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Publicado el 24 de mayo, 2020

Jaime Pinto Kaliski: Geopolítica versus interdependencia global

Doctor en Ciencia Política Jaime Pinto Kaliski

Sí es importante la interdependencia, pero exaltarla en demasía tampoco parece razonable, considerando que esta cualidad ha estado presente en las relaciones internacionales desde hace siglos, si bien su alcance, rapidez y consecuencias se han incrementado exponencialmente en las últimas décadas.

Jaime Pinto Kaliski Doctor en Ciencia Política

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Bertrand Badie, renombrado académico francófono, en un reciente programa radial de RFI comentaba la situación internacional resaltando la necesidad de una gobernanza global para abordar las problemáticas que superan con creces los límites nacionales, tales como la actual pandemia. La mundialización nos fuerza a buscar soluciones comunes, dejando de lado los «antiguos esquemas» enmarcados en el clásico cuadro estatal, e incorporando las nociones propias de este mundo eminentemente interdependiente.

Es la interdependencia la característica sobresaliente de la mundialización y el sustrato por el cual se desarrollan las interrelaciones entre los tres actores que Badie reconoce como esenciales para el sistema internacional; a saber, los Estados, los agentes transnacionales y las comunidades de corte identitario.

Badie, con su particular sociología de las relaciones internacionales, intenta superar el estadocentrismo presente en otros enfoques al quebrantar los usuales contornos de las fronteras nacionales, en aras del surgimiento paralelo de múltiples actores con lealtades políticas disímiles y que pudiesen colisionar entre sí. Por ello es que la estabilidad se torna intrínsecamente compleja de mantener, dado el «juego triangular» entre los actores del sistema que se entrecruzan al amparo de lealtades que pudieran contradecirse; puesto que mientras el ciudadano se fideliza ante el Estado, la empresa multinacional lo hace ante sus accionistas y las comunidades identitarias ante sus fieles seguidores, más allá de cualquier concepción tradicional de soberanía. Esto implica que la toma de conciencia por parte de cada uno de estos actores de su inherente interdependencia entre sí para la consecución de sus propósitos en el ámbito internacional es de vital importancia para forjar un orden global que permita la aparición de un multilateralismo vigoroso, expresado en organismos tales como la Organización Mundial de la Salud, que produzcan a su vez las normas tendientes a la estandarización de los procesos en diferentes áreas cruciales para la vigencia y desarrollo de la llamada globalización.

Si observamos la importancia creciente de actores no estatales en la esfera internacional en las últimas décadas, no es difícil colegir el aporte teórico de Badie y más aún si lo que se persigue es complementar a las otras corrientes de pensamiento, no necesariamente forjar un paradigma propio unívoco ni excluyente. Esto es especialmente relevante en un campo teórico en donde el diálogo entre perspectivas y paradigmas diversos es permanente y, en la práctica, ineludible. De hecho, la preponderancia de la interdependencia en la conceptualización de la mundialización es especialmente pertinente en el actual orden internacional, en donde su crisis sistémica producto de la pandemia justifica la puesta en relieve del concepto. Así, por ejemplo, es imposible avizorar una solución definitiva a los estragos causados por la epidemia en la Unión Europea sin que el riesgo sanitario sea subsanado en el continente africano. Las consideraciones sanitarias, que empezaron a ser tratadas en la esfera nacional y paulatinamente a nivel del bloque europeo, no podrán evitar también ser abordadas junto a África si no se quiere correr el riesgo de padecer sucesivas e imparables olas de contagio.

Para reforzar su argumento, Badie contrasta la importancia de la interdependencia global versus la decadencia del análisis centrado en el Estado y su propia geografía, expresado en expresiones tales como el «interés permanente de la nación», es decir, del análisis propiamente geopolítico. Puesto que frente a la constatación de que dependemos unos de otros para sobrevivir, y que sin cooperación no saldremos de esta pandemia, Badie considera entonces absolutamente trivial cualquier análisis que parta desde las necesidades de esa entelequia llamada Estado. Este intelectual francés nos dice en el fondo que no perdamos el tiempo buscando soluciones locales a problemas mundiales dado que, además de inútil y poco productivo, nos quita tiempo y esfuerzos en el necesario estudio de cómo se trabaja mancomunadamente para afrontar los desafíos que no conocen fronteras ni límites geográficos. Porque enfocarse en la posible futura posición privilegiada de China en los ámbitos económico y político después de su buen manejo de la pandemia en comparación con los Estados Unidos y la Unión Europea, es un ejercicio banal en sí mismo: es evidente que siendo China el primer país que entró a la crisis, será el primero en recuperarse, y con ello, estará en mejor situación que el resto para afrontar la debacle económica que se avecina. Entonces lo que realmente importa es preguntarse cómo China, la UE, y los EEUU trabajarán en conjunto para superar las consecuencias de esta pandemia, entre otras cuestiones.

La pretensión de Badie de supeditar la noción de interdependencia a cualquier análisis centrado en los países tomados individualmente no es antojadiza ni carente de visión, puesto que permite forzar la justificación política para la necesidad de contar con organismos internacionales que, mediante sus normas, estandaricen los procesos tendientes a la buena gobernanza; cuya base de soporte no son sólo los Estados, sino que los otros dos actores del sistema ya mencionados. Por ejemplo, las expectativas de una eventual posición relativa ventajosa para China se diluyen ante las medidas que la OMS recomienda a todos los países por igual para afrontar la crisis sanitaria, en un contexto de fuerte interdependencia económica, y en donde la cooperación transnacional aparece como condición esencial para la sobrevivencia de las entidades políticas tal y como se conocen hoy en día.

Sin embargo, la justificada relevancia de la interdependencia global no puede ser en desmedro de las consideraciones geopolíticas más locales, a menos que intentemos evitar las contradicciones que subyacen al orden mundial recurriendo a meros voluntarismos teóricos. Sí es importante la interdependencia, pero exaltarla en demasía tampoco parece razonable, considerando que esta cualidad ha estado presente en las relaciones internacionales desde hace siglos, si bien su alcance, rapidez y consecuencias se han incrementado exponencialmente en las últimas décadas. En efecto, la peste Antonina que asoló al Imperio Romano en el siglo II, con grandes efectos políticos y sociales, tuvo como causa la propia interdependencia imperial fraguada por las nuevas conquistas territoriales y las vías de comunicación que provocaron la expansión de la pandemia. Hoy la envergadura de estos fenómenos es otro, es cierto, pero eso no significa que haya desaparecido la voluntad de los países por promover sus propios intereses y, por el contrario, lo que estamos presenciando en la actualidad es la multiplicidad de percepciones (y acciones) ante un problema común a todos, según la particular posición de cada actor en la escena internacional.

A modo de ejemplificar lo expuesto, consideremos la intensa cooperación científica entre Francia y China, como se manifiesta en la construcción del Laboratorio P4 de Wuhan, con tecnología francesa de punta. Gracias a la mayor interdependencia entre los países, aumenta la cooperación entre ellos, como se verifica en este caso en donde Francia pretendía generar una cooperación de largo plazo para la instalación y seguimiento científico de un laboratorio único en su tipo en China. Pero una cosa es la transferencia de tecnología, y otra muy distinta es someterse al escrutinio de una potencia extranjera. El gigante asiático no permitió que la cooperación bilateral se extendiera más allá de lo adecuado, en razón de sus intereses locales, todo lo cual no sería más que una anécdota sino fuese por las especulaciones promovidas por actores occidentales referentes al origen de la epidemia. Las relaciones bilaterales están lejos de estar en su mejor momento en la presente coyuntura, con roces diplomáticos y cuestionamientos, a medida que se desarrollan los acontecimientos en Europa. De modo que el vaivén entre cooperación y conflicto es propio del (des)orden mundial, así como lo global y local se conjugan mutuamente para dar paso a interdependencias de diversa índole; entremedio de fronteras nacionales que han recobrado todo su vigor, como se observa hoy nítidamente en la Unión Europea, y que invocan a la revalorización de los análisis geopolíticos.

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