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Publicado el 20 de enero, 2019

Jaime Jankelevich: El mérito ha muerto. ¡Viva el mérito!

Consultor de empresas Jaime Jankelevich

Una sociedad en que se le dice a los niños y jóvenes que no se preocupen ni de estudiar, ni de esforzarse ni de hacer méritos, porque el azar va a determinar su futuro, está perdida.

Jaime Jankelevich Consultor de empresas
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El más mínimo sentido común indica que sería absurdo aplicar una tómbola o un algoritmo para conseguir un trabajo y por cierto ninguna autoridad elegida por decisión popular estaría dispuesta a imponer un sistema de esta naturaleza para llenar sus cargos.

Con la misma lógica que aplican para la educación, me pregunto, ¿por qué no legislan elegir mediante una tómbola a diputados, senadores, alcaldes y concejales? Sería darle oportunidades a personas que, siendo vulnerables, no tienen la posibilidad de ser candidatos a nada, por no disponer ni de los contactos familiares ni de los recursos para serlo, con lo cual se estaría dando una clara señal de igualdad.

Ese es el mensaje de la izquierda para justificar la tómbola en educación. ¿Estarían dispuestos al sacrificio para que cualquiera por azar ocupe uno de sus cargos?  No me cabe duda de que los argumentos sesudos sobrarían para decir que no. Pero lo curioso es que lo avalen, promuevan y defiendan para obtener una matrícula en un buen colegio, sin importar ni el esfuerzo, ni la responsabilidad, ni el mérito de cada estudiante.

El análisis que se ha hecho respecto a que la selección por mérito atenta contra la inclusión es falaz, porque la verdad es que esconde una realidad que no se quiere reconocer: que el Estado ha fracasado reiterada, profunda y totalmente en brindar educación de calidad a todos los niños de Chile y en aquellos establecimientos en que sí se logró, como por ejemplo en el Instituto Nacional, le impusieron eliminar el sistema que tanto éxito demostró por generaciones, para obligarlo a instaurar el azar como medio de selección.

Porque si la educación pública fuera de alta calidad en todos los establecimientos que maneja el Estado, no habría necesidad ni de tómbolas, ni de selección ni de sufrimiento de los padres que desesperados hacen cola para tener un número que les permita participar en el loto educacional implantado por la Nueva Mayoría, a ver si la suerte les abre las puertas al colegio deseado.

Pero no es así. La calidad nunca estuvo en las prioridades de la anterior administración, dedicándose a suprimir el lucro y el copago, como si esto mejorara la calidad. Pero aún peor, priorizó ofrecer gratuidad a la educación universitaria en lugar de preocuparse de la educación de los primeros años de vida de los niños, algo tan crítico para su desarrollo futuro.

Ahora que el gobierno está reinstaurando la selección por mérito, la izquierda reclama porque considera que es un retroceso que aumenta la segregación, dado que niños vulnerables que no han tenido acceso a la posibilidad de rendir bien por sus condiciones familiares, se les está quitando la posibilidad de ir a un liceo emblemático como el Instituto Nacional, al eliminar la tómbola. Además de ser falso lo anterior porque hay un 30% consignado para dichos casos, nada dicen de aquellos niños que incluso provenientes de familias vulnerables tienen el mérito suficiente para ser seleccionados para estos colegios y no quedan porque tuvieron  la mala suerte de no tener el número mágico que les abriera las puertas. Esos niños tendrán que ir a un colegio en que la educación que recibirán será deficiente, solo por la incapacidad del Estado de proveer una educación de calidad a todo nivel, con profesores bien evaluados, a lo que además se niega el colegio de la orden.

Una sociedad en que se le dice a los niños y jóvenes que no se preocupen ni de estudiar, ni de esforzarse ni de hacer méritos, porque el azar va a determinar su futuro, está perdida. Una sociedad en que el Estado reconoce que hay que quitarles los patines a los niños para igualar hacia abajo, está condenada a la mediocridad. Y una sociedad basada en la cultura de la mediocridad, está condenada al fracaso.

El mérito ha muerto. ¡Viva el mérito!

 

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO

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