos que tienen acceso a las cámaras de televisión y espacios de opinión. Cuando a alguien le llega un paquete con una bomba, a todo el resto de nosotros nos llega una carta con una pregunta, como la que hizo mi estudiante: ¿Qué tienes en común con Rodrigo Hinzpeter (o con Óscar Landerretche)? ¿O con el mayor Manuel Guzmán, con la sargento primero Érica Bravo, con el cabo primero José Aguayo, con el cabo segundo José González, con la cabo segundo Estefanía Contreras, con el suboficial mayor Hugo Chamorro, con la carabinero Valeria Alvarado, o con la subteniente Camila Chaparro?

Si tu primera reacción no es la del editor escocés –“a uno de los nuestros le pusieron una bomba y lo quisieron matar”– y optas por la respuesta fácil –“es un problema de los pacos” o “es un problema de los políticos”–, entonces ganaron los terroristas. Nos dividieron. Porque el error principal que cometen los que opinan en los medios es que piensan que la división es entre “ellos los terroristas” y “nosotros los ciudadanos”, cuando lo verdaderamente insidioso del terrorismo es que ellos son parte de nosotros también. El terrorismo gana cuando logra que nos miremos con sospecha entre nosotros, cuando el problema es de otros y estamos dispuestos a perder estúpidamente cuotas de libertad para comprar una seguridad que no llegará nunca. Y la tarea de los comunicadores es encontrar esos hilos invisibles que nos hacen próximos al prójimo que se ahoga en el mar o al que le llega un paquete sospechoso. Sin eso, no hay esperanza.

@jose_muniz

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