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Publicado el 24 de noviembre, 2019

Jaime Jankelevich: La gran responsabilidad del Estado

Consultor de empresas Jaime Jankelevich

Mucho se ha escrito y seguirá haciéndose sobre el origen de la crisis. Entre las causas del descontento y posterior explosión antisocial y social se señala que la gente se cansó de 30 años de abusos, los que se le atribuyen al modelo de desarrollo y a los empresarios. Pero nada se dice de la gran responsabilidad de la inoperancia del Estado en la rabia acumulada de la gente. Y es hora de hacerlo.

Jaime Jankelevich Consultor de empresas
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La crisis en que estamos envueltos no tiene una sola causa. Se habla de un cansancio ante los abusos, como los casos de colusión, y se dice que el alza de los $30 del metro fue la gota que rebalsó el vaso de 30 años de aguantar, dando rienda suelta a la indignación de la gente, que se habría rebelado contra el modelo.

Condeno profundamente las malas prácticas empresariales que tanto indignan a la gente, que desprestigian no solo a los que comenten esos delitos, sino que contaminan a toda una comunidad empresarial que respeta las normas de la libre competencia y que nada tienen que ver con prácticas abusivas. Pero, así como condeno dichas prácticas, creo que es un deber exponer la gran responsabilidad que le cabe al Estado en esta profunda crisis en que nos encontramos sumidos.

Las personas de bajos ingresos dependen fuertemente del Estado para satisfacer sus necesidades básicas, pero como la gestión estatal es ineficiente e inadecuada, su calidad de vida se ve profundamente afectada. Los servicios públicos de salud, de educación, de transporte, de seguridad, entre otros, son deficientes y no satisfacen elementales estándares de calidad que la gente merece y además financia.

Veamos algunos ejemplos. La pésima política pública del Transantiago le significó al Estado, en solo 10 años -entre 2005 y 2016- un gasto de US$6.050MM. Solo para comparar, la reforma tributaria de Bachelet pretendía recaudar US$3.800 MM para la gratuidad en la educación. O sea, nos ha costado a los contribuyentes sobre $6.000MM un sistema de transporte que en 2017 tenía un rechazo superior al 70% y que genera mucha rabia en la población. El de las micros amarillas, con todos sus defectos, le costaba al erario nacional $0.

Otro ejemplo, en tema seguridad. Me pregunto qué tiene que pasar para que se acabe la impunidad de los narcotraficantes, que aterran a las poblaciones con una violencia que le ha causado la muerte a seres inocentes, como el pequeño Baltazar de 9 meses, que, durmiendo en su hogar en La Pintana, recibió el impacto de una bala loca que terminó con su corta existencia. Así se va acumulando rabia e indignación, por años.

No es justo entonces decir que son los abusos de los privados o “el modelo” los grandes responsables del descontento, porque el llamado “despertar” tiene una amplia gama de frustraciones y rabias provocadas también por un Estado incapaz de brindar los servicios mínimos que le brinden a la gente una buena calidad de vida.

Y para que hablar de educación de calidad. La educación en el sector público la maneja el Colegio de Profesores, el que, por ejemplo, llama a la paralización porque no aceptan ser evaluados. ¿Cómo garantizar calidad si no se puede evaluar a quienes están enseñando? Pero no solo esto, cómo no recordar que el Ministro Eyzaguirre le quitó los patines a los niños que tenían acceso a una mejor calidad educativa. ¿No generó indignación aquella medida?

Y en el área de la salud, pregúntese, ¿es el sector privado el que tiene listas de espera para la atención de pacientes, o para someterse a cirugías? ¿O es el estado el que no responde a esas urgentes necesidades y los usuarios del sistema público pueden esperar un año y más para ser atendidos, o también morir en el intento?

Podemos seguir con los fiscales, con la justicia, con el Sename, con las cárceles, con el Sence y con un gigantesco etcétera de insatisfacciones causadas por un Estado capturado por los partidos políticos, que se reparten el botín para ocupar cuotas de poder y cuyo resultado es un Estado anquilosado e ineficiente, lleno de programas inservibles que derrochan importantes recursos, pero que, finalmente, nunca se eliminan, porque el Estado es insaciable. Y cuando todo esto ha ocurrido por años de años, bueno, llega un momento que la gente explota. En esta ocasión, se culpa a los $30 del Metro. Por si acaso nos olvidamos, el metro es una empresa del Estado.

No es justo entonces decir que son los abusos de los privados o “el modelo” los grandes responsables del descontento, porque el llamado “despertar” tiene una amplia gama de frustraciones y rabias provocadas también por un Estado incapaz de brindar los servicios mínimos que le brinden a la gente una buena calidad de vida.

Ya existen advertencias que el rol subsidiario del estado está muerto y que se quiere llegar a un estado benefactor. Si cumpliendo este rol subsidiario es incapaz de cumplir con lo que la gente requiere, qué podemos esperar de un estado más grande, con más burocracia y más pegas disponibles para repartir. Llegó la hora de refundar el Estado, para que deje de ser el coto de caza de los partidos políticos y se transforme en una organización eficiente al servicio de los chilenos y no para servirse de los chilenos.

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