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Publicado el 20 de noviembre, 2019

Jaime Pinto Kaliski: ¿Sin APEC, COP25 ni política exterior?

Doctor en Ciencia Política Jaime Pinto Kaliski

Para recuperar la credibilidad perdida se debería desde ya replantear la política exterior, acotándola a ciertos objetivos alcanzables y que se traduzcan en resultados tangibles.

Jaime Pinto Kaliski Doctor en Ciencia Política
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Es plausible pensar que la actual coyuntura interna en Chile forma parte de un cúmulo de demandas ciudadanas que se expresan en distintos lugares, con diversos énfasis y enfoques de acuerdo a las circunstancias concretas de cada país. Aunque lo que acontece en Paquistán, Líbano, Irak, Argelia, Ecuador y en otras partes tienen como variable en común a una porción importante de la población que no se siente representada políticamente por el establishment gobernante. Esto acontece en momentos en que el propio sistema económico internacional está en plena mutación, en donde los organismos multilaterales tales como la OMC se están viendo sobrepasados por el unilateralismo de las potencias y la emergencia de nuevos actores que están tensionando el status quo imperante, afectando con ello las reglas del juego del capitalismo global.

En este contexto, Chile, como economía sumamente abierta al exterior, es hipersensible a los vaivenes comerciales, como se ha comprobado en el conflicto entre los Estados Unidos y China. Es precisamente en Santiago donde se iba a firmar el esperado inicio del fin de la llamada guerra comercial en el marco de la APEC y, además, con la COP25 se iba a dar un nuevo impulso al Acuerdo de París, teniendo a un país sudamericano como sede del debate mundial sobre el cambio climático.

Frente a la abrupta cancelación de ambos eventos se ha mencionado que queda dañada la imagen país y que, en el corto plazo, es imposible recuperarla. Esto es cierto, ya que la credibilidad internacional no es algo que se construye con mero marketing audiovisual ni efectismos discursivos, sino que a partir de un serio trabajo diplomático en donde confluyen tanto la coherencia política interna como externa, y una proyección de los intereses en el exterior que refleje precisamente ese trabajo.

Pero cabe mencionar también el daño en la presencia política en el sistema internacional. En efecto, renunciar a ser sede de un acuerdo entre las potencias que permitiría empezar a poner fin al unilateralismo reinante, con la presencia de líderes del Asia-Pacífico tanto del gobierno como del empresariado, no sólo dañan la imagen, sino que la capacidad del gobierno de actuar con iniciativa propia en la esfera internacional, puesto que la diplomacia requiere de un mínimo nivel de concordancia entre las voluntades iniciales y los actos que finalmente se llevan a cabo.

Para recuperar la credibilidad perdida se debería desde ya replantear la política exterior, acotándola a ciertos objetivos alcanzables y que se traduzcan en resultados tangibles. Aquello implica desde luego aplazar ciertas iniciativas que entorpezcan la necesaria fluidez del diálogo político interno, tales como el debate en curso en el Congreso sobre el TPP11, acuerdo que si bien es benéfico en el largo plazo, no es prioritaria su ratificación en la actualidad.

No obstante, la renuncia a la propia iniciativa gubernamental no puede convertirse en la norma en política exterior puesto que es un área clave para la autonomía y el margen de maniobra del Estado en la escena internacional. Por ello se requiere de un viraje en las prioridades, acotando el alcance de las políticas al logro de objetivos realistas, que permitan recuperar la credibilidad externa en el mediano plazo. Si no se produce el necesario vuelco en política exterior, nadie podría esperar que, por ejemplo, el riesgo político se reduzca prontamente para la promoción de la inversión extranjera ni haya alguna iniciativa multilateral en donde el gobierno actúe con algún grado de liderazgo.

El complejo entorno internacional obliga a comprender que el país no está ajeno a las disputas entre las potencias, y que lo que acontece internamente también es motivo de interés desde el exterior. El categórico desmentido ruso (y cubano) ante la acusación norteamericana de injerencia en los asuntos nacionales constituye la palpable demostración de que la antigua creencia en el aislacionismo chileno era sólo una quimera, y que los choques externos repercuten internamente, y viceversa.

El dato interesante es que aún hay tiempo para reconducir la política externa. Un primer paso bien pudiera ser enfocarse en Sudamérica, región que manifiesta desafíos políticos y económicos que presentan cierta similitud con los locales, por medio de la concertación política con el vecindario que pudiese redundar en iniciativas comunes que viabilicen soluciones coordinadas en base a los requerimientos actuales. Esto pasa necesariamente por concertar acciones con el presidente electo argentino, además de coordinarse con Brasil y el Perú, puesto que tanto Itamaraty como Torre Tagle pueden aportar en la configuración de una política regional que confronte los desafíos más relevantes, más allá del clásico clivaje izquierda/derecha. En este sentido, la situación de Venezuela sigue siendo un tema prioritario y que no puede soslayarse por la presente coyuntura local, por constituirse en la problemática ineludible para cualquier gobierno, ya que lo que está en juego es la mantención de la ya resquebrajada estabilidad política suramericana.

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