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Publicado el 4 abril, 2021

José A. Ugolini: El profesor Jaime Guzmán: su última lección

No alcanzamos a tener más de 4 o 5 clases. La última, el 1 de abril, de 16:30 a 17:50 horas.

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Conocí a Jaime Guzmán Errázuriz a fines de la década de 1980, en esos años en que llegaría la alegría. Preocupado y ocupado de nuestra formación cívica y el novedoso contexto electoral que se avecinaba, mi colegio invitó a algunos políticos a exponer ante los alumnos sus ideales, y explicar lo que se venía. Entre ellos, a Jaime Guzmán. A pesar de nuestros escasos años y no tener aún la edad mínima para votar, éramos un público interesado y fuertemente politizado. Casi todos nos abanderamos en su momento por el Sí o el No del Plebiscito de 1988, y por algún candidato presidencial en la elección de 1989.

En lo personal, me sorprendió la claridad con que Jaime Guzmán expuso sus ideas, su correcto uso del lenguaje y su extraordinaria capacidad de síntesis. Ahí me enteré de que era profesor de Derecho en la Universidad Católica. A esas alturas, yo ya tenía claro que quería ser abogado, pero estaba aún indeciso de a qué universidad postular. Ese día salí del Salón Rojo del Instituto Alonso de Ercilla decidido a estudiar -puntaje mediante- en la Católica: quería ser alumno de Jaime Guzmán.

Las cosas se dieron, por lo que en marzo de 1990 ya estaba matriculado en la carrera de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Y en el intertanto Jaime Guzmán había sido elegido senador por Santiago Poniente, gracias a las bondades del sistema binominal vigente a la época, dejando fuera de la Cámara Alta al expresidente Ricardo Lagos Escobar, quien había alcanzado la segunda mayoría en la lista de la Concertación de Partidos por la Democracia, detrás de don Andrés Zaldívar. Sin embargo, los candidatos concertacionistas no lograron doblar a la lista de la derecha (Democracia y Progreso), lo que permitió a Jaime Guzmán ser electo senador. En algún momento Andrés Chadwick, con quien compartía sus cátedras, nos contó que Jaime fue candidato convencido de que no sería electo, por lo que llegar a ser senador alteró fuertemente sus planes personales. Y también modificó su planificación académica.

Jaime Guzmán impartía dos cursos: Derecho Político de primer año, con dos horas semanales; y Derecho Político de segundo año, con tres horas semanales. Pero no impartía ambos cursos a la vez, sino que tomaba una generación en primer año y continuaba con ella hasta el año siguiente. Y el año 1990 le correspondía hacer Derecho Constitucional en segundo año. Sin embargo, como había asumido recién su cargo de Senador consideró que no era conveniente dictar un curso de tres horas semanales, por lo que decidió hacer Derecho Político a mi generación. Así, por los azares del destino y del sistema electoral binominal, pude cumplir mi sueño de ser alumno de Jaime Guzmán.

Éramos un curso pequeño, de poco más de treinta alumnos. La primera clase debió ser un lunes a las 8:30 de la mañana, pero fue en la tarde, a las 16:30. Lo primero que nos aclaró fue que no le gustaba que le dijeran profesor, ni que lo trataran de don. Para sus alumnos, era Jaime. Lo segundo, que era una aberración intelectual hacer clases antes de las 10 de la mañana: por eso la clase sería siempre a las 16:30 (después de su siesta). Y por último, que estábamos en una universidad confesional, por lo que la clase se iniciaba rezando un Ave María: si a alguien no le gustaba o no era católico, tenía la libertad de no rezar.

Sus clases eran muy participativas, procurando la intervención de todos sus alumnos, a quienes conocía y trataba por el nombre de pila. Nos escuchaba con gran respeto, aunque tuviéramos una posición política o ideológica distinta a la de él: la idea era que en cada sesión pudiéramos internalizar o profundizar uno o dos conceptos, con claridad y precisión. Así, los apuntes de cada clase no pasaban de un par de páginas.

Al año siguiente, 1991, decidió continuar con nuestra generación e impartirnos el curso de Derecho Constitucional, el que comenzamos analizando las Bases de la Institucionalidad. No alcanzamos a tener más de 4 o 5 clases. La última, el 1 de abril, de 16:30 a 17:50 horas.

Pero esa última clase no fue su última lección: esa fue unos minutos más tarde, cuando un grupo de jóvenes idealistas del Frente Patriótico Manuel Rodríguez le disparó a la salida del Campus Oriente. No es posible explicar la pena y el impacto que significó su muerte, no sólo por quien era, o por cómo murió, sino especialmente porque habían matado a nuestro profesor, con quien habíamos estado en clases tan solo unos minutos antes de su asesinato.

Ese mismo día se había publicado en el Diario Oficial la primera modificación constitucional acordada en Democracia. Hasta esa fecha, la Constitución no permitía la amnistía ni el indulto de los delitos terroristas. La reforma constitucional del 1 de abril de 1991 eliminó la prohibición de su amnistía; permitió el indulto particular, pero solo para conmutar la pena de muerte por la de presidio perpetuo; y a través de una disposición transitoria, autorizó el indulto particular respecto de los delitos terroristas cometidos antes del 11 de marzo de 1990. En definitiva, fue una reforma constitucional hecha a la medida para permitir al ex presidente don Patricio Aylwin Azócar indultar a los llamados “presos políticos” de la época. Así, entre otros terrotistas se indultó a quienes participaron en el atentado contra el General Pinochet en el año 1986; y a quien participó en el homicidio de una niña de 5 años y de un carabinero en el año 1989.

Jaime Guzmán se opuso a dicha reforma constitucional desde el inicio de su tramitación, tanto en la Comisión de Constitución, como en el Senado, y especialmente en un discurso ante el Congreso Pleno, donde señaló que “la médula de esta iniciativa radica en la atribución que se concede al Presidente de la República para indultar terroristas, por delitos de ese carácter cometidos antes del 11 de marzo de 1990. Se mantiene, así, en general y hacia el futuro, la sabia norma de la Constitución de 1980 que excluye del indulto presidencial a quienes sean condenados por delitos terroristas. Pero se le introduce una excepción: se permite dicho indulto cuando se trate de delitos terroristas cometidos antes del 11 de marzo de 1990. […] La creencia de que el advenimiento de la plenitud democrática haría desistir a los terroristas de sus desquiciados afanes, se ha visto crudamente contradicha por los hechos. Más aún, muchas de las personas que podrían ser beneficiadas por esta enmienda constitucional están vinculadas a las mismas agrupaciones que hoy continúan ejecutando y reivindicando crímenes o atentados terroristas, como el Frente Lautaro o el Frente Manuel Rodríguez.

El desafiante recrudecimiento del terrorismo se ve actualmente agudizado por el incremento de la delincuencia común, que también inquieta, con creciente angustia, a los chilenos. Los vasos comunicantes entre el terrorismo y la delincuencia común son bastante conocidos como para perfilar las reales dimensiones de tan delicado problema.

Votamos en contra de esta Reforma Constitucional, porque nos parece que ella envuelve una pésima e incomprensible señal para el país, en momentos en que el recrudecimiento terrorista y de la delincuencia común reclama una actitud particularmente firme, y sin equívocos, de todas las autoridades públicas ante tan seria amenaza.

Voto que no.”

Ese día, Jaime Guzmán firmó su sentencia de muerte. Hoy, 30 años más tarde, sus palabras siguen estando vigentes, quizás más que nunca. Y la mayoría de sus asesinos siguen sin cumplir condena por su crimen terrorista.

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