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Publicado el 11 de marzo, 2019

Jorge Martínez: Hannah Arendt y Venezuela

Académico UC Jorge Martínez

Es una grave obligación de la comunidad internacional advertir al régimen venezolano que no le asiste el derecho de ejercer su soberanía mediante políticas que, más temprano que tarde, terminan pagando sus vecinos.

Jorge Martínez Académico UC
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En Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt recuerda las etapas principales en el desarrollo del nazismo antes de llegar a la “solución final”. Esas etapas dan cuenta de la radicalización paulatina de un cuerpo jurídico destinado a legalizar la segregación de judíos y gitanos, su exclusión de los derechos civiles y políticos, y posteriormente de la vida misma. El Estado nazi alcanzó así la configuración de un estado criminal. En la primera de esas etapas, sostiene Arendt, los demás estados podrían poner algún reparo. No obstante, por tratarse de asuntos que sólo concernían a su política interna, Alemania no hacía otra cosa que ejercer su derecho soberano. Ya hacia el final, cuando no quedaba más opción a los judíos que emigrar masivamente, entonces sí era la ocasión para las demás naciones de alzar la voz contra el ejercicio de aquella particular soberanía. Francia, por ejemplo, no tenía por qué pagar la cuenta de la política interna alemana, pues ello implicaba acoger en su territorio a masas gigantescas de emigrados que buscaban un nuevo comienzo y para quienes los recursos franceses eran muy escasos. En cierta forma, el ejercicio de una soberanía criminal como la de Alemania implicaba una intervención en la soberanía de los demás estados al forzarlos a hacerse cargo de una población que ella no quería en su propio territorio, y de la cual se liberaba como si se tratase de chatarra humana en un terreno ajeno.

Si el desenlace no hubiera sido tan desgarrador, sería imposible retener la hilaridad que provocan, aún hoy, los patéticos discursos de Hitler o Mussolini, del mismo modo que cuesta tanto, por respeto a las víctimas, no reírse cuando se oyen algunas afirmaciones del dictador venezolano.

La Venezuela de Maduro no es de iure un estado criminal. Probablemente sea cierto que no hay allí una hambruna generalizada, como dijo un especialista en CNN Chile hace muy poco. También es verdad que su Constitución no es segregatoria respecto de ningún grupo étnico, ni se discrimina, al menos oficialmente, por credo, opinión política, etc., sino todo lo contrario. En el Preámbulo de su Constitución se habla de una sociedad democrática, multiétnica y pluricultural. En el art. 2 se menciona el compromiso con los derechos humanos y el pluralismo político.

Lo que aquí está peligrosamente en juego es, nada más y nada menos, que la dignidad humana, es decir, la última frontera de la legitimidad política.

Pero cuando la OEA informa que a fin de 2019 unos cinco millones de venezolanos, es decir, algo más del 15% de su población, se habrán vistos obligados a emigrar, podemos pensar que, en el ejercicio de su soberanía, Venezuela es un estado criminal de facto que está forzando a los demás países a pagar la cuenta de sus propias atrocidades. El irresponsable ejercicio de una soberanía a la cual no le preocupa el porvenir de millones de personas, simplemente porque no comparten una ideología tóxica y obsoleta que ha fracasado en todo el mundo, tiene un muy preocupante aire de familia con el desprecio alemán por la dignidad humana en aquellos años sórdidos. Probablemente tampoco es casual la semejanza del aspecto caricatural, hasta cómico, de quienes lideraron y lideran hoy esta antipolítica socialista, más amiga de la muerte que de la vida. El líder totalitario, por creerse a sí mismo un salvador designado por un misterioso veredicto de la historia o del destino, sólo dialoga consigo mismo o con su pequeño círculo de aduladores, acaso más interesados en sus propias prebendas que en la construcción del paraíso prometido. Si el desenlace no hubiera sido tan desgarrador, sería imposible retener la hilaridad que provocan, aún hoy, los patéticos discursos de Hitler o Mussolini, del mismo modo que cuesta tanto, por respeto a las víctimas, no reírse cuando se oyen algunas afirmaciones del dictador venezolano. Este es el costado de insufrible trivialidad, de insoportable liviandad en la infinita vileza del régimen totalitario, ya señalado también por Arendt en el subtítulo mismo de Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal.

Es entonces una grave obligación de la comunidad internacional advertir al régimen venezolano que no le asiste el derecho de ejercer su soberanía mediante políticas que, más temprano que tarde, terminan pagando sus vecinos. Lo que aquí está peligrosamente en juego es, nada más y nada menos, que la dignidad humana, es decir, la última frontera de la legitimidad política. Traspasado ese límite, sólo hay tierra arrasada, muerte y desolación.

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