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Publicado el 27 de agosto, 2019

Jorge Martínez: Argentina: ¿Cómo no llorar por ti?

Académico UC Jorge Martínez

El error de Macri entonces, no siendo él ni radical ni peronista y por lo tanto con todo a favor, parece haber sido el de no haber cuidado ese necesario equilibrio de las puertas adentro y afuera, creyendo que la evidente visibilidad y espectacularidad de la obra pública era suficiente propaganda.

Jorge Martínez Académico UC
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Frente al sorprendente resultado de las últimas PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias) en Argentina, es oportuno intentar un par de reflexiones.

En primer lugar, no está de más recordar algunas líneas de El Príncipe, de Maquiavelo, precisamente hacia el final del capítulo 8, donde el secretario florentino recomienda a Lorenzo de Médicis hacer todas las maldades juntas (“buenas crueldades”, las llama) sin dilación, ya que la memoria política humana es de una sorprendente fragilidad y tiende a olvidar muy rápidamente los males infligidos desde el poder. Esta amnesia política es universal y Argentina no escapa a ella. Allí, muy pocos recuerdan el currículum de la Señora K, que, como han señalado alguna vez ciertos periodistas, más parece un prontuario. Cuando fue la ceremonia de asunción de Mauricio Macri en diciembre de 2015, el rey emérito Juan Carlos I de España, le aconsejó: “Haz lo que tengas que hacer ahora; no esperes porque si no, lo pagarás caro”. Pues bien, Macri optó por el gradualismo y ahí están las consecuencias.

En segundo lugar, invito al lector a ponerse en los zapatos del Sr. Rodríguez, ciudadano común de clase media de cualquier ciudad argentina. Cuando el Sr. Rodríguez sale de su casa en la mañana, encuentra un país transformado: cloacas, asfalto en calles que antes eran puro barro, mejores trenes, mejores aeropuertos, autopistas, mejores policías, lucha frontal contra el narcotráfico reflejada en el récord de droga incautada comparada con otros períodos presidenciales. El Sr. Rodríguez sabe también que en Vaca Muerta hay un fabuloso yacimiento de “shale gas”, o gas de esquistos, aparentemente inagotable y que comienza a atraer inversiones, a transformar el desierto donde fue descubierto, y a incrementar ya el 15% de la producción de gas. Tampoco ignora que la presidencia de Macri colocó a Argentina en el top ten mundial en inversión en energías renovables y que llevó al país de nuevo al mundo en una inolvidable reunión del G-20 en Buenos Aires a fines de noviembre de 2018. Es decir, de la puerta hacia afuera, el país es otro.

Pero cuando el Sr. Rodríguez vuelve por la noche -perspectiva de la puerta hacia adentro-, ve que no le alcanza el dinero, que no puede cambiar el celular o el plasma y que ya no puede venirse en enero a Viña, que el gas aumentó su precio, que la ropa es incomprable por lo cara. El Sr. Rodríguez va al supermercado y le parece que la inflación del mes no es del 2.5%, sino del 25%. Es decir, hay un desequilibrio fenomenal entre la magnitud de la obra pública (que, por ser de todos, él piensa que no es de nadie), y lo que pasa al interior de los hogares.

En el primer gobierno de Carlos Menem, ese equilibrio existió. Menem recibió un país incendiado por la proverbial incompetencia radical (los dos últimos presidentes de ese partido tuvieron que renunciar a sus cargos antes de finalizar sus respectivos períodos: Alfonsín y De la Rúa). Con Alfonsín se vivió la época de la hiperinflación, en donde las remarcaciones de precios se hacían dos veces por día. Menem acabó con la inflación mediante una estrategia que sólo podría figurar en algún manual de psiquiatría económica si existiera esa disciplina: fijar por ley la equivalencia uno a uno del peso con el dólar (en Argentina se llamó la “ley de convertibilidad”), lo cual en los hechos significaba que Argentina se desprendía del Banco Central. Locura o no, la inflación acabó y el Sr. Rodríguez, por una vez en su vida, estaba tranquilo y agradecido. Además de eso, la obra pública se disparó. La espera para contar con una línea telefónica podía llegar a 15 años; con Menem se redujo a una semana en el peor de los casos. La transformación económica y de obra pública fue extraordinaria. ¿Qué pasó después? Así como en el ADN radical es inextirpable su espíritu comiteril y de politiquerías baratas, en el del peronismo lo es su vocación de corrupción estructural.

En suma, el error de Macri entonces, no siendo él ni radical ni peronista y por lo tanto con todo a favor, parece haber sido el de no haber cuidado ese necesario equilibrio de las puertas adentro y afuera, creyendo que la evidente visibilidad y espectacularidad de la obra pública era suficiente propaganda. Vivimos, al igual que el título de un libro de Vargas Llosa, en La sociedad del espectáculo. Esto puede llevar a cometer el grave error de suponer que el éxito en la política está dado por su “visibilidad”, y que se deben ajustar los mecanismos de comunicación. “No hemos sabido comunicar”, es el mantra del marketing político hoy, pero es posible que las cosas sean muy distintas.

Algunos macristas bien intencionados esperan revertir el resultado, aun cuando una diferencia de 15% desde ahora a octubre sería una hazaña digna de figurar en las enciclopedias. En todo caso, hay una clase de personas al borde del infarto: los dueños de las encuestadoras.

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