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Publicado el 09 de septiembre, 2018

Jaime Jankelevich: Despreciando el bien común

Consultor de empresas Jaime Jankelevich

Cuando un grupo de parlamentarios decide ejercer una determinada acción para lograr un objetivo netamente político, la Política -con mayúsculas- se transforma en un fin en sí mismo, despreciando su más noble razón de ser; cual es, ser un medio para la búsqueda del bien común.

Jaime Jankelevich Consultor de empresas
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El caso de la acusación constitucional contra tres ministros de la Corte Suprema es el típico ejemplo de una acción diseñada por un grupo de parlamentarios, en este caso de oposición, cuyo fin último es político. Y es político porque más allá que no tiene sustento legal alguno, según opinión de los mejores constitucionalistas del país, lo que persigue, por una parte, es satisfacer a su clientela ideológicamente afín a la vez que enviar un mensaje a los jueces: si no fallan como nos agrada, intentaremos destituirlos.

 

La política con mayúsculas, cuando se ejerce como un medio cuyo fin es lograr el bien común, se convierte en la más noble de las actividades.  Por el contrario, cuando pasa a ser un fin en sí mismo -es decir, cuando el objetivo a lograr es netamente de carácter político, como es el caso de esta acusación- lo que termina sucediendo es que se profundiza aún más la desconfianza en los políticos por parte de la ciudadanía, con el consiguiente deterioro de la institucionalidad y por ende de nuestra democracia.

 

Ya en el caso de la acusación constitucional contra el ministro Santelices quedó claramente demostrado que el fin no era otro que político, el de importunar al gobierno, dado que sus impulsores sabían de antemano que iba a ser rechazada, como lo fue. Y el actual libelo acusatorio contra los ministros Hugo Dolmestch, Manuel Valderrama y Carlos Künsemüller también persigue un fin netamente político. En este caso, más grave aún, pues constituye una velada amenaza a todos los jueces; a los que hoy están en la Suprema, pero también a los futuros posibles integrantes, pues al acusarlos constitucionalmente, el mensaje que se les está enviando es que si no se portan bien, que si los fallos que emiten no se ajustan a su ideología, serán acusados de notable abandono de deberes, por lo que se les intentará destituir.

 

Como se puede apreciar, cuando se utiliza esta facultad del Parlamento sin fundamentos de fondo que justifiquen ejercerla, pierde toda credibilidad, y lo único que se logra es alejar más aún a la ciudadanía de la política, con el consiguiente incremento en el deterioro de la democracia, pues la democracia no consiste sólo en ejercer el derecho a voto; también implica participar activamente en la vida nacional, a través de la acción civil.

 

Pero cuando el desprestigio es grande y sus actores proveen más razones que lo justifican, la ciudadanía termina desinteresándose de la política y se refugia en sus tribus, con lo cual termina cediendo lenta e inconscientemente su espacio, dejando el terreno abonado para que comiencen a germinar las semillas del populismo.

 

Lamentablemente, en estas últimas semanas, lo que pudimos presenciar por parte de la oposición, fue el abandono de la política como un medio, manipulándola como un fin en sí mismo. Lo que quiero decir es que con dicha deserción, lo único que se buscaba era entrabar la gestión del gobierno, lográndolo con bastante éxito, aun sabiendo que con eso el país no obtendría beneficio alguno; por el contrario, sólo seguiría en el statu quo. Y no dudaron en hacerlo.

 

Y la acusación contra los ministros del Supremo Tribunal se basa en el disgusto que le causó a la izquierda el fallo que liberó condicionalmente a condenados por delitos de derechos humanos. Si se llegase a aprobar, lo que aparentemente no sucederá, se estaría atentando contra la institucionalidad y contra el Estado de Derecho, por razones meramente políticas. Digo lo anterior, puesto que, al hacerle saber al Poder Judicial que su independencia termina cuando sus fallos no son del gusto de quienes podrían destituirlos, vía acusación constitucional, la institucionalidad se derrumba y se pone en jaque al Estado de Derecho.

 

Los países necesitan para su gobernanza el contar con un poderoso sistema político, con partidos fuertes y prestigiados. Pero esto a su vez requiere balances y controles, lo que se logra con una ciudadanía activa, atraída por la política, interesada por participar en las decisiones que le afectan y estar dispuesta a ejercer su influencia y a participar mayoritariamente en las elecciones.

Pero cuando los actores principales de esta actividad manipulan la política, transformándola en un fin, despreciando así la búsqueda del bien común, se logra todo lo contrario; alta abstención, desinterés e indiferencia por la política, con el consiguiente deterioro de la democracia.

Los parlamentarios que están en esta postura debieran tomar consciencia del daño que causan y deponer su actitud; de lo contrario, tendrán que hacerse responsables de sus actos frente a la ciudadanía, si mañana nuestro sistema político fracasa en brindar las soluciones a los reales problemas del país.

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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