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Publicado el 02 de mayo, 2020

Jorge Pumpin: Profesores y coronavirus

Presidente Movimiento Gremial Jorge Pumpin

El profesor piensa en sus alumnos, a quienes aún no ha conocido como realmente se conoce a las personas, mirándose directamente, sin pantallas entremedio, pasando la lista un par de veces para hacer lucir su talento de aprenderse los nombres de todos en tan sólo unas semanas de clases. Extraña la sala y el patio, la pizarra y el atril, pero por sobretodo la seguridad de mirar a los ojos a sus alumnos y saber que están aprendiendo.

Jorge Pumpin Presidente Movimiento Gremial

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Entrar a la reunión. Conectar sin vídeo. Silenciar el micrófono. Salir de la reunión. Diez minutos de descanso. Entrar a la reunión, repetir lo anterior varias veces al día y para qué decir en la semana. No es fácil que tu vida universitaria se haya convertido en esa rutina, sentado frente a una pantalla ocho horas diarias, lo que se hace aún más difícil cuando no cuentas con la mejor señal
de Internet, o cuando en tu casa no tienes un espacio con suficiente silencio que te permita “asistir a una clase”.

No es fácil y ellos lo saben. Lo saben y lo entienden perfectamente, porque también lo sienten. Incluso para ellos la dificultad es mayor. Forjados en el rigor de la pizarra y la tiza, empezaron poco a poco a ver cómo sus noches de estudio eran inútiles frente a las dificultades del PowerPoint. Expertos en la búsqueda y estudio del manual de biblioteca, más temprano que tarde se vieron indefensos ante la necesaria transformación del documento de Word a PDF. Con mucho esfuerzo fueron adquiriendo esas técnicas que la doctrina no reseñaba, buscando ayuda en colegas más jóvenes, en sus ayudantes, en sus hijos y por sobre todo en sus propios alumnos.

Cuando nuevamente por la mañana a nosotros nos llega el link para entrar a una nueva clase, ellos se prepararon para enfrentar la mayor dificultad que se les cruzará por sus vidas de docentes, las clases más complicadas de impartir no iban a darse en un salón de universidad, sino en una extraña aplicación de nombre Zoom. Habiendo pasado todo el día anterior preparando el PowerPoint que los directivos ordenaron, nunca pensó en aquellos detalles estéticos, ya que lo preparó con la mayor dedicación posible sabiendo que dicha invención nunca sería superior a plasmar el conocimiento que quería entregar en una pizarra. Luego de leer con mucha detención el instructivo de Zoom, a pesar de haber leído bibliografías enteras de los más diversos autores, lo encontró complejo. Creó una reunión, se hizo anfitrión, empezó a hablarles a sus alumnos con el micrófono silenciado, se le desconectó un par de veces la sesión y se demoró minutos en poder compartir pantalla. Aunque se frustró, sabía que la próxima clase lo podía hacer mejor.

En ese esfuerzo gigante que difícilmente se puede equiparar a algún otro en sus décadas de docencia, entiende la molestia de sus alumnos, se siente culpable por no poder hacer la clase de Cálculo que lleva haciendo tantas décadas, de no poder explicar la teoría de la Contabilidad de la misma manera en que se la explicó a los hermanos o incluso padres, de quienes hoy son sus alumnos. Pensando en todo eso, piensa en sus alumnos, a quienes aún no ha conocido como realmente se conoce a las personas, mirándose directamente, sin pantallas entremedio, pasando la lista un par de veces para hacer lucir su talento de aprenderse los nombres de todos en tan sólo unas semanas de clases, extraña la sala y el patio, la pizarra y el atril, pero por sobretodo la seguridad de mirar a los ojos a sus alumnos y saber que están aprendiendo.

El COVID 19 nos cambió drásticamente toda nuestra vida universitaria, obligandonos a acostumbrarnos a las nuevas modalidades y algunos, con todas esas exigencias, les reclaman “legítimamente” a los profesores para que se adapten rápidamente a las circunstancias. Pero al otro lado de la sesión, él o ella con varios años en sus hombros, con una larga experiencia y amor por la docencia, desea que, para sus alumnos, el Zoom, el silenciar el  micrófono, el compartir pantalla y el coronavirus sean menos duros de lo que son con él.

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