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Publicado el 02 de noviembre, 2019

Joaquín García-Huidobro: Enseñar y aprender en tiempos de crisis

Instituto de Filosofía, Universidad de los Andes Joaquín García-Huidobro

Con frecuencia, la primera idea que surge entre muchos estudiantes y no pocos académicos como respuesta ante problemas especialmente graves (sea el cuidado del planeta, el término de los abusos contra las mujeres o la situación de las personas que reciben pensiones insuficientes para vivir su vejez con un mínimo de tranquilidad) es la de suspender las actividades propiamente universitarias.

Joaquín García-Huidobro Instituto de Filosofía, Universidad de los Andes
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En momentos de crisis social todos buscamos orientación. Unas veces lo hacemos en el diálogo con determinadas personas o en la lectura de ciertos libros. En ocasiones, sin embargo, hurgamos en nuestra memoria, para ver si el pasado tiene algo que enseñarnos. Una de las muchas ventajas de la edad consiste en que uno tiene numerosos recuerdos. No todos ellos son gratos, algunos incluso pueden ser terribles, pero también hay enseñanzas valiosas, que nos pueden ayudar.

En estos días difíciles, donde los chilenos nos hemos planteado temas importantes, ha venido a mi mente, una y otra vez, una pregunta que me hacían mis padres allá en la VII Región. La oí muchas veces, desde que era un niño. Me decían: “¿sabes por qué has recibido más que el resto?” No creo que se refirieran a los medios económicos de la familia: de la época de mi adolescencia recuerdo muchas estrecheces económicas, que hoy agradezco, aunque son nada en comparación con los niveles de pobreza que existían en el Chile de entonces. Ciertamente ellos apuntaban a otras cosas: en mi casa había libros, un ambiente familiar, y nunca faltaba un buen tema de conversación. “Has recibido más que el resto, me decían, porque tendrás que entregar al país más que los demás”. Pienso que allí se gestó mi vocación académica, que es una manera de servir.

Con todo, en épocas como esta, la idea misma de impartir clases y acudir a ellas resulta cuestionada. Con frecuencia, la primera reacción que surge entre muchos estudiantes y no pocos académicos como respuesta ante problemas especialmente graves (sea el cuidado del planeta, el término de los abusos contra las mujeres o la situación de las personas que reciben pensiones insuficientes para vivir su vejez con un mínimo de tranquilidad) es la de suspender las actividades propiamente universitarias.

I. Un problema de larga data

El problema no es nuevo. Ya en 1939, C. S. Lewis se hacía la mismas preguntas ente sus alumnos de Oxford. Ellos podían ser llamados en cualquier momento a combatir en la Guerra Mundial que había comenzado y, aparte de esa sensación de provisionalidad, se sentían incómodos ante el privilegio que significa estudiar mientras muchos de sus compañeros ya estaban enfrentados al combate contra el totalitarismo nacionalsocialista. Así, ese escritor y profesor de literatura se preguntaba: “¿cómo conservar el interés en ocupaciones tan plácidas mientras la vida de nuestros amigos y las libertades de Europa están en juego?” (Learning in War Time, otoño 1939). Sin embargo, Lewis sostuvo que había que seguir con esas tareas, aunque no voy a explicar aquí las razones que entregó en ese momento.

La idea de detener las tareas académicas como modo de solidarizar con ciertas causas externas a ella no es nueva, como acabamos de ver, pero en los últimos años ha adquirido gran aceptación. A veces se trata de la protesta contra un gobierno, sea el venezolano, el chino, el norteamericano o el chileno. En otras ocasiones, se piensa que esa paralización es necesaria para que las autoridades y la opinión pública tomen conciencia de graves injusticias. O quizá se dice simplemente que, como las circunstancias externas impiden que muchos alumnos asistan a clases, sería una actitud muy poco empática y una falta de solidaridad con esos compañeros el hecho de mantener la actividad académica como si ellos no estuvieran sufriendo.

II. “Hay cosas que no me puedes pedir”

En mi caso, por ejemplo, hay una práctica que me produce un dolor muy grande, pues es un mecanismo delictual que se extiende por todo el mundo y no parece haber una voluntad realmente eficaz de ponerle atajo, entre otras razones, porque no podría llevarse a cabo sin la complicidad de millones de habitantes de la tierra. Me refiero a la trata de personas, esa forma contemporánea de la esclavitud que en ocasiones es todavía más degradante que la esclavitud que conocieron Grecia o Roma. Pero si algún profesor amigo que compartiera conmigo esa dolorosa preocupación me propusiera detener por unos días o de manera indefinida nuestra actividad académica hasta que las autoridades dictaran determinadas medidas que, a nuestro juicio, resultan imprescindibles para combatir esa práctica, yo me negaría. Le diría, entre otras cosas, que –aunque no se dé cuenta– su propuesta constituye una extorsión emocional. “Si quieres, pídeme la vida, dime que participe en una operación de alto riesgo para desarticular una mafia destinada a ese sucio negocio, y estaría dispuesto a pensarlo aunque ignoro si tendría el valor suficiente para hacerlo. Pídeme la vida, pero no me exijas que deje de enseñar, porque me estarías pidiendo que lleve a cabo algo que considero injusto”. La educación es un derecho, pero el estudio, tanto de parte de los alumnos como de los profesores, constituye un grave deber. Puede que un alumno no pueda cumplirlo porque un obstáculo insalvable se lo impida, pero, aparte del hecho de que hoy tenemos los medios tecnológicos para impartir clases incluso en circunstancias extremas, ese caso no es el nuestro, que sí estamos en condiciones de cumplir con nuestra obligación de enseñar. Tendremos que poner todos los medios, habrá que multiplicar un tiempo del que muchos carecemos para estar más disponibles para atender a esos alumnos por vía telefónica o algún otro medio, quizá tendremos que ir nosotros a donde están ellos, pero no podemos darnos por vencidos.

III. Por qué no puedo abandonar mis deberes

Como podemos ver, los tiempos que corren nos ponen frente a ciertas preguntas éticas muy serias: ¿tiene sentido dictar clases y asistir a ellas en periodos de grandes convulsiones políticas, por solidaridad con quienes promueven cambios que se consideran necesarios, o el hecho de continuar nuestras tareas sería una frivolidad? ¿Es lícito u obligatorio suspender nuestro quehacer académico para protestar por graves injusticias?

En lo que sigue quiero entregar cinco argumentos para mostrar que las huelgas o paros universitarios son una mala respuesta a los verdaderos problemas. No me refiero, naturalmente, al caso de quienes no ejercen sus tareas de docencia o aprendizaje porque se encuentran físicamente impedidos de hacerlo debido a la violencia que otros ejercen sobre ellos. En esta hipótesis esas personas no incurren en una omisión ilegítima, sino que simplemente padecen una injusticia.

  1. Necesitamos una instancia racional

En primer lugar, para responder a esas preguntas de modo adecuado es necesario detenerse un momento a recordar en qué consiste la institución universitaria. Ella es la instancia por antonomasia que existe en una sociedad para llevar a cabo el ejercicio sistemático de la razón de manera serena y muchas veces interdisciplinaria, atendida la complejidad de los problemas que se tienen delante. Si esto es así, no parece que ningún país pueda permitirse que tal institución interrumpa sus actividades, porque significa sostener que en ciertas situaciones excepcionales o en virtud de la nobleza de determinadas causas podemos prescindir de una institución como esa. Pretender que la actividad científica no resulta necesaria es, me parece, una idea totalitaria. “La república no precisa ni científicos ni químicos”, declararon los jacobinos del tribunal que ordenó guillotinar a Lavoisier en 1794. Guardando las distancias, quien detiene el quehacer universitario, aún a pretexto de hacerlo de manera pacífica (mejor sería decir “no sangrienta”) parece afirmar en los hechos algo semejante: “tenemos cosas tan importantes por las que luchar, que ellas justifican sacrificar el trabajo académico”.

  1. La permanente anormalidad

En segundo lugar, el argumento de que es necesario que se restablezca la normalidad para realizar la tarea académica, pues otra actitud pecaría de frivolidad, omite el hecho de que desde que el ser humano está sobre la tierra nunca ha existido por completo eso que llamamos “normalidad”. De manera constante habrá abusos e injusticias –muchos de ellos gravísimos–, si no en nuestra cercanía, al menos en otros lugares o países, de manera que siempre cabrá extorsionar a las personas instándolas a cesar su actividad so pena de ser consideradas insensibles ante el sufrimiento ajeno. Esto sucede particularmente en una época como la nuestra, donde los medios de comunicación ponen todos los días ante nuestros ojos una multitud de imágenes que, con razón, nos conmueven y llevan a preguntarnos qué podemos hacer para remediar ese dolor. Pero detener el quehacer de la institución universitaria para protestar contra la injusticia significa entregarle a la arbitrariedad, la prepotencia y el abuso un poder adicional sobre nuestro mundo, el poder de impedir que funcione una institución que pretende encarnar todo lo contrario de la sinrazón que la injusticia representa. Si C. S. Lewis hubiese interrumpido sus clases en Oxford porque Hitler avanzaba por Europa habría sido tanto como reconocerle a ese tirano el poder de disponer de la cultura europea, la capacidad de hacer callar a Agustín, Maimónides o el Dante. En ese caso, el nacionalsocialismo no solo habría sembrado ruinas con sus bombardeos en Londres, sino que habría sido capaz de paralizar las reservas más profundas de esa cultura, de aquella concepción de la vida que movió a los ingleses a abandonar su aislamiento e ir en auxilio de Europa y del mundo entero. De modo que, mientras tuviese un solo alumno en sus clases, un solo estudiante que no hubiese sido llamado a defender a la patria y la humanidad en el campo de batalla, él debía seguir hablando.

  1. Enfrentar la adversidad

En tercer lugar, es verdad que las situaciones de conflicto producen una natural turbación que hace difícil aplicarse a preparar unas clases o a estudiar determinadas materias. Pero no debemos olvidar que, salvo casos excepcionales, también es posible sobreponerse de ellas. Una de las obras filosóficas más importantes del siglo XX, el Tractatus de Wittgenstain, fue escrito en buena parte entre los años 1914 y 1916, cuando su autor estaba involucrado, como oficial del ejército de su país, en la terrible Primera Guerra Mundial, y fue continuada mientras estaba prisionero de las fuerzas vencedoras. Todo esto a pesar de que Wittgenstein era una persona profundamente depresiva, que estaba frecuentemente asaltada por pensamientos suicidas. Por algo a comienzos de 1917 escribía unas palabras donde condensaba su reflexión sobre el tema: “si el suicidio está permitido, entonces todo está permitido” (Notebooks, 1914-1916 (10.1.1917), Chicago, 1984, p. 91). Por eso no se suicidó, y Europa tuvo en él uno de sus filósofos más influyentes. Los ejemplos podrían multiplicarse. San Juan de la Cruz escribió su Cántico Espiritualen una celda minúscula y maloliente, aprovechando un par de horas diarias de una luz que se colaba por una entrada pequeñísima. Cervantes “engendró” el Quijote en la cárcel de Sevilla, y Renoir pintó muchas de sus obras más célebres aquejado por un reumatismo tan fuerte que había que sujetarle los pinceles a las manos.

  1. Otra injusticia

En cuarto lugar, los paros universitarios constituyen una forma de injusticia, que no resulta legitimada por el hecho de que se adopten por mayoría de votos en una asamblea. Si las personas tienen el derecho y el deber de estudiar, ninguna voluntad –aunque sea compartida por muchos– puede disponer de él como si fuese cosa propia, como tampoco podrían decidir sobre su honra o cualquiera de sus bienes más preciados. Ya lo advertía Cicerón, a propósito de quienes erigían el parecer de la multitud como criterio último de justicia: “Si fuese derecho lo que ha sido establecido por decisión de los pueblos, por decreto de los príncipes o por sentencias de los jueces, serían derechos el robo, el adulterio, los testamentos falsos, siempre que hubiera sido admitido así por acuerdo de la multitud” (Las leyes, XXI, 17). Ahora bien, esos paros no solo son injustos: también constituyen una falta de respeto para quienes no han tenido esas oportunidades, para los que habrían querido ocupar ese puesto en una determinada universidad y por diversas razones no pudieron hacerlo, significan burlarse de sus sueños.

  1. No todo es utilidad

Finalmente, en el caso de las humanidades, hay una razón adicional para negarse a detener las actividades académicas como medio para conseguir otros objetivos, por loables que parezcan. Ella reside en que las artes liberales, por su propia naturaleza, son disciplinas cuyo estudio vale por sí mismo y no en función de su utilidad o resultados. Si leer y discutir Macbeth o la Metafísica de Aristóteles no requiere ser justificado por su eficacia para producir determinados efectos, entonces el hecho de suspender esa actividad para poner esa omisión al servicio de otros intereses implica asumir una lógica propia de la racionalidad instrumental. En otras palabras, esa actitud termina por negar a las humanidades su genuino valor y reducirlas al campo de lo útil, darles el carácter de un instrumento para producir determinados resultados. Y que esto se haga precisamente para protestar contra un sistema que implica la colonización de toda la sociedad por intereses utilitarios es, a todas luces, una contradicción performativa, donde lo que se realiza con las acciones consiste en negar lo que se afirma con el discurso.

IV. La verdadera solidaridad

La magnitud de los problemas que tenemos enfrente exige que no nos dejemos vencer por el temor o la precipitación y que sigamos la advertencia de Max Horkheimer: “La lealtad a la filosofía significa no permitir que el miedo disminuya nuestra capacidad de pensar” (Crítica de la razón instrumental, Buenos Aires, 1973, p. 171). Todo esto nos muestra que sería una solidaridad muy mal entendida la de quien deja de asistir a clases porque algunos o muchos de sus compañeros tienen graves dificultades que les hacen imposible acudir a ellas. Eso significa olvidar el carácter de deber que tiene el estudio. Además, impedir la enseñanza, el aprendizaje y la investigación, supone desconocer que los problemas que enfrenta nuestra sociedad son muy complejos y que no pueden ser enfrentados si no contamos con mentes bien preparadas para el análisis y comprensión de los mismos, lo que supone, a su vez, un estudio constante y disciplinado; también implica dejar espacio para las soluciones simples y los diagnósticos monocausales y no tener en cuenta que la ayuda a esas personas en dificultades no se consigue con una simple abstención que quizá nos deje tranquilos pero que solo empeora las cosas. La auténtica solidaridad pide mucho más, ella exige medidas positivas, creatividad, fortaleza e incluso heroísmo, que son cualidades que desde siempre han acompañado los momentos más gloriosos de la institución universitaria.

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