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Publicado el 20 de mayo, 2021

Jorge Martínez: Comunismo y buena sociedad

Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú) Jorge Martínez

Donde quiera que el comunismo es legal, no vacila en transformarse en una fuerza de choque, de disensiones, de agitación propagandística y psicológica. Donde haya comunismo habrá odio, violencia, perturbación de la paz social.

Jorge Martínez Profesor en la Universidad Católica San Pablo Arequipa (Perú)
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“Querido Karl: En vez de criticar tanto al capital deberías preocuparte por acumular un poco. Así no te verías obligado a pedírmelo cada semana.” Este es el fragmento de una carta de la madre de Karl Marx a su hijo, recordado por Paul Johnson en su libro Intelectuales, en el capítulo dedicado al pensador alemán, quien “jamás pisó una fábrica, un molino, una mina o cualquier establecimiento industrial”, al decir del prestigioso historiador británico.

Karl Jaspers escribió en la revista Der Monat un artículo titulado “Marx und Freud”, donde sostiene que “el estilo de los escritos de Marx no es el de un investigador. No cita ejemplos ni presenta hechos que contradigan su propia teoría, sino sólo aquellos que dan fundamento o confirman lo que él considera la verdad última. Presenta las teorías con la convicción no ya de un científico, sino de un creyente”.

Marx fue también un hombre violento, y mucho de ese furor se trasluce en sus escritos. Su trato con sus adversarios era de una bajeza indescriptible, donde el antisemitismo y el racismo son la nota constante. A Lasalle, por ejemplo, lo trataba de “negrito judío”, o “judío grasiento disfrazado con brillantina y joyería barata.” A Engels le escribió, respecto de Lasalle, que “ahora no tengo la menor duda de que, como señala la conformación de su cráneo y el nacimiento de su cabello, desciende de los negros que se unieron a Moisés en su huída de Egipto (a menos que su madre o su abuela paterna tuviera cruza con negro). Esta combinación de judío y alemán con un fondo negro tenía que generar un híbrido increíble.” Su correspondencia está plagada de perlas como ésta, que los marxistas harían bien en disimular.

Marx es también el pensador que está detrás del concepto sociológica y económicamente trasnochado de “clase trabajadora”. Y naturalmente, es el gran motor de uno de los engendros más políticamente venenosos que haya conocido el mundo: el Partido Comunista. Más allá de las discusiones que generó la Ley 8987 de Defensa Permanente de la Democracia, llamada “Ley maldita” por los comunistas debido a la proscripción de ese partido, el objetivo del partido único no ha sido abandonado. El carácter profundamente creyente de la vulgata comunista no es compatible con el politeísmo político propio de regímenes republicanos.

Es el caso no solamente del Partido Comunista (o cualquiera de sus expresiones inspirada en el marxismo-leninismo), sino también del nacionalsocialismo, o Partido Nazi. Y entonces, ¿por qué se proscribe al nazismo y no se hace lo mismo con el comunismo? Los fríos números nos indican que el comunismo mató, por lo menos, diez veces más seres humanos que el nazismo, con lo cual, la frialdad de esos números se transforma más bien en un frío que nos corre por la espalda. Entonces, ¿por qué el PC sí y el Partido Nacionalsocialista no? La respuesta es sencilla: porque uno de ellos, el Partido Comunista, estuvo del lado de los vencedores de la guerra.

Sin embargo, tanto el comunismo como el nazismo comparten una misma convicción de raíz gnóstica: una parte de la humanidad debe desaparecer de la faz de la tierra. Y esto porque un líder (Hitler, Stalin, Mao o Castro) se autoproclama el intérprete de unas supuestas leyes biológicas (nazismo) o históricas (comunismo) que decretan la inviabilidad de la vida humana de pueblos enteros o de grupos sociales cuando ellos contravienen los postulados de esas supuestas leyes. Está de más decir que ningún conocimiento humano ratifica tales normas biológicas o históricas, y mucho menos podría admitirse su traducción en sistemas políticos. Aparentemente ya estamos libres del nazismo, aunque no de todas sus reformulaciones destructivas en los diversos racismos y exaltaciones ideológicas de carácter étnico, ya se trate de la raza aria o del indigenismo. Pero no estamos libres del marxismo-leninismo.

Donde quiera que el comunismo es legal, no vacila en transformarse en una fuerza de choque, de disensiones, de agitación propagandística y psicológica. Donde haya comunismo habrá odio, violencia, perturbación de la paz social. Allí donde las ideas marxistas-leninistas encuentren un amparo legal, no vacilarán en poner en marcha sus más mortíferas tácticas bajo una máscara de defensa de los derechos humanos y de la democracia, justamente esas cosas que la ortodoxia dogmática de un Lenin, por ejemplo, consideraba como artimañas capitalistas.

Cuando se les señale alguna incoherencia práctica, argumentarán que el objetivo superior perseguido legitima eso que la mala conciencia burguesa les reprocha. ¿Cuál es ese objetivo superior? La sociedad comunista, acerca de cuyas características ni ellos mismos conocen algo, excepto generalidades del tipo “hombre nuevo” y otras semejantes, en nombre de las cuales está bien matar, mentir, destruir, odiar. Es posible que no sea buena idea reeditar aquella vieja Ley 8987, pero no es mala idea recordar de tanto en tanto los objetivos principales del marxismo-leninismo, y pedir a sus adherentes un solo ejemplo, apenas uno, donde esas ideas mortíferas hayan generado una buena sociedad.

El comunismo debe rechazarse. Debe reservársele el mismo tratamiento que recibe el nazismo pues su inspiración es, en última instancia, un profundo odio por la inextirpable policromía de lo político y, en definitiva, por la propia dignidad humana.

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