La banalidad de la agresión rusa a Ucrania

Entre los aspectos poco analizados de la “operación militar especial” emprendida por Rusia para “desnazificar a Ucrania”, se encuentra el hecho de que dicha invasión no provocada tuvo entre sus plataformas al territorio de la vecina Bielorrusia. Inmediatamente antes se había realizado un ejercicio militar a gran escala, al estilo de aquellos “actuados” hasta 1990 por los ejércitos del Pacto de Varsovia que hoy -con las notables excepciones de las propias Rusia, Ucrania y Bielorussia- son partes de la OTAN. 

Como sabemos, a la caída del Muro de Berlín (noviembre de 1989) y a la “combustión espontánea” de la Unión Soviética (agosto-diciembre 1991) siguió una rápida “des-sovietización” de Europa del Este, a los efectos, la democratización de dicha región. Al menos desde 2014, Ucrania intenta seguir esa misma senda. Así, en los hechos, lo que la mentada “operación militar especial” rusa pretende es impedir que, adhiriendo a la Unión Europea, Ucrania opte por la consolidación de su democracia. Eso es lo que el régimen cleptocrático de Vladimir Putin llama la “des-nazificación de Ucrania”.

Para ello, violando el Derecho Internacional (Art. 4.4. de la Carta de Naciones Unidas) en febrero último los ejércitos rusos abusaron de la neutralidad de Bielorrusia, incurriendo en una acto que recuerda la violación de la neutralidad de Bélgica por parte del Imperio Alemán. Como sabemos, en el verano europeo de 1914, esa violación del Derecho Internacional terminó por catalizar la Primera Guerra Mundial (declaración de guerra del Reino Unido a Alemania).

Como Barbara Tuchman lo ha documentado en su clásico “Los Cañones de Agosto”, la violación de la neutralidad de los países del Benelux resultó de una larga cadena supuestos equivocados que, en definitiva, condujeron a un conflicto global que se cobró no menos de 40 millones de víctimas y causó la disolución de los imperios ruso, austro-húngaro y alemán. Junto con la ruina de la propias Rusia y Alemania, la guerra produjo profundas crisis político-sociales que facilitaron el ascenso del comunismo, del fascismo y del nazismo.  Enseguida, en apenas una generación, esos fenómenos condujeron al mundo a otro conflicto, y a otros 80 millones de víctimas.

Ex profeso el gobierno ruso ignora estas lecciones de la historia, disfrazando al proceso democratizador ucraniano de “nueva amenaza nazi venida desde occidente”.  Si bien se trata de un argumento esencialmente “banal” (en el sentido que, en su “Eichmann en Jerusalén”, Hanna Arendt otorga a ese término), para justificarlo el gobierno ruso oscila entre el victimismo (“la amenaza externa”) y el argumento racista, ergo, “la unificación de los “rusos-étnicos”. En la práctica esa expresión  refleja más bien a los ruso parlantes, pues, por herencia de la ingeniería social soviética, hoy por hoy muchos de los que se definen como “rusos étnicos” son en realidad personas que, en la nomenclatura étnica hispánica del siglo XVIII, se denominarían “mestizos” (en este caso de ascendencia rusa y tártaro, o ruso y tayiko, o ruso y osetio o mongol y/o un largo etc.). El relato oficial ruso omite el hecho de que Rusia, ergo la Federación Rusa, está conformada por 22 “repúblicas” y 46 regiones habitadas por millones de “rusos” que -como se indica- “genéticamente” no pertenecen a la “etnia rusa”.  

Se trata de “más que un detalle”. Está documentado que, comenzando por las milicias chechenas de Ramzan Kadyrov, en Ucrania los ejércitos rusos incluyen unidades integradas por “ruso no-étnicos”. Como dicen los Rolling Stones en su conocida “Sympathy for the Devil”, uno puede imaginarse a Vladimir Putin recitando: “I hope you get the nature of my game”. Perverso.

Rusia potencia de segundo orden

El arrollador avance que, a comienzos de septiembre, en el frente Noreste (región de Kharkov) ha practicado el Ejército Ucraniano es resultado de competencias estratégicas y tácticas que revelan un grado de preparación difícil de conseguir en apenas 6 meses de conflicto. La exitosa ofensiva ucraniana ilustra cómo, al menos desde la anexión de Crimea (2014), con asistencia occidental, Ucrania ha venido preparándose para el escenario catastrófico gatillado por Putin.

Es claro que la invasión rusa estaba en los cálculos del gobierno de Kiev y de sus aliados. “Dudas existenciales” del gobierno alemán de por medio, es evidente que desde hace tiempo los occidentales (principalmente el Reino Unido, Polonia, Chequia y los países bálticos) entendían que la “nueva Rusia” de Putin incluye un “anillo de seguridad” que, de paso y para privilegio de  la oligarquía rusa, debe incluir el usufructo de las extensas planicies agrícolas y las Zonas Económica Exclusivas ucranianas en el Mar de Asov y el Mar Negro. En el cálculo de los dictadores y sus adláteres no todo es “por la patria”.

No sorprende que Europa -ahora acompañada por una administración norteamericana que no oculta su aversión por Putin- desde el inicio del conflicto asegurara el apoyo económico y militar que el gobierno ucraniano requiere para oponerse al “plan de des-nazificación” ruso. La novedad en este ámbito lo constituye la “vuelta en U” de Alemania, cuyo gobierno socialdemócrata-verde ha renunciado definitivamente a transar gas y petróleo por la seguridad y la democracia en Europa del Este. Notable es que este cambio estructural haya sido liderado por los “postpacifistas” alemanes de izquierda.

Rusia no solo no ha logrado conquistar Ucrania, sino que ha catalizado la ampliación de la OTAN, y ha obligado a los occidentales a apostar por la definitiva democratización de Ucrania. Mientras la llegada de lo que Napoleón denominó “el General invierno” es inminente, el mando ruso sabe que en cuestión de semanas su “operación militar especial” enfrentará las dificultades del clima. Esto es grave si se considera que si Putin y su oligarquía están enfrentados a la realidad de fuerzas militares agobiadas por múltiples dificultades logísticas y una moral cada vez más debilitada, durante el invierno un adversario bien equipado y cada vez más motivado será más peligroso.

Rusia no ganará la guerra en Ucrania

Mientras poco a poco esta realidad va siendo conocida por la población rusa, el extremismo ultranacionalista comienza a expresar su incomodidad con Putin y su entorno. Esto, sin embargo, sin hacerse cargo de la evidencia que indica que las debilidades de los ejércitos rusos se deben, en parte sustancial, a problemas de construcción y mantenimiento de sus equipos. Ello, a su vez, es producto de la corrupción que impera en “el complejo militar-industrial”, esto es, la industria militar ahora controlada por contratistas de la oligarquía rusa.

Si bien es cierto que durante los sucesivos gobiernos de Putin (y de su muñeco ventrílocuo Dimitri Medvedev) se han invertido enormes sumas en la modernización de las fuerzas armadas, lo ocurrido en Ucrania demuestra que la mayor parte de esos recursos no se tradujeron en sistemas de armas equivalentes a los occidentales. Incluso, los modernizados tanques T72 y T80 se han mostrado blancos fáciles ante armas portátiles occidentales tales como los ya célebres misiles Javelin, NLAW o Carl Gustav que, en lo que va de conflicto, han destruido más de 3 mil blindados rusos.

Aunque -además de ese altísimo número de blindados destruidos- fuentes occidentales afirman que, en 6 meses de combates, Rusia ha perdido entre 70 mil y 80 mil soldados (muertos, heridos, desaparecidos o prisioneros), es improbable que Putin se arriesgue a pactar una salida negociada. Antes de eso, recurrirá a medidas desesperadas tales como el reclutamiento de prisioneros desde las cárceles rusas (en marcha) o, in extremis, a dictar la conscripción general. Esto, no obstante, corre el riesgo de gatillar la reacción de la población que, habida cuenta de la evidencia del bochorno del “bliztkrieg a la Putin”, probablemente se negará a enviar a sus hijos adolescentes al frente de batalla.

Con todo, Rusia aún cuenta con armamento y divisiones para continuar la guerra. Consciente de este hecho, Occidente ha redoblado su apoyo al gobierno ucraniano, entendiendo que, en definitiva, lo que está en juego es más que el cordón de seguridad que reclama Putin: Se trata de impedir que banalidad de la fuerza se imponga sobre los valores democráticos. En este plano es de la mayor importancia que Alemania -el gran motor de Europa- ya lo entiende así.

En perspectiva, incluso contando con la «comprensión» del gobierno chino, Putin no puede ganar la guerra en Ucrania. Es inevitable que, tarde o temprano, él y sus generales terminen agobiados esta realidad.

En ese escenario las preguntas esenciales siguen siendo las mismas que hace 6 meses: ¿Acudirá Putin a la amenaza nuclear? O ¿ Al igual que antes ocurrió con el régimen de los zares y la Unión Soviética, su régimen será víctima de la combustión espontánea propia de la política rusa?

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