El viernes pasado, con la investidura de Gabriel Boric como Presidente de Chile, el país inicia una nueva era en que las antiguas generaciones dejan el poder, dándole paso a treintañeros jóvenes que se hacen cargo de los destinos de Chile. 

Lo que está por verse es qué y cómo lo van a hacer, pues importantes figuras del gobierno, partiendo por el propio Presidente, no tienen experiencia previa en la difícil tarea de gobernar, y tomando en cuenta los escenarios de la Convención Constitucional, de la economía, de la pandemia y del mundo en general, con una guerra en pleno desarrollo y amenazas a que el conflicto pueda escalar a mayores, razones sobran para estar preocupados por el futuro que pende sobre nuestro país.

Recientemente leí un interesante artículo en The Spectator, escrito por Wolfgang Münchau, en que comentaba que el ex Primer Ministro Tony Blair criticaba al actual Boris Johnson por no estar preparando a Inglaterra para los desafíos del futuro; entre otros, para los cambios tecnológicos que a velocidades cada vez mayores están ocurriendo ante nuestros ojos. Traigo a colación dicho artículo, porque creo que, lamentablemente, esa crítica de Blair se puede aplicar perfectamente a Chile, pues, partiendo por la Convención, en lugar de estar preparando el país para el futuro, lo están haciendo retroceder. 

En temas indigenistas, un retroceso casi a la época previa a la conquista española, provocando una gran división en el país al proveerlos de privilegios en materias territoriales, legales y de propiedad, que atentan contra la igualdad de derechos e igualdad ante la ley. En lo institucional, destruyendo toda la actual, despreciando la experiencia y el conocimiento acumulado en los tres poderes, que se verían totalmente trastocados; en materia económica, un retroceso a los años 70; en libertad de expresión, dejando sigilosamente la puerta abierta al control legal de los medios; y en lo ambiental, se está perdiendo la centralidad del ser humano, otorgándole más importancia a la naturaleza y los animales. 

¿De qué le sirve a Chile todo eso? ¿De qué le sirve, pensando en los desafíos futuros, convertirse en un país plurinacional, que se pretenda expropiar las minas, que se quiera poner fin a los monocultivos; que los agricultores no puedan disponer libremente del agua, ya que sería administrada por un burócrata; que se quieran revisar los TLC y no aprobar el TPP11, aislándonos, cuando el mundo gira en sentido contrario y la competencia internacional por atraer inversión es brutal?

Los cambios laborales, la increíble velocidad de irrupción de nuevas tecnologías, la lejana ubicación geográfica de Chile y la competencia internacional por los mercados, no les importa para nada a la izquierda en la Convención. Solo están pensando en una Constitución revanchista, que en lugar de unir a la ciudadanía, la divide, la polariza, y se jacta de rechazar cualquier indicación siquiera que provenga de la derecha, porque ahora les toca a ellos. 

Y si para el nuevo Gobierno, aprobar la Constitución es la condición básica para el cumplimiento del programa -y ya vemos en qué dirección esta avanza- pareciera no ser una prioridad preparar a Chile para enfrentar los desafíos futuros. Si además, el primer anuncio por parte de las ministras del Interior y Justicia es el retiro inmediato de 139 querellas por Ley de Seguridad Interior del Estado contra los presos de la revolución de octubre, surgen muchas incógnitas. La impunidad es una mala consejera para combatir la violencia, y claro, en la Araucanía se estará tomando debida nota. 

Sin ánimo de exponer una visión pesimista, sino que realista, me preocupa profundamente que en lugar de estar pensando en cómo brindarles a las futuras generaciones un país que esté preparado para los desafíos del futuro, se esté desarrollando un revanchismo trasnochado, que nos provocaría un grave retroceso, del cual costaría muchos años recuperarse. 

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