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Publicado el 08 de agosto, 2018

Jorge Acosta: ¿Por qué pedir un aborto o la eutanasia?

Si las próximas campañas provida son capaces de conectar con la vulnerabilidad, la desesperanza y el sufrimiento que experimentan aquellos que están pensando en abortar o pedir la eutanasia, sin duda que obtendrán mejores resultados que los que hemos visto hasta ahora.

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Desde hace varios años han estado en la palestra dilemas éticos en torno al inicio y al final de la vida que provocan una acalorada discusión en la opinión pública. En las últimas semanas, nuevamente se han instalado con fuerza las discusiones sobre la eutanasia -luego de iniciativas parlamentarias que promueven su legalización- y el debate sobre el aborto libre, principalmente después del revuelo que ha causado su discusión en Argentina.

Llama la atención que en ambas situaciones se discuta sobre puntos similares, tanto en las posturas a favor, como las en contra. Estos fundamentalmente son dos: cuál es el valor que le otorgamos a la vida humana (en sus inicios más nóveles, así como en sus postrimerías) y cuál es la importancia relativa, en torno a ella, que tiene la autonomía (ya sea en el embarazo o en la decisión de terminar con la propia existencia).

Hace tan solo una década, la amplia mayoría de los ciudadanos estaban en contra de todo tipo de aborto. Esta situación cambió paulatinamente.

A mi parecer, la manera más humana de acercarse a estos conflictos es estar en favor de la vida siempre. Por un lado, del que está por nacer, ya que la libertad de la madre no puede estar por sobre la de su hijo, así como también en contra del suicidio (aunque sea asistido, como sucede con la eufemísticamente llamada “muerte digna”). No obstante, esto, que para mí puede ser contundente, no necesariamente lo es para todo el mundo. De hecho, la visión de los chilenos ha ido cambiando. Hace tan solo una década, la amplia mayoría de los ciudadanos estaban en contra de todo tipo de aborto. Esta situación cambió paulatinamente porque a las personas les hicieron más sentido los argumentos de aquellos que, entre otras cosas, pregonaban a los cuatro vientos que la ley de causales no era un primer paso hacia el aborto libre -que hasta el día de hoy cuenta con un mayoritario rechazo-, sino una solución a situaciones excepcionalísimas. Si bien hemos visto que fundamentaciones como esas han palidecido frente a los porfiados hechos (las propias funcionaras del gobierno de la ex Presidenta Bachelet han declarado que el aborto por causales fue una táctica), ahora que la ley está vigente, decir “se los dije” no basta.

Por esta razón, para ganar esta batalla, se debe aprender de los errores del pasado y de los éxitos de los contrincantes. Es decir, usar una nueva estrategia. No como una mera artimaña argumental, sino como una forma de aproximarse a la opinión pública que permita conectar mejor con la realidad del problema, enfrentado sus consecuencias y verdaderas soluciones. En ese sentido, pareciera ser interesante preguntarnos por el “¿por qué?”. Es decir, indagar en las motivaciones que llevarían a una madre a terminar con la vida de su hijo en gestación o las razones que daría un anciano (o un enfermo terminal) para pedir que el Estado acabe con su existencia.

Un interesante estudio de Elard Koch, publicado en la revista de la Sociedad Chilena de Obstetricia y Ginecología, del año 2014 (REV CHIL OBSTET GINECOL 2014; 79(5): 351 – 360), mostró que más del 92% de las mamás que están pensando en abortar lo hacen por coerción, miedo, violencia, abuso, abandono o pérdida de expectativas de vida. Decidir abortar parece, entonces, una decisión menos libre de lo que vociferan los activistas que lo promueven.

No basta con decir que se debe defender la vida, sino también promover activamente una vida más digna, más acompañada, llena de sentido y, por qué no decirlo, también de amor.

Y si bien no hay estudios sobre eventuales razones de petición de eutanasia en Chile, si tenemos estadísticas sobre suicidios. De hecho, nuestros adultos mayores tienen la mayor tasa de estos en todo el continente, según una investigación realizada por el Centro UC de Estudios de Vejez y Envejecimiento en 2017. La psicóloga Ana Paula Vieira, autora del estudio, explicó a La Tercera hace un par de semanas que “la desesperanza, la soledad, sentirse una carga, no valerse por sí mismos” son factores comunes entre las razones que podrían explicar por qué un adulto mayor quisiera quitarse la vida. En suma, no existiría un miedo a morir, sino a “perder su identidad, ser invisibles, no ser escuchados, tener una vida poco digna”.

Si las próximas campañas provida son capaces de conectar con la vulnerabilidad, la desesperanza y el sufrimiento que experimentan aquellos que están pensando en abortar o pedir la eutanasia, sin duda que obtendrán mejores resultados que los que hemos visto hasta ahora. Antes de cuestionarlos, habría que preguntarse cómo nos hacemos cargo de sus motivaciones más profundas, con tal de ofrecer una solución más sensata para ellos mismos. No basta con decir que se debe defender la vida, sino también promover activamente una vida más digna, más acompañada, llena de sentido y, por qué no decirlo, también de amor.

 

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO

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