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Publicado el 30 de junio, 2020

José Agustín Muñiz: #RompePaga: Golpear el condenado colchón de plumas

El estallido de violencia de octubre pasado y la pandemia han dejado a la vista “las costuras” del Estado chileno en la paupérrima calidad de los datos con que opera, la pobreza de sus estrategias y la incapacidad de responder a desafíos cada vez más sofisticados.

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Me gustan las series de TV de policías y detectives. Pero mi fanatismo dura hasta que, como dijo Mario Vargas Llosa, “se les notan las costuras” y hacen cosas inverosímiles que en la realidad no ocurrirían jamás. A “Gil” Grissom se le perdonan cosas que al monillento teniente “H” Caine, jamás. Como cuando el jefe de policía llega al lugar del crimen y ordena que se cierren todas las calles a 2 kms a la redonda… ¡y se lo hacen! O pide que revisen todas las cámaras del barrio, ¡y las imágenes están en el día! En la TV, las bases de datos son compatibles unas con otras, están siempre en línea y actualizadas.

En la vida real de un ciudadano común esas cosas no ocurren. Pero para una autoridad a cargo del Estado durante una pandemia, debería ser una posibilidad. El estallido de violencia de octubre pasado y la pandemia han dejado a la vista “las costuras” del Estado chileno en la paupérrima calidad de los datos con que opera, la pobreza de sus estrategias y la incapacidad de responder a desafíos cada vez más sofisticados. Da pena ver cómo Carabineros se compra el fraudulento software “Antorcha” para interceptar mensajes de WhatsApp o su incapacidad para aplicar inteligencia para resguardar el orden público. O el papelón de La Moneda pidiendo a un grupo de académicos del IMFD un informe de big data para predecir saqueos o comprobar la influencia extranjera en el estallido de violencia de octubre. O la vergonzosa incapacidad para licitar campañas comunicacionales profesionales y solventes sin hacer apología del abuso de menores.

Nos dicen que nuestro rastro digital permite a los gobiernos y plataformas seguir nuestros pasos y controlar nuestra conciencia a punta de big data y algoritmos que leen y predicen nuestro comportamiento aprovechándose de los sesgos cognitivos y prejuicios con que vivimos. Pero aquí el Estado era incapaz de contabilizar los muertos por Covid-19 sin sonrojarse al mostrar sus procedimientos, porque en las primeras semanas el sistema era artesanal.

Franklin D. Roosevelt decía que intentar cambiar algo en la Marina norteamericana era como golpear un colchón de plumas: “Pegas hasta agotarte y el condenado colchón está exactamente igual”. La lógica de poder estatal de compartimentalizar la información es un mecanismo que gira en banda y ya no hace tracción. En Chile del año 2017, el entonces ministro de Obras Públicas dijo que en su cartera había “más de 130 personas que ostentan el cargo de jefe de finanzas o jefe de adquisiciones”. Cuando un sólo servicio público (que no se dedica a las adquisiciones y finanzas) requiere de 130 jefes de adquisiciones y finanzas para hacer su labor, el problema no es de gestión. A dos subalternos por jefe, hablamos de un colchón de proporciones. Y debe de haber más de un colchón en cada servicio público de Chile.

Imagino al entonces ministro Mañalich que llega a su casa, pone su serie favorita y ve con envidia cómo se cumplen las instrucciones del jefe de policía, se cierran las calles y aparecen las fotos de los sospechosos incluso con la misma ropa. Y también imagino la cantidad de golpes que tuvo que dar a ese condenado colchón de plumas para multiplicar las camas disponibles, traer a Chile respiradores artificiales en medio de una “guerra” por obtenerlos o poner Santiago en cuarentena… y que así y todo no fueran suficientes y que nadie se los vaya a agradecer.

El problema no es falta de gestión o empeño en aporrear a ese condenado colchón, porque las costuras se rajaron, las plumas vuelan y colchón ya no da más. La gestión, ese atributo que Piñera imprimía a sus equipos servía para los problemas de los 90, ya no va. El mundo cambió y el Estado no tiene instrumentos ni herramientas para reaccionar a los cambios en el entorno, el Estado ya no escucha, no incorpora ni crea datos fidedignos de lo que nos ocurre; mal podrá responder a lo que se le pida.

La moraleja de este cuento es que tener buenos datos es una forma que tiene el Estado de escuchar a los chilenos. La calidad del dato es la calidad de la escucha del Estado. ¿Qué dicen los datos? Nada, los datos no hablan, las personas sí. Un Estado que oye bien tiene buenos datos y cuenta con un mapa fidedigno de la realidad, por lo que es más probable que pueda dar una buena respuesta a la gente. Y la utilidad de un dato es factor de su calidad y de la habilidad de la persona que lo usa. Si uno de los dos es igual a cero, entonces el resultado siempre será cero.

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