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Publicado el 05 de enero, 2019

Jorge Martínez: Identidades criminales y prácticas violentas

Académico UC Jorge Martínez

No todas las ideas han de respetarse, y es preciso que la singular malignidad de algunas de ellas sea denunciada abiertamente. “Respetar” significa, etimológicamente, mirar hacia atrás. No obstante, no hay ninguna razón para volver a mirar ideas que se pretenden políticas, pero cuyo sustento es el odio y la enemistad con el mismo género humano.

Jorge Martínez Académico UC
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La reciente violencia desatada en la Araucanía no es ajena, en líneas generales y guardando algunas proporciones, a ciertos hechos que también se viven en otras regiones del mundo. La característica común de ellos es que no parecen poder enfrentarse satisfactoriamente con las categorías políticas clásicas o modernas de los derechos, de la democracia, o de las libertades. ¿Cómo conciliar los valores de la vida republicana, o el respeto de la diversidad cultural, con las medidas de seguridad extremas? ¿Cómo armonizar nuestras ideas sobre los derechos con acciones que parecen ir precisamente en contra de esos mismos derechos? ¿No hay aquí una grave contradicción frente a la cual los gobiernos prefieren ocultar su perplejidad detrás de una retórica anodina?

La menor acción reactiva por parte de los gobiernos, aun cuando se inscriba dentro de los estrictos márgenes de la legalidad y el derecho, es leída como un avasallamiento totalitario.

Es posible que el lenguaje y la semántica en que se mueven las respuestas frente a una realidad que se ha vuelto incontrolable no sean los apropiados. Es probable que la situación sea enteramente novedosa y que se esté cometiendo un serio error de análisis, con el inevitable colofón de estrategias prácticas más equivocadas aún. La violencia contemporánea, contrabandeada bajo la falsificada sacralidad de la reivindicación, es la punta del iceberg de una matriz sociopolítica completamente novedosa frente a la cual nos hemos quedado en una intemperie hermenéutica. La razón política de esta modernidad que vivimos exhibe su impúdica desnudez conceptual frente a escenarios que la desbordan. Así, la menor acción reactiva por parte de los gobiernos, aun cuando se inscriba dentro de los estrictos márgenes de la legalidad y el derecho, es leída como un avasallamiento totalitario, precisamente porque tales acciones gubernamentales proceden de otro plexo histórico que poco y nada tiene que ver con el nuevo contexto. La insondable vileza del marxismo contemporáneo, por ejemplo, que tendría mucho que confesar en las actuales circunstancias, pretende respeto argumentando que después de todo anhelamos un mundo donde la libertad de pensamiento sea una realidad. Pero la justa y proporcionada represión de la criminalidad identitaria promovida por ese mismo marxismo es motivo de escándalo público, incluso por parte de quienes tienen la responsabilidad de promover la paz social.

Frente a estas prácticas identitarias criminales, nuestros órdenes jurídico-normativos exhiben su radical obsolescencia.

¿Cuál es entonces una de las notas esenciales de la violencia contemporánea? Las prácticas identitarias. Ellas se jactan de una vocación criminal, ajena a todo sentido de la trascendencia de la vida. Algún quiebre, alguna ruptura importante ha de haberse producido en la intuición, no necesariamente explícita, de que los seres humanos estamos orientados a fines comunes superiores, que incluso tuvieron la capacidad de hacer convivir pacíficamente a culturas diferentes durante siglos. No ignoramos el avance aparentemente incontenible de la secularización, pero no conocíamos su reconversión en prácticas identitarias que se autoafirman en la eliminación de las otras. Se trata de discursos de pertenencias de cualquier índole (étnicas, deportivas, sexuales, etc.) en las que late una pulsión de muerte originada en sus naturalezas absolutistas, cerradas sobre sí mismas, unilaterales, ciegas a cualquier apertura trascendente y devotas de unos dioses sedientos de sangre. ¿Ejemplos? Veamos. Los mapuches ideologizados no conciben su proyecto de vida sin la destrucción de las vidas y propiedades de otros. El simpatizante de River Plate, si pudiera, sencillamente mataría al equipo rival completo, como se vio en la reciente final de la copa Libertadores que debió jugarse en tierra de los conquistadores (también el fanático de Boca Juniors intentó hacerlo hace unos años, arrojando gas pimienta en la manga por donde debía salir su rival camino al campo de juego). Las hiperfeministas no conciben sus reclamos sin el aborto incluido, como recientemente ha sucedido en las mesas de diálogo de la Universidad Católica.

Frente a estas prácticas identitarias criminales, nuestros órdenes jurídico-normativos, nuestras ideas del Estado, o nuestra concepción de las libertades, al ser deudoras de una luz semejante a la de esas estrellas que ya no existen, pero cuya irradiación aún no ha cesado de viajar por el espacio-tiempo, exhiben su radical obsolescencia. Los gobiernos se obstinan en interpretar una situación completamente novedosa con instrumentos conceptuales fosilizados, o por lo menos ineficaces y carentes de valor persuasivo, nacidos en otros contextos históricos. Estos instrumentos teórico-prácticos, a la postre, se vuelven contra los mismos gobiernos en un efecto búmeran, amplificado por los medios y por la tribuna mundial de redes e Internet, cuyo valor de auxiliares de la historia transmuta rápidamente al de coautores de la historia, en ominosa complicidad con aquellas identidades asesinas. Ciertamente, las consecuencias de los actos terroristas o de afirmación de prácticas identitarias criminales, serían mínimas sin el efecto multiplicador de los medios y de Internet. Pero, una vez más, aparece aquí el nudo gordiano de la situación contemporánea: ¿cómo conciliar el derecho a la información con la necesidad de que el terrorismo en cualquiera de sus expresiones no tenga en los medios e Internet a su casi único aliado?

No todas las ideas han de respetarse, y es preciso que la singular malignidad de algunas de ellas sea denunciada abiertamente.

No controlamos todos los hilos de la historia; nuestra libertad no se extiende tampoco al rumbo que tomará el imprevisible entrecruzamiento de todas las decisiones individuales. Ni siquiera está en nuestras manos decidir cuál de las cosas que hacemos, o que hacen los gobiernos, terminará en tal o cual consecuencia. Esto, con todo, no es una excusa para la parálisis, para la falta de valentía, para el cálculo mezquino frente a una hora difícil. Es el momento de pensar, sí, pero también de actuar con determinación y verdadera responsabilidad. Si bien la intrínseca dignidad de las personas es merecedora del más cuidadoso respeto, esa dignidad no es inercialmente endosable a las ideas. No todas las ideas han de respetarse, y es preciso que la singular malignidad de algunas de ellas sea denunciada abiertamente. “Respetar” significa, etimológicamente, mirar hacia atrás. No obstante, no hay ninguna razón para volver a mirar ideas que se pretenden políticas, pero cuyo sustento es el odio y la enemistad con el mismo género humano. Una de esas ideas, si no la principal, es la del marxismo reconvertido en las teorías de Laclau-Mouffe en su libro Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, donde se deshacen del marxismo esclerosado como lucha de clases y proponen conservar lo esencial de esa ideología: el concepto del pólemos, es decir, de la lucha y el conflicto.

Con todo, nuestras viejas y tal vez ineficaces ideas jurídico-políticas provenientes de la primera modernidad, es decir, aquellas que aún habitan en nuestras leyes, en nuestros códigos y constituciones, están esperando para que las utilicemos una última vez. Mientras tanto, no debemos renunciar a la tarea de pensar en un nuevo arsenal de conceptos que reintroduzca la fuerza de la vida y la belleza del bien común, y no el huracán de muerte, de desolación y de odio traficado por las reconfiguraciones del marxismo.

 

FOTO: HANS SCOTT / AGENCIAUNO

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