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Publicado el 13 diciembre, 2020

José A. Ugolini: Educación de los niños: ¿quién pone la música?

El llamado a “saltarse todos los torniquetes” y el cuestionamiento a la moral que los padres quieran transmitir a sus hijos se contradice abiertamente con el último de los principios de la Defensoría de la Niñez: el deber preferente de los padres de educar a sus hijos.

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Soy un padre de familia cercano a la cincuentena, por lo que pertenezco a esa generación que se crió jugando más en la calle que frente a una pantalla, que se sorprendió con la llegada de la televisión “a color”, y que veía programas infantiles de una candidez que, para los tiempos actuales, resulta asombrosa. Sí, porque disfrutábamos de los básicos efectos visuales del muñeco Pimpón, que, acompañado en el piano por el tío Valentín Trujillo, nos invitaba a “lavarnos la carita con agüita y con jabón”. Y nos aventurábamos con la Tía Patricia en una Cafetera Voladora conducida por Florcita Motuda, quien con el tiempo enchuló su particular vehículo para que, junto a las bondades de nuestro sistema electoral, lo llevara hasta el mismísimo Congreso Nacional, convirtiéndose en uno de los más freak de nuestros honorables diputados.

Lo cierto es que la oferta de programas infantiles en nuestro país estuvo casi siempre al debe, hasta que junto con este siglo surgió 31 Minutos: un programa infantil inteligente, irónico, y educativo, que se dejaba ver tanto por niños como por adultos, con entretenidas y pegajosas canciones, muchas de ellas compuestas por Pablo Ilabaca, uno de los músicos de la exitosa banda Chancho en Piedra.

Hoy, Pablo Ilabaca sigue componiendo canciones bajo el pseudónimo de Jaco Sánchez, pero parece que su alter ego no cuenta con la misma musa inspiradora: en los últimos días, estrenó en la página web de la Defensoría de la Niñez, y auspiciado por ésta, el video de su canción “El llamado de la naturaleza”, que más allá de su precaria calidad musical, no ha estado exenta de polémica.

En efecto, dicho video fue el primero de más de veinte que forman parte de una campaña publicitaria de dicho servicio, con la que se pretende conmemorar el 30° aniversario de la ratificación por parte del Estado de Chile de la Convención sobre los Derechos del Niño. Lamentablemente, la polémica generada ha opacado dicha celebración.

Los cuestionamientos provocaron que el video fuera bajado de la web de la Defensoría de la Niñez (aunque aún se lo puede encontrar en internet), y su reemplazo por una declaración pública con la que se pretende justificar su promoción y difusión. Por su parte, este medio informó que en el presente año el gasto en campañas publicitarias de la Defensoría de la Niñez se duplicó, y que éstas contemplan los 21 videos a que ya nos referimos, de los cuales 5 están dedicados específicamente a la figura de Patricia Muñoz, quien desde junio de 2018 detenta el cargo de titular de dicho servicio. Por último, hace unos días se informó la decisión de un grupo de parlamentarios de solicitar a la Corte Suprema la destitución de la Defensora por “negligencia manifiesta e inexcusable en el ejercicio de sus funciones”. Así, la incursión musical de la Defensoría de la Niñez consiguió poner a dicho servicio y a doña Patricia Muñoz en el centro noticioso. Pero nadie habla de los derechos de los niños.

Lo cierto es que la canción de la polémica tiene al menos un tono conflictivo, con el que se pretende contraponer el derecho de expresión, opinión y manifestación de los niños, al derecho y deber de protección y educación de los padres. En fin: se pretende crear un conflicto donde no lo hay, lo que deja de manifiesto una pérdida de rumbo de un servicio que, conforme al mandato legal para el que fue creado, debe tener por propósito “la difusión, promoción y protección de los derechos de que son titulares los niños, de acuerdo a la Constitución Política de la República, a la Convención sobre los Derechos del Niño y a los demás tratados internacionales ratificados por Chile que se encuentren vigentes, así como a la legislación nacional, velando por su interés superior”.

Para cumplir con dicho fin, la Defensoría de la Niñez debe tener siempre en consideración determinados principios rectores de su gestión: el interés superior del niño, su derecho a ser oído, la igualdad y no discriminación arbitraria, la autonomía progresiva y el derecho y deber preferente de los padres de educar a sus hijos.

El tono trasgresor de la composición de Jaco Sánchez, su llamado a “saltarse todos los torniquetes”, y su cuestionamiento a la moral que los padres quieran transmitir a sus hijos se contradice abiertamente con el último de dichos principios, esto es, el deber preferente de los padres de educar a sus hijos.

Ese derecho-deber de los padres tiene su antecedente en el preámbulo de la Convención de los Derechos del Niño, que reconoce que, para lograr un desarrollo pleno y armonioso, los menores deben crecer “en el seno de la familia, en un ambiente de felicidad, amor y comprensión”, y que deben ser educados “en un espíritu de paz, dignidad, tolerancia, libertad, igualdad y solidaridad”. Y ello es así, porque es evidente que “el niño, por su falta de madurez física y mental, necesita protección y cuidados especiales, incluso la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento“.

Cuánta falta le hace a nuestra sociedad reconocer que sólo en un ambiente inspirado por la paz, la dignidad, la tolerancia, la libertad, la igualdad, la solidaridad, y el amor, será posible entregarles a nuestros hijos un país en el que puedan ser más felices, y lograr en el mayor grado posible un crecimiento pleno, espiritual y material. Nada se contrapone más a esos principios que la violencia, la confrontación, la transgresión, que de una u otra forma proclama la cancioncilla esa.

Y quienes están llamados a formarlos en dichos principios son los padres: ese es el verdadero llamado de la naturaleza. Y así lo reconoce la Convención cuya ratificación por estos días se conmemora, al exigir al Estado respetar “las responsabilidades, los derechos y los deberes de los padres o, en su caso, de los miembros de la familia ampliada o de la comunidad, según establezca la costumbre local, […] de impartirle, en consonancia con la evolución de su facultades, dirección y orientación apropiadas para que el niño ejerza los derechos reconocidos en la presente Convención”. De este modo, el derecho y deber de educar a los hijos se radica originariamente en los padres, y es a éstos a quienes les corresponde guiar al niño en el ejercicio de su derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión. Es más: el Pacto de San José de Costa Rica reconoce el derecho de los padres a que sus hijos reciban la educación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones.

Es por ello que ese pequeño grupo humano integrado por padres e hijos, constituye el elemento natural y fundamental de la sociedad, como lo reconoce la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Cada cierto tiempo somos testigos de campañas como las que nos ocupan, o intentos legislativos que buscan inmiscuir al Estado en ese ámbito de la educación de los hijos que es privativo de los padres, y es altamente probable que en el proceso de redacción de la nueva constitución nos enfrentemos a intentos similares. Por eso, los ciudadanos y los constituyentes no deben olvidar que la nueva Constitución debe respetar los tratados internacionales que se encuentren ratificados por Chile y que se encuentren vigentes, como los que hemos citado precedentemente.

Porque la educación de los niños le corresponde a los padres, los padres ponemos la música.

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