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Publicado el 18 octubre, 2020

José A. Ugolini: Salvemos la Fuente Alemana

Una de las causas de los graves problemas que afectan a nuestra sociedad -más evidentes desde hace exactamente un año- es la pérdida precisamente de ese sentido de pertenencia: de los elementos que nos identifican como Nación y nos hacen sentir parte de ella.

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Hace algunos días se anunció que el tradicional local de la Fuente Alemana de Plaza Italia cambió de nombre: ahora es la “Antigua Fuente”, que con los mismos dueños y personal promete mantener la calidad de sus insuperables sándwiches. Por su parte, el local de Pedro de Valdivia -que mantiene el nombre- también reabrió sus puertas, apostando por el delivery y mesas en una improvisada terraza.

Me declaro un asiduo comensal de ambos locales, aunque prefiero el de Plaza Italia, y reconozco sin culpa que hace años pido lo mismo: lomito completo (con mayonesa, chucrut y salsa de tomates), al que le agrego palta. Afortunadamente, he logrado inculcar en mis hijos el gusto por tan notable combinación. Para ello, he contado con el apoyo de un octogenario tío avecindado hace décadas en el extranjero, quien cada vez que viaja a Chile no deja de visitar esta fuente de soda que le trae recuerdos de toda la vida, al que acompañamos felices en su tradición culinaria.

Y es que la Fuente Alemana es uno de aquellos lugares que generan un sentido de pertenencia, en el que en torno a su barra se reúne un variopinto universo de personas: estudiantes, trabajadores, grupos de amigos, turistas nacionales e incluso algún gringo despistado que osa pedir kétchup para aderezar su sándwich (no lo haga, será considerado un hereje, arriesgando la pertinente excomunión sanguchera). Todo, en torno al preciado lomito y el correspondiente shop.

Creo que una de las causas de los graves problemas que afectan a nuestra sociedad -más evidentes desde hace exactamente un año- es la pérdida precisamente de ese sentido de pertenencia: de los elementos que nos identifican como Nación y nos hacen sentir parte de ella.

Hace décadas que el Himno Patrio prácticamente desapareció de los patios escolares, dejando de ser una tradición semanal para refugiarse en unas cuantas ceremonias anuales. Nuestra Bandera es cada vez menos respetada, en un proceso iniciado a comienzos de los años noventa por una actriz que desnudó sus escasos atributos ataviada con el pabellón nacional. Y qué decir del vejatorio trato que han recibido últimamente los monumentos que recuerdan a nuestros próceres, como Prat y Baquedano.

Es evidente que a un sector de la política -la izquierda, por cierto- le incomoda el sentimiento nacionalista -y por ello están dispuestos a regalar territorio a la primera de cambio-, mientras que otro grupo confundió lo nacional con lo militar, y en un afán traumático post-dictadura de destruir lo último, mancilló lo primero.

Es por ello que gran parte de la generación que hoy se manifiesta violentamente en las calles no valora la Patria, y se siente más identificada con un equipo de fútbol y sus jugadores que con el General Baquedano, por lo que no tienen empacho en pintar de rojo su estatua, a vista y paciencia de la fuerza pública. Es esa misma falta de identificación con los valores y símbolos patrios -en definitiva, con nuestra historia-, la que a mi juicio explica que se admire más a los jugadores de nuestra selección de fútbol que a los veteranos de la Guerra del Pacífico o a los Padres de la Patria.

Debemos reconocer que como toda sociedad que evoluciona, en el mismo período han surgido y reconocido nuevas manifestaciones culturales de lo nacional, como la cueca brava o la música de la bohemia porteña. Pero aparentemente, abarcan solo a una elite: no por nada fuimos rankeados por Spotify como el país que más consume reggaeton.

Por ello, considero imprescindible para la reconstrucción de nuestra convivencia nacional la revalorización de nuestros símbolos patrios, de nuestra historia, y nuestras instituciones, civiles y militares. Para ello, no es necesaria una nueva Constitución, ni reformas legislativas. Solo se requiere de la voluntad política del gobierno, encaminada a difundir y poner en valor lo que nos identifica, aglutina y hace sentirnos orgullosos de ser chilenos. Como la Fuente Alemana: ¿por qué no declararla patrimonio intangible de nuestra cultura nacional?

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