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Publicado el 02 de junio, 2019

Jaime Jankelevich: Molotov 101, la nueva asignatura electiva

Consultor de empresas Jaime Jankelevich

El tema de la violencia está llegando a niveles alarmantes. A la violencia delictual y a la que ocurre en la Araucanía, ahora se suma la violencia estudiantil, con acciones vandálicas, incendiarias y de amedrentamiento inaceptables al interior de los colegios. Urge contar con un “código de consecuencias” hoy inexistente.

Jaime Jankelevich Consultor de empresas
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No me voy a referir al gravísimo incidente ocurrido en el Patagonia College, porque no obstante lo peligroso que esto esté ocurriendo en nuestro país, es un hecho excepcional que hay que analizar en el contexto familiar y personal que rodea al joven involucrado para conocer las causas que lo llevaron a cometer ese demencial acto de violencia.

A lo que sí me voy a referir es al aumento de la violencia en los colegios, con la presencia de encapuchados vistiendo overoles blancos, portando molotov, encubriendo no solo su identidad sino también su voz, como se vio recientemente en el Instituto Nacional, donde se interrumpió una clase para dar paso a un discurso anárquico en la sala, llamando a generar el caos, mientras el profesor se resignaba a mirar. Como si fuera poco, el alcalde Alessandri comentó el jueves pasado que en dicho establecimiento se han lanzado 68 bombas molotov por día. Hay expulsados, pero eso no es suficiente para detener estas acciones.

Desgraciadamente, esta historia no empezó hoy, ni ayer, ni este año. Es de larga data. Vale recordar que los millonarios daños a la propiedad pública y privada causadas por la presencia de los encapuchados en las marchas estudiantiles, de sus impunes ataques con molotov a Carabineros, quemando a varios de ellos, llevaron al primer gobierno de Piñera a presentar la llamada ley Hinzpeter, la que permitiría detener a los violentistas por el solo hecho de ocultar su identidad y así someterlos a la justicia. Pero la izquierda la rechazó, con lo cual el mensaje fue: señores encapuchados, tienen plena libertad para hacer lo que quieran, impunemente, como siguió ocurriendo.

La consecuencia de dicho rechazo es que de los disturbios en las marchas pasamos a los disturbios en los colegios. Se han amenazado rectores, agredido a profesores, a Carabineros (INBA), se han incendiado con molotov instalaciones en el Darío Salas, el Valentín Letelier, el Liceo Amunátegui y ahora el Instituto Nacional. Peor aún, se ha llegado a rociar con bencina a profesores y funcionarios, amenazándolos con quemarlos.

Se dice que la solución es dialogar. Diálogo con gente razonable siempre, pero no con quienes adoptan la violencia como medio para imponerse. Pregúntese cómo se puede dialogar con alguien que amenaza con quemar vivo a quien solo pretende educarlo, habiéndolo previamente bañado en combustible. Individuos como ese merecen las penas más severas, y no los Carabineros que se enfrentan a ellos, como ocurre hasta hoy. Porque tienen que haber sanciones y no impunidad. Porque eso también es educar.

Mientras no exista un “código de consecuencias” que diga clara y contundentemente qué les espera a quienes actúen violentamente, a cara descubierta o escondidos detrás de una capucha y también a quienes los apoyan tras bambalinas, proveyéndolos de overoles, bombas, organización y financiamiento, será la impunidad actual el mejor incentivo para la continuidad de estos actos vandálicos, que tienen connotación política.

La violencia no puede continuar. Llegó la hora de decir ¡basta ya!

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