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Publicado el 03 de marzo, 2019

Jaime Jankelevich: Un adjetivo para Maduro

Consultor de empresas Jaime Jankelevich

Después de lo ocurrido el 23 de febrero en Cúcuta, estuve en búsqueda de un adjetivo que pudiera calificar adecuadamente a Nicolás Maduro. Amoral o inhumano no son suficientes para señalar a quien no solo impide el ingreso de ayuda humanitaria para su pueblo sino que se regocija por ello y baila para celebrarlo.

Jaime Jankelevich Consultor de empresas
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Me he preguntado innumerables veces cómo es posible que un gobernante sea capaz de oprimir a su pueblo hasta niveles tales, que les niegue el acceso a las más elementales necesidades de supervivencia, como son la alimentación y la salud. Cómo es posible que un individuo así permanezca en el poder, amparado por la fuerza de las armas, la venalidad de quienes lo acompañan y el apoyo internacional que recibe de países donde la democracia no existe o es manipulada para favorecer al caudillo.

¿Qué adjetivo podríamos utilizar para describir a un espécimen que usurpó el mando de la nación mediante un fraude y que se ufana de seguir en el poder porque nunca va a renunciar a él? Un tipo que bloqueó el acceso a la ayuda que llegaba desde el exterior para aliviar el sufrimiento de una población enferma y hambrienta y que manda a sus milicianos armados a quemar un camión con insumos humanitarios y a atacar, dando muerte a quienes intentaban introducirlo al país.

A mi parecer, el adjetivo que mejor logra calificar a Maduro es psicópata, porque la forma que el actúa, presenta los rasgos más comunes de encontrar en este tipo de personalidades: falta total de empatía, falta de remordimientos, narcisismo, mentirosos patológicos, irresponsabilidad. Son manipuladores y obsesivos de poder y control, con necesidad de admiración y caracterizados por la arrogancia y la soberbia.

No cabe otro calificativo, porque alguien más o menos normal sería incapaz de tener a todo un pueblo en la miseria, viviendo bajo condiciones paupérrimas, sin importarle lo que les suceda en su vida diaria. Además, ninguna persona mas o menos normal sería capaz de impedir, acudiendo a la violencia contra personas inocentes, que ingrese comida y medicamentos para un pueblo diezmado por el hambre y la falta de fármacos.

Siendo Maduro un psicópata, un dictador que se apoderó del poder mediante un fraude, un tipo que no tiene escrúpulos para mentir y engañar, un títere de los Castro, un individuo corrupto rodeado de personajes que se han enriquecido saqueando el país, dedicándose al narcotráfico y culpando a terceros del rotundo fracaso del socialismo del siglo veintiuno, no merece tener el apoyo de nadie. Y ya se lo han quitado más de 60 países.

Pero en Chile sí lo tiene por parte de la izquierda. Y eso es para preocuparse. Militantes del PS y del PC con sus respectivas juventudes, miembros del FPMR y otros conspicuos personajes de la izquierda criolla, están en “vigilancia permanente” ante la Embajada de Venezuela en nuestro país, para brindarle apoyo a Maduro y rechazar violentamente cualquier manifestación en contra del régimen usurpador.

Y digo que es para preocuparse, porque si la izquierda en nuestro país es capaz de defender la dictadura de Maduro y su socialismo del siglo veintiuno, quiere decir que no es democrática. Quiere decir que, para ellos, calificar una dictadura como democracia, es solo un ejercicio semántico. Quiere decir que las violaciones de los DDHH cometidos por regímenes afines no son condenables, porque son necesarias para mantenerse en el poder. Quiere decir que no les importa mentir para justificarlo todo, llegando a decir que la oposición venezolana quemó la ayuda humanitaria para culpar a Maduro y su corrupto régimen. Pero lo más grave es que quiere decir que el modelo de sociedad que persiguen es semejante al que hoy apoyan. ¿Queremos eso para Chile?

La lección más relevante de esta interminable crisis, es cuán simple resulta destruir un país. Las fracasadas políticas socialistas; el despilfarro y la corrupción chavista; el ahogo a la prensa libre y la incautación espuria de toda la maquinaria productiva, típico de los regímenes totalitarios, terminaron por destruir Venezuela.

Venezuela merece vivir en libertad y poder acoger de regreso a sus más de tres millones de hijas e hijos que la abandonaron, por no percibir en ella un futuro donde realizar sus sueños. La presión internacional de muchos gobiernos y la solidaridad de quienes creemos en la democracia, harán posible que Juan Guaidó pueda llamar a elecciones libres y soberanas para que un nuevo amanecer brille en las tierras del Orinoco. Que así sea.

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

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