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Publicado el 01 de octubre, 2018

Jorge Martínez: Cortes Internacionales

Académico UC Jorge Martínez

Los criterios jurídicos de las Cortes Internacionales no responden a las expectativas del común de las personas más o menos versadas en el derecho.

Jorge Martínez Académico UC
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El pasado 11 de abril, a comienzos de la tarde, la Sra. Caroline Davidson realizó una exposición sobre Derecho Humanitario en dependencias de la Universidad Católica. No se trató de una instancia puramente académica, ya que la Sra. Davidson, graduada en Derecho con honores nada menos que en la Harvard Law School, expuso sobre sus propias experiencias como persecutora en la Corte Penal Internacional en el juicio por crímenes de lesa humanidad en la ex Yugoslavia. En un español impecable, fue exponiendo una por una las atrocidades cometidas por los militares serbios contra personas indefensas e inocentes. Se pudo ver las grabaciones de testimonios, especialmente las de los criminales. Uno de ellos expresaba, en la grabación, su profundo arrepentimiento y pedía perdón a sus víctimas. ¿Eran sinceros ese arrepentimiento y ese pedido de perdón? Sólo Dios lo sabe, pero a los fines estrictamente jurídicos, poco importa.

 

Casi no se ahorraron detalles de los horrores cometidos y, aunque el público tenía idea de lo que allí había sucedido, probablemente ni sospechaba la verdadera dimensión diabólica de los homicidios. No obstante, en medio de la presentación, la expositora preguntó al auditorio su opinión sobre la condena de 12 años de prisión aplicada a uno de los criminales. Espontáneamente, uno de los asistentes exclamó: “¡Es muy poco!” Esa opinión fue apoyada por casi todos los presentes, quienes seguramente esperaban una opinión semejante de la Sra. Davidson. Sólo 12 años. Pues bien, para sorpresa de todos, la ex persecutora no se refirió a eso, sino que sólo pareció limitarse a recoger la opinión del público.

 

Hasta aquí los hechos. ¿Qué lectura podríamos hacer de ellos? Probablemente dos. La primera se relaciona con una experiencia que se vivió de forma muy dolorosa durante el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, magistralmente relatado por Hannah Arendt. La grave pregunta, tal vez sin respuesta después del juicio de Nürenberg y del de Eichmann, es la siguiente: ¿cuál es la medida humana del castigo para un crimen que parece imposible sancionar? ¿Acaso la pena de muerte guarda alguna proporción con la matanza masiva de inocentes? ¿Qué hacer cuando se debe juzgar el asesinato de otros que ni siquiera pueden ser presentados como “enemigos”? Al menos en las dictaduras, a diferencia de los totalitarismos, hay dos bandos en pugna. Puede que la lucha sea horriblemente asimétrica, pero el más fuerte debe siempre excusar sus crímenes identificando al otro como un enemigo. En los totalitarismos o en las guerras raciales, eso no ocurre. No hay dos bandos que luchan; se trata simplemente de una decisión unilateral de masacrar al otro, de declarar unilateralmente que una nación entera o grupo de personas no merecen vivir sobre la faz de la tierra. Y cuando esto es llevado a una Corte Internacional, se entiende que los delitos de lesa humanidad son inconmensurables con las categorías usuales del derecho penal. En el fondo, da lo mismo si la pena es de 12 años o de muerte.

 

La segunda reflexión que cabría hacer es que los criterios jurídicos -de algún modo hay que llamarlos- de estas Cortes Internacionales no responden a las expectativas del común de las personas más o menos versadas en el derecho. Posiblemente el mensaje de la Sra. Davidson al público chileno fue de este tenor: “Señores, les estoy mostrando el modo como juzgamos, para que vean que estas instituciones internacionales se mueven con criterios muy distintos a los que Uds. están habituados. Moderen sus expectativas respecto de vuestro asunto con Bolivia, ya que, en ningún caso, y frente a la locura que parece haberse apoderado del mundo, una Corte Internacional juzgará que no se debe dialogar”.

 

Ciertamente, la Sra. Davidson dejó pensando a más de uno.

 

 

 

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