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Publicado el 26 de julio, 2020

Jaime Pinto Kaliski: La perniciosa tradición chilena en política exterior

Doctor en Ciencia Política Jaime Pinto Kaliski

Ante los reclamos de muchos por el potencial cierre de embajadas en Europa, nadie ha reparado que el país sigue sin normalizar sus relaciones con Bolivia, vecino anclado en el corazón de América del Sur y de creciente importancia para la región, en razón de su enorme potencial energético y los proyectos de corredores bioceánicos.

Jaime Pinto Kaliski Doctor en Ciencia Política

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La cancillería chilena ha abierto el debate sobre la política exterior dada la amplia discusión que ha causado el anuncio del cierre de embajadas. Más allá del asunto en sí, y ya que es una medida en revisión y que posiblemente se termine diluyendo por sí misma, lo relevante es que de forma inusitada el ministro Ribera quiso darle un vuelco a la política exterior, en vista de las nuevas circunstancias internas y externas. Muchos de sus críticos apelan a que el canciller vulneró la consabida política de Estado que representa la tradicional política exterior, en donde se avanza paso a paso, escuchando a todos los sectores y se llega a una suerte de consenso tácito que supera al clivaje izquierda/derecha. Porque, nos dicen, el interés nacional debe primar por sobre todas las cosas y ese interés proviene de una tradición, una visión de país unívoca y preclara, sin margen de error o cuestionamientos.

Pero cabe preguntarse en qué consiste esa presunta tradición, esa que sacraliza el interés nacional en un consenso intangible. En cualquier caso, la opción inicial del gobierno de cerrar algunas embajadas para privilegiar la inserción del país en otras zonas geográficas, y emprender interesantes iniciativas tales como los hubs tecnológicos, constituye una patente muestra de que la política internacional también es del ámbito de la política a secas, y que los gobiernos evalúan el interés nacional en función de las amenazas y oportunidades ofrecidas por el entorno global. Esto es lo recurrente, lo usual; se evalúan los intereses de forma permanente, de acuerdo a la inteligencia estratégica del Estado, en donde las vicisitudes geopolíticas, que por su naturaleza poseen sus tendencias profundas, se entremezclan con los análisis más de corto y mediano plazo, para así poder dar cuenta del extraordinario dinamismo de los fenómenos internacionales.

Este dinamismo por cierto no justifica adoptar decisiones en base a conceptos errados, como los que presumen que puede cerrarse temporalmente una embajada sin afectar la relación bilateral, que muchas veces demora décadas en construirse, ni que los medios tecnológicos permitan obviar la necesaria presencia in situ de los diplomáticos. Ahora bien, que los fenómenos sean dinámicos sí exige una evaluación periódica del interés nacional, y cómo se enmarca entonces una determinada política exterior.

La carencia de cualquier evaluación, y el apelo constante a la supuesta (y errada) política de Estado provoca que cualquier modificación de los intereses en el exterior sean vistos como una amenaza al statu quo, el cual es curiosamente vanagloriado por esa tradición implícita que impide la discusión profunda sobre estas materias. Por ejemplo, ante los reclamos de muchos por el potencial cierre de embajadas en Europa, nadie ha reparado que el país sigue sin normalizar sus relaciones con Bolivia, vecino anclado en el corazón de América del Sur y de creciente importancia para la región, en razón de su enorme potencial energético y los proyectos de corredores bioceánicos.

Cualquier Estado que no haya normalizado sus relaciones vecinales tiene un problema no menor para su propio desarrollo. En un mundo en donde se avecina la tecnología 5G, la cuestión de las fronteras nacionales pareciera caduca para muchos. La pandemia desmintió categóricamente aquello, y si le sumamos los recientes choques fronterizos entre China e India, y los de Armenia con Azerbaiyán, entonces es fácil deducir que aún son cruciales las consideraciones territoriales. La «tradición» ha conllevado en el fondo una política exterior con base en las históricas hipótesis de conflictos, de ahí se explica el tradicional aislacionismo chileno y que los intentos por integrarse en Sudamérica sean sólo nominales hasta la fecha. La crónica desconfianza frente al vecindario, ya sea por la próxima acción de Torre Tagle contra el pisco, o el activismo geopolítico de Buenos Aires en la Antártica, genera que dicha tradición esté plagada de ambivalencias y buenas intenciones, pero sin la necesaria agenda de largo plazo para dejar definitivamente atrás el siglo XIX. Tanto Brasil como Argentina son potencias regionales, miembros del G20 y fundadoras del Mercosur, pero algo las distingue de Chile que las hace además cualitativamente diferentes: no tienen hipótesis de conflicto con sus vecinos.

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