El escándalo de Rojas Vade es síntoma manifiesto de la crisis moral que vive nuestro país. No quiero juzgarlo a él directamente -no me corresponde- pero sí es importante hacer un juicio crítico de la evolución social que nos ha llevado a esta situación.

La ética privada o pública es posible en la medida en que haya instituciones. Así como las empresas requieren gremios, universidades u otras organizaciones que avalen sus estándares morales de profesionalismo, de la misma manera la actividad política requiere de instituciones políticas que fijen estándares, seleccionen a los mejores y sean capaces de sancionar las malas prácticas. La crisis ética del país en materia política es, en este sentido, una crisis institucional.

Rojas Vade es un ejemplo clarísimo del frenesí de los llamados independientes (que por lo demás nunca lo son, porque siempre representan los intereses y las iniciativas de alguien); independientes que alcanzan posiciones de poder sin respaldos institucionales serios o realmente conocidos, que no tienen partidos ni pertenecen a instituciones que entreguen  garantías básicas de su idoneidad. Este convencionalista es, como otros más, un ciudadano que hizo campaña en redes sociales y que no está sujeto a ninguna institucionalidad política a la que podamos hacer responsable de su actuar. Como él, lamentablemente, tenemos otros más que son figuras populares, sin una preparación profesional adecuada para las responsabilidades que asumen y que, como digo, no están validados por ningún partido o institución formal. Luego, así como ya tuvimos uno, es bastante probable que haya otros más que andan por libres y, aunque sean bastante famosos, no sabemos realmente quiénes son o si tienen una trayectoria profesional y civil que los avale.

Por este motivo, si queremos mejorar el estándar de nuestros políticos, debemos hacerlo conforme a un desarrollo de la institucionalidad política. Por el contrario, acabar y reducir los partidos políticos y las coaliciones parlamentarias o de gobierno, es simplemente el suicidio moral de la política nacional.

Sin embargo, esto no le debe restar gravedad al hecho de que el fenómeno de los “políticos de redes sociales” es, en parte importante, el resultado de la mala praxis de los mismos partidos políticos. Ellos, tanto de derecha como de izquierda, han incurrido sistemáticamente en la corrupción de los puestos de trabajos públicos. Esto es, en otras palabras, la utilización del Estado como fuente de trabajo para los correligionarios, sin elegir a los mejores, o incluso sacando a los mejores que ya trabajaban en el sector público, pero que eran de otros partidos o de ninguno. Los partidos, que se volvieron oportunidades laborales por cuatro años, no han sido capaces de limitarse, autorregularse y ofrecer al país un Estado moderno con profesionales públicos de carrera. Al contrario, si hubiesen podido, tal vez hubiesen llevado a Rojas Vade de candidato sin siquiera conocerlo, pero valorando su capacidad de ganar elecciones populares. Los partidos políticos han obviado su responsabilidad en la conducción del Estado y, como las redes sociales, han creado candidatos populares pero inadecuados para los cargos que ocupan. Ahora, si esto no se corrige, es imposible salir de la crisis.

En fin, la crisis política -que es ética- se resuelve con instituciones, con partidos políticos, pero ahora, más que nunca, con partidos que se regulen, se limiten en el afán de poder y, de paso, propongan una legislación seria y muy exigente para sí mismos.

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