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Publicado el 2 marzo, 2021

Jaime Pinto: El microcosmos suramericano de Colchane

Cientista político Jaime Pinto Kaliski

La inmigración ilegal que están padeciendo varios países es la manifestación más evidente de que la crisis ya rebasa con creces las fronteras venezolanas.

Jaime Pinto Kaliski Cientista político
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La situación de Colchane, comuna fronteriza con Bolivia, es un microcosmos de lo que está pasando en América del Sur, en donde los países siguen subestimando su principal desafío externo, es decir, la Venezuela chavista. El régimen sigue imparable, avanzando en su senda de consolidar su posicionamiento y ampliar su influencia en la región, con variados grupos políticos deseosos de seguirle sus pasos. La inmigración ilegal que están padeciendo varios países es la manifestación más evidente de que la crisis ya rebasa con creces las fronteras venezolanas, tal como en Colchane se vieron rebasados por el arribo de cientos de ciudadanos de un país que ya no garantiza sus derechos democráticos fundamentales.

La precaria situación económica en que ha dejado el régimen al país es un estímulo para la emigración, lo que se ha visto agravado con las sanciones norteamericanas. Pero la cuestión es simple, o se valoran estas sanciones como un arma para la búsqueda del retorno de la democracia, o se hace al estilo suramericano, es decir, se hace el problema a un lado, se mantienen las relaciones con el régimen como si casi nada aconteciera (más allá de la retórica) y se siguen padeciendo sus secuelas; ya sea la inmigración ilegal, el crimen organizado o la propia desestabilización política interna.

La solución en Colchane no es la militarización de la frontera, lo cual es en la práctica inviable y en el mejor de los casos sólo ocasiona una pasajera disuasión que da la sensación de falsa seguridad. La proliferación de las “trochas”, tal como se aprecian en la vasta frontera colombo-venezolana, es la indicación de que ya los pasos ilegales son una realidad en el norte chileno, y ninguna zanja (real o imaginaria) impedirá el ingreso de más migrantes. Ahora bien, que sea en la frontera entre dos países que no han normalizado sus relaciones bilaterales no es mera casualidad, puesto que la falta de coordinación política entre vecinos se traduce lógicamente en la aparición de todo tipo de males en la frontera común. Por eso se hace fundamental el poder restablecer las relaciones diplomáticas, y no quedarse anclado a lo puramente consular. Es muy probable que la inacción boliviana frente a esta crisis en el norte chileno sea la voluntad de La Paz de mandar el mensaje subliminal de que aún restan temas por discutir con Santiago.

En los hechos, la cancillería chilena ha homologado el tipo de vínculos que se poseen tanto con Bolivia como con Venezuela. En efecto, con ambos se tienen fluidas relaciones consulares pero se carecen de relaciones políticas propiamente tales; aunque el régimen chavista sí goza de relaciones diplomáticas plenas en lo formal con Chile, al igual que pasa con muchos países que se han negado a asumir la magnitud de la problemática del chavismo. Los gobiernos de la región pueden seguir con su banal discurso, o difuminar sus responsabilidades en las instancias multilaterales (Grupo de Lima, de Contacto, CPI, OEA, Prosur, etc.) o, en cambio,  empezar más temprano que tarde a hacerse realmente cargo de la mayor crisis política regional de las últimas décadas, la cual está ya dando sus “frutos”. La crisis de Colchane es un ejemplo concreto, aunque sólo simboliza la punta del iceberg de los problemas que se avecinan si no se asume apropiadamente que un régimen chavista consolidado representa una latente amenaza a la seguridad y estabilidad regional.

La responsabilidad democrática no se manifiesta solamente con una visa, sino que con una política exterior coherente, de mediano plazo, y que sepa discernir dónde están las prioridades. Así como el indiscutido éxito de la política chilena de vacunación se debe a la capacidad de previsión frente a los acontecimientos relacionados con la pandemia, asimismo se deberían prever las nefastas consecuencias que conlleva la perenne crisis venezolana. La crónica inacción regional, encarnada en las sucesivas reuniones multilaterales sin resultados, no trae aparentemente costos para ningún país, pero lo sucedido en Colchane debería permitir revaluar la situación. Si no, el eje La Habana-Caracas terminará convirtiéndose en una fuerza incontrarrestable en Suramérica, con la capacidad y voluntad de intervenir en los procesos políticos inherentes a nuestra democracia.

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