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Publicado el 2 mayo, 2021

José A. Ugolini: Grandes, no viejos

En Chile hay muchas realidades que no queremos ver, y una de ellas es la tríada maldita a la que más temía mi padre: ser viejo, pobre y enfermo. A la que podríamos agregar un cuarto elemento: la soledad.

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En Chile tenemos la mala costumbre de llamar “viejos” a la gente mayor: generalmente es un trato cariñoso, pero no deja de tener un aspecto despectivo, ya que por viejo también se entiende lo usado, estropeado, deteriorado o ajado. Por eso, me gusta más la forma como se refieren los argentinos a sus mayores: los llaman “grandes”. Tienen razón, porque la acumulación de años suele venir acompañada de un crecimiento personal: los años generalmente aportan experiencia y sabiduría.

En los últimos días, la gente grande se ha puesto de moda. La nominación de la película chilena “El Agente Topo” al Oscar al Mejor Documental le dio visibilidad a su protagonista don Sergio Chamy, un octogenario sencillo, educado, todo un caballero, como lo puede ser el abuelo de cualquiera de nosotros, quien ha sido el centro de atención, luces, micrófonos y cámaras en las últimas semanas. Y, por qué no decirlo, el protagonista de simpáticos memes, que es la forma en que la cultura popular de nuestros tiempos reconoce -y también castiga- a los personajes públicos. Me parece especialmente interesante que una prestigiosa marca norteamericana de ropa formal haya decidido hacerlo su rostro, proporcionándole el smoking para asistir a la ceremonia de entrega de los premios Oscar: lo reconoce como un grande, demostrándonos que nunca es tarde para obtener el éxito y el reconocimiento de los demás.

Todo ello, gracias al arte de la directora de la película, la cineasta Maite Alberdi, quien ha ido perfeccionando su particular forma de mostrar lo cotidiano, que por corriente generalmente escapa a nuestra mirada, y por lo tanto a nuestro análisis. A través de sus películas ella se las amaña para hacer esa cotidianidad evidente a nuestros ojos, y así permitirnos cuestionar realidades o fenómenos sociales que generalmente dejamos pasar de largo.

Así lo hizo en su momento con “La Once”, donde la protagonista es su propia abuela y su grupo de amigas, retratadas a lo largo de varios años en sus reuniones semanales en torno al ritual nacional de la once, costumbre que con los años lamentablemente se ha ido extinguiendo. Así como también a lo largo de la película se va extinguiendo la salud o la vida de las protagonistas, quienes se aferran a los recuerdos y experiencias pasadas, en los que de una u otra forma buscan la vitalidad que con los años se les va escapando de las manos.

Por su parte, en “Los Niños” nos transmite los anhelos, alegrías y sinsabores de jóvenes y adultos con Síndrome de Down, y su lucha por tener una vida normal: sus aspiraciones a un trabajo, a una independencia económica, o a una vida afectiva y de pareja. Así, nos mostró que son personas que como cualquiera de nosotros quieren y tienen derecho a una vida plena en todos los aspectos. En fin, que no son niños encerrados un cuerpo de adulto.

Con “El Agente Topo”, nos ha evidenciado el abandono y soledad en la que vive gran parte de la gente grande de nuestro país, en la cruda realidad de un asilo de ancianos en el que la visita de familiares es la excepción. Los esfuerzos del personal a cargo del cuidado de los huéspedes del hogar, con actividades lúdicas como ejercicios o bailes, celebraciones de cumpleaños, o la elección anual del rey y reina del hogar, no logran reemplazar la falta de cariño de los hijos o nietos que prácticamente no se ven a lo largo de la película.

Creo que en Chile hay muchas realidades que no queremos ver, y una de ellas es la tríada maldita a la que más temía mi padre: ser viejo, pobre y enfermo. A la que podríamos agregar un cuarto elemento: la soledad.

Chile es una sociedad que envejece rápidamente: si en la década de los años 1980 la pirámide poblacional de nuestro país era de bases anchas y una cúspide estrecha, hoy dejó de ser una pirámide para transformarse en un moderno edificio de departamentos -quizá un gueto vertical-. En efecto, en cuatro décadas, los mayores de 60 años se han duplicado respecto de los menores de 14: si en el año 1980 había tan solo 40 mayores de 60 años por cada 100 menores de 14, hoy son más de 80 personas mayores de 60 años por cada 100 menores de 14.

El problema no es menor: el aumento de la expectativa de vida incrementa también las posibilidades de sufrir enfermedades degenerativas propias de la edad, con la consecuente necesidad de cuidados especiales, y una dependencia de terceros para las actividades más básicas del día a día, como asearse, vestirse, o alimentarse. Muchas veces esos cuidados son proporcionados por personas que también son mayores: es cada vez más común ver a hijos de la tercera edad al cuidado de un padre o madre ya ancianos. En los últimos días, ha sido noticia el caso de un señor de más de 80 años que durante el día cuida de su señora postrada, y que en las noches trabaja como conserje de un edificio porque su pensión no les alcanza para vivir.

Esa realidad de nuestro país contrasta con los cuidados que recibe el personaje de Anthony Hopkins en la película “El Padre”, por la que ha recibido a sus 83 años un muy merecido Oscar al Mejor Actor: se trata de un anciano con Alzheimer, en cuyos zapatos nos coloca magistralmente el galardonado actor. Si la película se hubiera ambientado en Chile, probablemente se habría centrado en las necesidades económicas del protagonista, y no en sus carencias afectivas, como lo hace el también premiado guión de la película.

Hace años que la clase política de nuestro país viene postergando la decisión de pronunciarse sobre las mejoras que necesita el sistema de pensiones. Es más: en los últimos meses, y con la pandemia como excusa, un grupo mayoritario de nuestros parlamentarios con la complicidad por omisión del Gobierno se han empeñado en desmantelarlo, a través de los sucesivos retiros de los fondos de pensiones. En ese empeño se ha lucido la única “Abuela” de nuestro país a la que no llamaría “grande”, por la mezquindad de su forma de hacer política. 

En fin, como Estado y como sociedad estamos cada día más en deuda con nuestros mayores. Y el problema no se limita a una pensión mayor o menor: falta una red que se ocupe de cubrir las necesidades de quienes en cualquier momento pasarán a ser la población mayoritaria de nuestro país, con los establecimientos especializados para proporcionarles los cuidados que requieren, o los subsidios necesarios para poder proporcionales esos cuidados en el propio hogar, cuando su condición de salud lo permita.

Por mi parte, me empeñaré en tratar de dejar de hacerlos sentir “viejos”, y comenzar a llamarlos “grandes”, como se lo merecen.

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