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Publicado el 04 de noviembre, 2019

Jaime Riquelme: Los diálogos participativos, la inequidad y la estabilidad de la democracia

Académico U. Finis Terrae y U. de Chile Jaime Riquelme

No se trata de sentarse a conversar y de llegar a un consenso en armonía, sino de lograr además propuestas de solución de alta efectividad. Ahí es donde tiene que estar el foco de la metodología que pretende diseñar el Gobierno.

Jaime Riquelme Académico U. Finis Terrae y U. de Chile
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El estallido social que acontece en Chile da cuenta que la inequidad no sólo es un problema que a la inmensa mayoría de chilenos nos interesa solucionar, sino que además dicha solución ha adquirido urgencia. Es así como ha pasado a ser relevante el diseño de una metodología de participación que permita “escuchar a los chilenos” y en ésta se sustente la estabilidad de la democracia que hemos sido capaces de construir.

La inequidad es un problema de alta complejidad e incertidumbre. En países como Chile, cuya cultura se caracteriza por su alta evitación de incertidumbre, se producen aplazamientos de la solución o tratamientos superficiales que pueden provocar, por ejemplo, un estallido social. Ante este tipo de problemas las personas tienden a encontrar respuestas en las ideologías, impidiendo que se experimenten soluciones originales, nunca vistas.

Numerosos estudios, de base científica, han demostrado que estos problemas pueden solucionarse a través de procesos decisionales colectivos horizontales, como por ejemplo un diálogo participativo. Sin embargo, no se trata solamente de sentarse a conversar y de llegar a un consenso en armonía, sino de lograr además propuestas de solución de alta efectividad. Ahí es donde tiene que estar el foco de la metodología que pretende diseñar el Gobierno.

La efectividad de un diálogo, inclusivo y sin autoritarismo, se logrará si el proceso es de alta flexibilidad, alta racionalidad, alta congruencia valórica y baja politización. La flexibilidad se alcanzará en la medida que exista una gran cantidad de fuentes de información; y la racionalidad, si la precisión de la propuesta es adecuada al tiempo disponible. La congruencia valórica se verá favorecida si existe un acuerdo del alto valor que tiene este proceso para Chile. En cuanto a la politización, se puede evitar si quedan afuera del proceso aquellas presiones que pretendan privilegiar a un determinado sector.

Es necesario que el proceso cuente con cinco fases sucesivas, como sigue: generación de confianza y conectividad entre los participantes para aumentar la congruencia valórica y evitar politización (conocerse, transparentar intereses, empatizar y visualizar); captación de múltiples ideas para incorporar todas las subjetividades (amplitud, originalidad, inclusión y valentía); análisis de alternativas para alcanzar la mayor objetividad posible (cuanti-cuali, crítica respetuosa, autocrítica de posiciones iniciales, sensatez de la transformación, pertinencia de la eficiencia y debates con garantías y respaldos en tiempo real); entrega de una propuesta para que ser evaluada (breve, entendible y verificable); y plenario abierto para aprobación de la propuesta (representativo, informado y con mayoría absoluta).

En cuanto a los grupos de trabajo (diálogo, apoyo y plenario) y su composición es importante considerar que la base cognitiva y valórica de las personas es una pantalla entre la situación real y su eventual percepción. Es por esta razón que el grupo de diálogo debe ser lo más heterogéneo posible en cuanto a educación (novatos con alta educación y maduros con vasta experiencia); interdisciplina (ninguna profesión u oficio repetido); geografía (lugares diferentes); y género (máxima representatividad). Será posible una mayor sensibilidad a las variables del problema, mejor comprensión de las paradojas; mayor capacidad para resistir sobrecarga de información; y una mayor multidimensionalidad de la propuesta. El grupo de apoyo, que modera el diálogo y asiste con garantías y respaldos al debate, necesita estar conformado por metodólogos eclécticos. Por último, el grupo plenario necesita ser lo más representativo de la población y de las tendencias políticas.

Finalmente, es clave que los participantes de los diálogos actúen con la mayor libertad de acción y sin presiones de ningún tipo, dentro del tiempo disponible, por tal razón es importante que el Gobierno no dirija el proceso sino más bien lo delegue en algún actor que goce de prestigio y asegurada imparcialidad. De esta forma sería posible que los diálogos participativos sean confiables, inclusivos, objetivos, propositivos, aprobados por la ciudadanía y de alta e inmediata efectividad en la solución de la inequidad, asegurando así la estabilidad democrática de nuestro país.

*Jaime Riquelme es coautor de Estrategia País, de la autoridad al liderazgo.

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