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Publicado el 15 noviembre, 2020

Jose A. Ugolini: Hirviendo la rana

Al igual que ETA en su momento, nuestros terroristas ya no respetan siquiera a los de su propio pueblo.

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La serie “Patria” de HBO, sobre los estragos que la acción terrorista de ETA causa en dos familias amigas y vecinas de un ficticio pueblo del País Vasco, ha puesto nuevamente de moda a dicho grupo extremista. Si aún no la ha visto, no lo haga. Mejor lea el libro en el que se basa: en él, su autor Fernando Aramburu plasma con maestría el sufrimiento que una visión extremista de la sociedad genera no solo en los protagonistas, sino en todo el pueblo vasco, que resultó dividido, fragmentado y herido producto de la violencia sistemática a la que estuvo expuesto por décadas.

Y digo que ETA está de moda porque, por su parte, el streaming de Amazon tiene en cartelera “El Desafío: ETA”, documental que relata la lucha del Estado español en contra de los extremistas vascos y sus esfuerzos por desarticularlos.

Lo paradójico de ETA fue que su acción terrorista y armada se exacerbó con el regreso a la democracia tras la muerte del generalísimo Franco, cuando la mayoría de los políticos y el pueblo españoles creían que “muerto el perro, se acaba la rabia”. Y especialmente, su acción violenta se incrementó durante el largo gobierno socialista de Felipe González.

Por ello, fue precisamente Felipe González quien debió presidir el período más complejo de la lucha contra ETA. En el referido documental, hace el siguiente diagnóstico de las herramientas con que contaba para ello al momento de asumir el poder: “Cuando llegamos lo que había era un exceso de dispersión de los cuerpos policiales. La Guardia Civil era una pieza clave, y es verdad que estaba mal dotada, normalmente mal retribuida, y sobre todo, […] no teníamos un aparato de inteligencia en el sentido operativo del término, pero lo que nosotros hicimos […] es poner en común la información disponible”.

A partir de dicho diagnóstico, se elabora un plan de lucha integral contra el terrorismo, con la modernización de la Guardia Civil, y una mejor selección y formación de sus integrantes. Así, el gobierno socialista del PSOE se tomó mucho más en serio la lucha contra el terrorismo, que la administración de transición presidida por Adolfo Suárez.

Por acá, en nuestra patria, día a día nos enteramos de balaceras entre bandas de narcotraficantes que generalmente causan la muerte de terceros inocentes. Las llamadas balas locas son cada vez más habituales. Especialmente grave es la situación de la alcaldesa de La Pintana, Claudia Pizarro, quien ha sido amenazada por su lucha contra el narco en su comuna. Sus oficinas, hace algunos días, recibieron un disparo, que afortunadamente no hirió a nadie.

Asimismo, durante las últimas semanas hemos sido testigos de nuevos atentados en la denominada Macrozona Sur (La Araucanía, Biobío, Los Ríos y Los Lagos), como diversos eventos de quema de maquinarias y camiones, la emboscada y asesinato de un joven Carabinero de ascendencia mapuche, la muerte a tiros de un encargado de vigilancia rural en Collipulli de 76 años de edad, etcétera. Al igual que ETA en su momento, nuestros terroristas ya no respetan siquiera a los de su propio pueblo.

Por su parte, el Gobierno, de la mano del nuevo ministro del Interior Rodrigo Delgado, se ha comprometido a designar un “coordinador” de la Macrozona Sur, y pretende reforzar la acción de Carabineros con la adquisición de 81 vehículos adicionales, a un costo de más de dos mil quinientos millones de pesos. Sin embargo, a lo largo de los últimos años hemos sido testigos de muchísimas medidas como las expuestas, que  siempre resultan insuficientes ante la terca realidad del incremento de la acción violentista y terrorista que afecta cada vez más a nuestro país. Esto es así porque la política reactiva de los sucesivos Gobiernos que se han enfrentado al problema -hagamos algo para que no parezca que no hacemos nada-, nunca va a ser suficiente si dicha realidad no es enfrentada como un problema de Estado, con todos los actores políticos y gubernamentales alineados tras ese desafío: en la España de Felipe González se demoraron años en darse cuenta de esa necesidad, pero la fuerza de los hechos y la sangre derramada de muchos inocentes -varios niños entre ellos- permitió un acuerdo nacional.

En nuestro caso, creo que la lucha contra el terrorismo -no debemos tener temor de llamarlo como lo que es, terrorismo-, asociado al narcotráfico y a grupos radicales, es mucho más compleja que la que debió enfrentar España a fines del pasado siglo: mientras ellos se enfrentaban a un enemigo único y más o menos cohesionado, con una organización jerárquica y estructurada, en Chile nos encontramos ante una multiplicidad de grupos, con intereses disímiles, unidos únicamente por la voluntad de causar daño y terror. Esto hace más difícil la negociación con los extremistas, que es la necesaria herramienta que debe complementar a la acción policial del Estado para al menos intentar restablecer el orden y la paz en los territorios vulnerados.

Algún lector estará pensando que mi comparación de nuestra realidad con la experiencia de los españoles con ETA es exagerada. Pero no nos equivoquemos: la rana se siente cómoda mientras el agua de la olla se va entibiando lentamente. Hasta que el agua hierve, y la rana muere sin enterarse de que será devorada. Si ya nos tienen en la olla, al menos intentemos que el agua no se tempere. Como dijo el propio Felipe González en su momento: “La lucha contra el terrorismo tiene que ser fría”.

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