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Publicado el 25 diciembre, 2020

Jorge Martínez: Sentimentalismos mortíferos

Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú) Jorge Martínez

Ahora, en este mes de diciembre de 2020 y en medio de una pandemia que nos hace aferrarnos a la vida casi con la desesperación de náufragos a una balsa, se aprobó legislar sobre la eutanasia, también cuidando de no llamarla por su nombre sino suavizando aún más el eufemismo originario con la expresión “muerte digna”.

Jorge Martínez Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú)
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Hacia finales del 2017 se legalizó en Chile el aborto en tres casos, siempre con el cuidado de no llamarlo por su nombre, sino empleando el eufemismo, desafortunado por otra parte, de “interrupción voluntaria del embarazo”. “Interrumpir”, como su etimología lo indica, es hacer cesar un proceso momentáneamente, con la posibilidad de reanudarlo después. El aborto en cambio implica una detención irreversible. No puede haber, estrictamente hablando, una “interrupción” del embarazo. Ahora, en este mes de diciembre de 2020 y en medio de una pandemia que nos hace aferrarnos a la vida casi con la desesperación de náufragos a una balsa, se aprobó legislar sobre la eutanasia, también cuidando de no llamarla por su nombre sino suavizando aún más el eufemismo originario con la expresión “muerte digna”. Cuando la realidad se muestra con tanta crudeza, parece que revestirla con otros términos esmerila sus bordes más cortantes. En su magnífico libro Locos, impostores, agitadores. Los pensadores de la nueva izquierda, reseñado hace poco en El Líbero por este cronista, Roger Scruton ha llamado “neolengua” a estas deformaciones semánticas de la verdad.

Pero no es a esta “neolengua” a la que deseo referirme ahora, sino a un particular modo de presentar los motivos por los cuales tanto el aborto como la eutanasia son prácticas que deben ser legalizadas según algunos. Estas estrategias retóricas para persuadir o intentar justificar la justicia de ciertas normativas éticamente complejas, estrictamente hablando no se han fundado en razones, sino en sentimientos. En ambos casos, aborto y eutanasia, la voz cantante la han llevado los sentimientos, especialmente la compasión. El simulacro de debate parlamentario relativo a estos asuntos ha sido aterradoramente mediocre; allí la razón no ha tenido papel alguno frente a la posición sentimentalista de quienes promueven ideas homicidas supuestamente cauteladas por la idoneidad médica. Sin embargo, si bien toda razón para hacer algo es un motivo, no todo motivo es una razón.

No pretendo negar la importancia de los sentimientos como disparadores de una decisión éticamente relevante. En ese sentido, la compasión es la que aparece con mayor fuerza. ¿Por qué razón sería éticamente inaceptable dar muerte a una persona que así lo pide porque sus sufrimientos son intolerables? Pues bien, la respuesta a esta pregunta no debiera ser: por compasión. Si así fuera, nos deslizaríamos muy peligrosamente en la pendiente resbaladiza de las vidas indignas de ser vividas. ¿Podemos admitir ese concepto en una sociedad libre? De hecho, ese es el título de un libro publicado en Leipzig en 1922 que sirvió de base conceptual para la biopolítica nazi (Karl Binding y Alfred Hoche: Die Freigabe der Vernichtung Lebensunwerten Lebens, algo así como “La permisión de destruir la vida indigna de ser vivida”). Y esto, sin mencionar el hecho de que deberíamos hallar un argumento que justifique que está bien matar a una persona inocente. Pero si está bien matar a un inocente, ¿cómo podríamos oponernos a la pena de muerte?

Aristóteles ya había advertido la importancia de los sentimientos en la vida moral, y precisamente, dada su relevancia, propuso una reflexión en profundidad sobre ellos, educarlos e integrarlos en la razón, quien debía tener la última palabra. A este proyecto lo llamó “Ética”. Y así, descubrimos que los sentimientos también deben ser objeto de una formación, de un cuidado pedagógico. En su estado puro, los sentimientos son uno de los modos de relacionarnos con el mundo, pero así como aprendemos a hablar en vez de quedarnos en monosílabos que sólo expresan emociones básicas, también debemos aprender a sentir del modo más humanamente pleno. Puede que muchas veces estemos sufriendo por las causas erradas, en el momento equivocado y con una intensidad inapropiada. Vale lo mismo con la compasión. ¿Cuán racional es la compasión con la que justificamos el aborto y la eutanasia? Insisto, no estoy diciendo que no deba haber sentimientos; sólo quisiera que sean los correctos y que podamos ofrecer razones como motivos de nuestros actos. Matar a una persona inocente porque sufre, y porque nos da lástima ser testigos de su sufrimiento, no es una razón.

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