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Publicado el 30 septiembre, 2021

Javiera Rodríguez: La cultura de la vida murió

Por 75 votos a favor, 68 en contra y 2 abstenciones, este martes la Cámara de Diputados aprobó la idea de legislar el proyecto de ley para despenalizar el aborto hasta las 14 semanas de gestación. ¿Qué ocurrió al frente y por qué no hay escándalo?

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Las intervenciones del diputado Diego Schalper en la discusión de la Cámara sobre el proyecto que despenaliza el aborto hasta las catorce semanas instalaron el nombre del político dentro de los trending topics del día. Primero por el minuto de silencio por las miles de víctimas de aborto en el mundo, denegado inmediatamente tras no haber acuerdo en la sala, mientras que el segundo momento, por haber confundido en su discurso previo a la votación las “catorce semanas” con “catorce años”.

Sobre este segundo momento, no hay más que las siempre ácidas burlas de la comunidad de redes sociales frente a un error involuntario que suena absurdo dadas las características propias de un aborto. Al respecto, no hay más que indicar cuán insufrible y tajante puede volverse ese espacio. Ahora, sobre la denegación del minuto de silencio, creo que hay una discusión altamente perturbada por el radicalismo.

Lo cierto es que para nadie la situación que rodea al aborto es deseable, y principalmente porque para pensar en ello se requiere vivir un embarazo que no se quiere: para la madre, para el padre, para la familia o para la sociedad, bajo la razón que sea. Además, no siendo suficiente su deseabilidad, la noticia de un embarazo puede no ser una “buena noticia”  si se le suma la preocupación por su posterior crianza, esto es, las condiciones necesarias para su correcto desarrollo y realización.

En lo real, hay millones de víctimas de aborto en el mundo. No nacidos (cualquiera sea su etapa), hombres, mujeres y familias completas. Anclar la discusión sobre el aborto meramente en el eje de decisión femenina es limitado y subestima las posibilidades de tratamiento en política pública. Afuera queda el acompañamiento, la prevención, el desarrollo tecnológico, la cultura, contexto socioeconómico, y tantas aristas que rodean los casos de embarazo no deseado y que se relacionan precisamente con poder mejorar la calidad de vida de los involucrados.

En Chile, no hubo minuto de silencio para las víctimas de aborto. En Chile, tampoco hubo una discusión sobre la vida. El debate, tan criticado en su momento por argumentos católicos de quienes estaban en su contra, se quedó estancado ahora en argumentos de otra fe, más radical y más déspota en quienes lo defienden. El aborto se transformó en un valor en sí mismo, política de triunfo para un movimiento feminista dogmático.

“Libre, seguro y gratuito”, como exigencia y pañuelo verde como símbolo. ¿Qué fuerza hay en el otro lado? Un abandono moral de la causa, causa que solo se limita a ser “antiaborto”: con menos convocatoria y menos incidencia en lo público. Y es que lo “provida” solo erige como concepto contrario, un “no” bien mudo que no ha logrado frenar en el avance de lo que hoy ya es inminente.

Lo anterior es también raíz de que solo exista un solo camino para abordar el embarazo no deseado, hasta el punto de lograr que el aborto sea una política al menos deseable discursivamente. Ahí no caben minutos de silencio, ni siquiera para ellas. Ahí no caben minutos de silencio ni para razones profundas ni menos ideológicas.

El soporte moral tampoco cupo en octubre, en los retiros, en la pandemia, en nada. La cultura de la vida quedó fuera del cotidiano del sector, hasta el punto de solo recordarla cuando estamos a punto de perder a alguno de sus pilares. ¿Cuántos más nos quedan? ¿Cuánto más nos importa?

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