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Publicado el 9 octubre, 2020

Jorge Martínez: ¿Una extravagancia legislativa? Los neuroderechos

Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú) Jorge Martínez

Quieren convencernos de que pegándonos un electrodo en la testa es posible saber lo que estamos pensando, lo que recordamos y lo que sentimos. El punto de partida es una hipótesis tan atractiva como insostenible: el cerebro es una computadora.

Jorge Martínez Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú)
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Una iniciativa legislativa impulsada por el senador Guido Girardi, en estrecho contacto con el Dr. Rafael Yuste, director del proyecto BRAIN (me referiré a él más abajo), se propone presentar un proyecto de ley relativo a los neuroderechos. Éstos serían un nuevo derecho humano, y además se trataría de algo novedoso a nivel mundial. El proyecto cuenta con el apoyo de la Universidad Católica, aunque no está claro si el Centro de Bioética de esa universidad avala esta idea en su totalidad.

La definición de los neuroderechos es un asunto bastante complicado, pero en principio ellos tendrían que ver con la protección de la identidad y la privacidad de las personas. En un futuro que ya tiene poco de tal, podríamos ver invadida nuestra intimidad más honda puesto que estaría en juego el conocimiento, por medios tecnológicos, de nuestras ideas, emociones, sentimientos y recuerdos. El examen exhaustivo del cerebro podría poner a la luz quiénes somos en realidad, y de ahí la necesidad de un resguardo jurídico frente a ese posible fisgoneo tecnológico. Todo esto tendría que ver con una “neuroética”, rama de la ética que ya existe, pero que ha tenido interesantes reconfiguraciones desde la primera vez en que apareció el término en 2003. ¿Por qué uno de los Centros de Bioética más importantes de Chile, como el de la UC, podría tener algún tipo de reparo frente a esto? Por lo que sigue a continuación, y ruego se me permita un breve repaso histórico del asunto.

Muchos recordarán que el Proyecto Genoma Humano (1993-2003) generó enormes expectativas en cuanto a que el mapeo del genoma nos iba a permitir descifrar el código de la naturaleza humana, y que una vez hecho esto íbamos a conocer los factores de nuestra condición física y de nuestra personalidad, con las consiguientes posibilidades de intervenir en ella. Sin embargo, muy pronto esta peligrosa fantasía comenzó a derrumbarse con los avances de la embriología, de la biología molecular y especialmente con la irrupción del paradigma epigenético. Este último es un golpe muy duro al determinismo genético, ya que toma en cuenta factores externos que tienen un papel fundamental en la dinámica interna de los genes. No todo depende de ellos. Quedó en evidencia, aunque no se hizo mucha divulgación de esto, que la ambición inicial era un desvarío que había costado una fortuna.

Es fácil comprobar que ya prácticamente no se habla del “gen de la inteligencia”, o el “gen de la sociabilidad”, o de genes asociados a capacidades, por ejemplo. Por cierto, el proyecto no fue un fracaso absoluto, ya que los descubrimientos fueron de una notable ayuda en el tratamiento de algunas enfermedades. Lo que sí quedó lo suficientemente claro fue que la ambición que inspiró el proyecto quedó reducida prácticamente a la nada, y que sus efectos colaterales fueron los que terminaron aportando algunas tímidas justificaciones a las fortunas que se gastaron en él. Y como para que el fracaso no fuera demasiado evidente, nació otro proyecto, mucho más modesto, pero centrado en recuperar y sobre todo moderar las exorbitantes expectativas del proyecto inicial. Ese proyecto moderador nació en 2003, justo el año de finalización del Proyecto Genoma Humano, y estuvo patrocinado por el NHGRI (National Human Genome Research Institute), de EE.UU., y se llamó ENCODE (acrónimo de Encyclopedia of DNA Elements).

Ahora bien, como el diablo no podía dejar de entrometerse, lo hizo por la vía de la política, que es probablemente donde se siente más en familia. Así entonces, el presidente Obama impulsó la Brain Initiative y la dotó con U$S 1.190.000.000. Paralelamente, y es adonde quiero llegar con esta breve crónica, apareció BRAIN (Brain Research through Advancing Innovative Neurotechnologies), generosamente financiado y con una duración de 10 años (2013-2023). A la cabeza (no podía ser de otra forma) de BRAIN está el Dr. Rafael Yuste, de la Universidad de Columbia, quien ha logrado interesar en esto a nuestro Honorable nombrado más arriba y a la UC, siempre ávida de innovaciones que le permitan medirse con sus inmediatos contendientes, y así impulsar la idea de que la academia debiera ser un lugar de torneos.

La idea del proyecto BRAIN es revolucionar el conocimiento del cerebro e intentar hacer aquí lo que fracasó en el Proyecto Genoma Humano. No es de buenos perdedores darse por vencidos tan fácilmente, por más que sus expectativas han sido calificadas por algunos como “pseudocientíficas”. El Dr. Yuste desea convencernos de que, pegándonos un electrodo en la testa, podría enterarse de lo que estamos pensando, lo que recordamos y lo que sentimos. El punto de partida es una hipótesis tan atractiva como insostenible: el cerebro es una computadora. La revolución cognitiva, todavía suscrita por algunos científicos, sostiene que la mente es lo mismo que un sistema de procesamiento de información, y que sus funciones están en una directa dependencia de las estructuras neuronales. Esto equivale a decir que todos los actos mentales (pensamientos, recuerdos, etc.) son causados por su soporte biológico, y, por eso no hay mayor dificultad en considerar al cerebro humano como la versión biológica de una super computadora, o bien a una supercomputadora como la versión artificial de una estructura biológica.

Como nunca falta un aguafiestas, ahora está siendo reflotado un libro de Raymond Tallis, donde se nos dice por qué la mente no es una computadora, y que podríamos estar inmersos en el sueño de una “neuromitología” (Why the Mind is not a Computer: A Pocket Lexicon of Neuromythology. Exeter: 2004). La idea de Tallis, que pone al descubierto una falacia descomunal en buena parte de las ciencias cognitivas, no es tan difícil de entender y es de una lógica aplastante. Tallis desactiva el mito mente=computadora señalando, entre otras razones, que las funciones computacionales, por complejas que sean, sólo se ejecutan en conjunción con las personas que las utilizan. Es decir, si Ud. ni siquiera prende la computadora, le será un trasto tan inútil como una lata de cerveza vacía aplastada por un automóvil. El aparato no sirve para nada fuera de un contexto de utilización que depende del usuario; no hace nada por sí mismo, a diferencia de su dueño. No hay, diríamos, propiedades funcionales inherentes al artefacto que les otorguen autonomía. Y en esto, una supercomputadora en poco difiere de un bolígrafo o un martillo, que no escriben ni golpean por sí mismos. En todo caso, la hipótesis que desea considerar a la mente como una supercomputadora parte de la base de que la primera es, ante todo, una solucionadora de problemas. Sin embargo, para que exista la solución de un problema, se requiere que éste sea especificado, es decir, enunciado, pero la enunciación de un problema depende de una actividad mental inimitable por la supercomputadora. Ella puede solucionarle a Ud. los problemas, pero no puede plantearlos.

Todas estas cosas no son respondidas por el Dr. Yuste, quien desea “vender” una idea errónea. Y por supuesto, como siempre hay público dispuesto a comprar malas ideas, quién mejor que el Honorable citado más arriba, cuyo nombre es imposible no asociar, casi infaliblemente, con el lado equivocado de los debates.

Hay mejores formas de proteger la privacidad sin necesidad de liarse con proyectos pseudocientíficos de inciertos resultados. Claro, a menos que se quiera ser muy original e “innovador”, una tentación que es muy difícil resistir cuando se está en algún cargo directivo.

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