La mayoría de nosotros deseamos volver a algún nivel de normalidad, ha sido una pandemia muy extendida y marcadamente letal. Es cierto que debemos mover la economía lo más posible, sino miles de familias sufren progresiva precariedad, más empresas de diversos tamaños enfrentan debilitamiento e incluso procesos de cierre o quiebra, y las arcas del Estado merman al recibir menos IVA e impuestos de distintos tipos. También está el impacto en los niveles de cansancio y salud mental de las personas. 

Puede sonar reduccionista, pero es que cuando se trata de la vida humana el análisis se me hace simple: una persona que fallece no se recupera de su fallecimiento, no vuelve, mientras que una persona que enfrenta deterioro de su salud mental puede recuperarse. En la misma lógica, un niño que pierde clases puede recuperarlas, un niño que se salta algunos contenidos de sus clases, o que no los asimila, probablemente pueda aprenderlos más adelante o incluso no necesitarlos jamás (así de obsoleta o desfasada con los tiempos está parte de nuestra educación).

Entonces, ¿cómo justificamos la presión por el regreso presencial a clases? Si se trata de la alimentación que muchos niños en cierta vulnerabilidad reciben en el colegio, entreguémosla por algún otro canal (juntas de vecinos por ejemplo). Si es que los padres (sobretodo madres, lamentablemente), deben retomar sus labores productivas de forma presencial, quizás vale la pena considerar cómo mejorarles su situación de alguna otra manera y cuestionar también cuan presencial requiere realmente ser su labor.

En definitiva, queda en evidencia que no poseemos como país ni como sociedad la capacidad de cambiar ritmos y métodos institucionales con velocidad, ante situaciones que se nos presentan. Nos hemos acostumbrado a que todo cambio institucional toma tiempo, a que las evoluciones deben ser muy graduales, pero las exigencias de este siglo XXI no esperan por nadie. Hemos tenido la oportunidad de modernizar todo nuestro sistema educativo, aprovechando la situación extrema a la que nos obligó la pandemia, de nivelar hacia arriba buena parte del acceso a educación de calidad dada la masiva adopción de medios remotos y virtuales. Pero en cambio, lo que parecemos desear ahora es volver a toda velocidad a lo mismo que había antes del Covid.

Si algo nos enseñó esta pandemia es que podemos repensar, podemos hacer funcionar las cosas de otras maneras. Es difícil responderse por qué no podría nuestro sistema escolar aprovechar esta ola pandémica para evolucionar a toda velocidad. Tomar decisiones cuando las cosas ya caen por su propio peso es tomar decisiones tarde, es cierto que garantiza menos críticas pues las decisiones se vuelven obvias pero los beneficios o impactos de las mismas resultan mediocres, por decir lo menos.

Necesitamos trascender la mentalidad del “tradeoff,” o del “o,” reemplazándola por el “y.” No se trata de sopesar el posible aumento de pérdida de vidas versus enviar los niños a clases presenciales siguiendo protocolos sanitarios cotidianos que a muchos adultos nos cuestan. Se trata más bien de lograr “ni un chileno menos,” es decir, desafiarnos a que no muera nadie más. Y a la vez, lograr que los niños chilenos se eduquen mejor aún, esa es la verdadera solución por crear e implementar.

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