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Publicado el 8 diciembre, 2020

Jorge Martínez: El 10 ha muerto, ¡viva el 10!

Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú) Jorge Martínez

¿Podría hacerse un diagnóstico de la sociedad argentina a partir de lo que pasó con su muerte y funeral? Tal vez eso sea un tanto pretencioso y excesivamente generalizador, pero no deja de ser preocupante que ciertas cosas sí hayan efectivamente sucedido.

 

Jorge Martínez Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú)
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No es que vivamos pensando todo el día en que nos vamos a morir, pero hay algunos que se creen más inmortales que otros, y finalmente resulta que lo son menos. Lo que ha pasado en Argentina con la muerte de Diego Armando Maradona, alguien que aparentemente suponía que su residencia en la tierra no tenía fecha de caducidad, es algo que merece una reflexión. Tanto por el personaje como por lo que su país hizo con él.

En la jerga futbolera, suele llamarse un “muerto” a uno que no la ve pasar ni por casualidad, a un pésimo jugador, y este no es el caso de Maradona ciertamente. El problema, sin embargo, es que a los argentinos les cuesta mucho pasar de la alegoría a la dura realidad, y por eso Maradona jamás alcanzará el estatuto de cadáver. Llama mucho la atención que la totalidad del periodismo argentino sienta una especie de veneración ciega por su persona, y que cualquier intento de oponerse a su discutible ejemplaridad sea visto como una herejía pasible de las peores condenas sociales. El equipo argentino de rugby, Los Pumas, por ejemplo, ha sido duramente criticado por su “tibio” homenaje al fallecido, cuando sus rivales, los poderosos All Blacks, en el último partido, ofrendaron a Los Pumas una camiseta con el número 10 y el nombre del ilustre difunto. Hasta tanto llegó la “ofensa” a la patria por parte de los rugbiers argentinos que, como no podían ser sancionados porque hasta ahora no hay leyes que regulen lo que uno debe sentir o no sentir, alguien se tomó el trabajo de “descubrir” que tres de ellos, el capitán incluido, habían tuiteado opiniones racistas y prejuiciosas contra algunos rivales hace diez años, cuando eran adolescentes, y después se olvidaron de borrarlas (“grasas”, “mucamas, “negros” y un par más).

De cualquier forma, y para volver a nuestro asunto, tal vez lo importante en esto no es detenerse en la persona del ídolo fallecido, de quien ya se ha dicho todo lo que podía decirse. Y esto, ciertamente, no es mucho. Su exuberante personalidad, si uno mira bien las cosas, en el fondo no da para demasiadas reflexiones. ¿Qué más podría añadirse más allá del clásico binomio “habilidoso profesional – persona no ejemplar”? A lo sumo podrán enfatizarse o matizarse alguno de estos dos aspectos, pero ¿qué podría decirse de novedoso? Sobre la espectacularidad de su figura deportiva ya ha sido todo dicho, aunque es de lamentar que una de las “hazañas” más recordadas sea una trampa en un partido contra los ingleses. Sobre las extravagancias e incoherencias de su vida privada tampoco hay mucho que agregar. Respecto de esto último, de nada sirve la insistencia machacona en su deseo de una vida privada, porque de hecho lo que consiguió fue una vida privada de sensatez, privada de cordura y privada de compasión probablemente. De esto último podrían dar testimonio los hijos que vivieron durante años con la negativa de su padre a reconocerlos, y declarando públicamente: “Mis únicos hijos son Dalma y Giannina. Los demás son hijos del dinero o de las equivocaciones”. O algunas de sus parejas que fueron víctimas de más de una golpiza suficientemente documentada, aunque pasadas en silencio por los colectivos feministas.

¿Podría hacerse un diagnóstico de la sociedad argentina a partir de lo que pasó con su muerte y funeral? Tal vez eso sea un tanto pretencioso y excesivamente generalizador, pero no deja de ser preocupante que ciertas cosas sí hayan efectivamente sucedido.

Uno se pregunta qué tienen en la cabeza varias personas (vaya casualidad, Maradona había sido operado de la cabeza unos días antes). Entre ellos, los empleados de una funeraria que se toman fotografías junto al cadáver como si fuera una pieza de caza mayor. Por supuesto, siempre está el recurso de declarar a los cuatro vientos, abogados de por medio, su arrepentimiento, sus juramentos de respeto por la familia del “cliente” y tantas otras cosas más. O qué tiene en la cabeza el Presidente, que ofrece la Casa de Gobierno como salón velatorio, decreta tres días de duelo nacional y después se queja del vandalismo cometido por las masas enardecidas en un recinto que nunca, jamás, debiera ser mancillado. Uno se pregunta qué tiene en la cabeza la actual vicepresidente de iure (que no de facto, por cierto) cuando ordena cerrar las puertas de la Casa Rosada (¿con qué autoridad?) para que ella pueda derramar su lagrimita a solas, sin la proximidad de “ésos”, a los que no tan en el fondo de su corazón desprecia, y que quieren entrar a toda costa para testimoniar su adoración al dios caído. Uno se pregunta qué tienen en la cabeza los que organizan y posibilitan un funeral masivo en flagrante contravención a las normas que ellos mismo dictan para contener la propagación de una pandemia.

La única respuesta posible a estas preguntas tal vez debamos esperarla de algún lúcido compositor de tangos, aunque por cierto es muy difícil que pueda decir algo muy distinto a lo que el maestro Enrique Santos Discépolo había diagnosticado en “Cambalache”.

  1. Sergio Menares dice:

    Es típico de los ´´doble-cara´´ que hacen cosas buenas y eso – piensan ellos – les da el derecho de hacer cosas malas. Maradona era buen jugador de futbol y era un degenerado y viciado total. Una cosa anula la otra. Los fanáticos e inconsecuentes dicen : ´´las cosas malas ni cuentan´´. Nosotros tenemos un Pablo Neruda que hacia bellas poesias y era un pesimo padre y que violaba Trabajadoras en Cingapura. Mejor olvidarlos, pues no vale la pena recordarlos …

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